El Tour

29 Jun

Ha comenzado el Tour de Francia. Otra vez. Mido el tiempo en Tours, Roland Garros, Ligas y Mundiales. Roland Garros me anuncia que la primavera está ahí, que todo está ahí, realmente. Asomando las vacaciones, el libertinaje estival, el sol, la familia y el pueblo. El Tour me lo confirma. La Liga le pone fin, y los Mundiales me hacen recordar lo viejo que voy siendo. Es mi propia forma de dividir el tiempo, clasificar los años y etiquetar los meses. De septiembre a mayo. De junio a septiembre. La vida por partes. Los Mundiales serían la revisión de la estantería cada 4 años: pasear la vista por las Ligas, Roland Garros y Tours acumulados, quitarles el polvo, ver lo que falta, atisbar lo que sobra. El Tour de Francia es una de esas cosas que, a día de hoy, aparecen todavía santificadas con esa mística que solamente la infancia es capaz de imprimir a las cosas. La pátina del brillo perpetuo con la que el niño reconstruye en su cabeza, en menos de un segundo, ese trozo de memoria asociado a una etapa especialmente feliz o, en su defecto, a un tiempo de extraordinaria calma plácida. El Tour es eso. Gladiadores vestidos como replicantes asaltando terribles puertos de montaña con la voz de Perico Delgado de fondo y la silueta de mi padre, en la penumbra del salón a las 4 de la tarde, destroncado en el sofá. Crecí tifando cada verano por Ulrich contra Armstrong; era pequeño y dentro de mí todavía habitaba el lector de Marca, el españolito que has de nacer, y el palurdo al que dolían los 5 Tours de Induráin como si fuesen las asas de la Novena. Incluso llegué a apoyar al patilargo Beloki en un denodado, angustioso mes de julio en el que el ogro americano pedaleaba como un velociraptor directo al quinto consecutivo. Tras ese Tour, creo, comenzó mi deserción -del deporte, del patrioterismo y de la vida en acrítica compaña del enjambre- y todo provino, como el maná primigenio, de la derrota. En la victoria no te planteas nada, sólo el fracaso precede a la reflexión, a la desafección y a la duda. Amiga duda. Razonable duda, como la de Henry Fonda. A partir de entonces, el Tour me arrancó menos siestas cada vez, hasta terminar por no impedirme ninguna. Pero sigue siendo como un rotulador sobre el almanaque, señalándome una fecha. Un comienzo. O un final. Ahora el gladiador sobre ruedas soy yo. Un sol sahariano se desparrama por las praderas lunares que me rodean, llenas de cráteres y tierra negra. Escucho el hueco de mis pulmones empujando saliva metálica hacia la boca, y entre las rocas grises retumba el eco de Messié Massó corriendo detrás de mí. Viene, como siempre lo vi en la tele ante el descojone de Perico, vestido de demonio y con la barba de un Papá Noel diabólico. El cabrón no para de pincharme el culo mientras subo el Mont Ventoux encorvado en la bicicleta como se enrosca la pata de un águila en la rama de un árbol. Como un molino embistiendo contra un gigante.

Una respuesta to “El Tour”

  1. Edanteses 2 de julio de 2013 a 12:33 #

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