Un domingo cualquiera

19 Ago

Ha vuelto la Liga. O más concretamente: ha vuelto el Madrid. Nuestros años van de agosto a junio, y aunque cada vez me cuesta más engancharme al principio, la competición es una droga que te atrapa sigilosa y se lo lleva todo de ti. Tanto es así que cuando va terminando junio a uno le entran ganas de gritarle algo a la Liga, bésame antes de irte, por lo menos, o no me dejes así, hija de puta. Como un juguete roto. El caso es que ya está aquí y el camino hacia el trigésimo tercer campeonato nacional comenzó en Chamartín contra el Betis. Un gran Betis, por cierto, equipo muy hilvanado y serio que lleva 3 años jugando a lo mismo. Y se nota. Su mayor activo es Pepe Mel, un entrenador capaz de ascender y meter en competición europea a un club intervenido judicialmente, aunque no merienda con Relaño ni gasta un bronceado Zaplana, y por ello no le salen contratos millonarios en Grecia. Su Betis achicó con jerarquía y desplegó velas en el océano abierto entre Modric y Khedira. La línea de cuatro madridista defendió en las barbas de Diego López y detrás de los laterales se instaló una pista donde se bailó con la tragedia durante toda la primera parte. Marcelo se incrustó en el costado izquierdo del ataque del Real añadiéndose como un delantero más, lo que me recordó con insistencia al Madrid más delbosquista de los primeros 2000: la misma asimetría arrolladora en la transición ofensiva, y la misma anarquía dramática en el balance defensivo.

Pero hay diferencias, por supuesto. Don Carlo luce un impecable traje italiano en la banda, y sobre todo cada vez que enfocan hacia el banquillo el mundo entero no ve un señor con bigote sellando el paro en el INEM, sino un fotograma de alguna película de Tarantino. Todavía está por analizar el impacto estético de la presencia de Zidane a la derecha de Ancelotti en la dirección técnica del Madrid, pero a bote pronto me parece un golpe maestro: la Divina Calva conserva un tipo elegante y un porte espectacular, y del resto se encarga su aura de mística inmortal. En esa percusión sinfónica sobre la frontal del área verdiblanca destacó Alarcón. Es un jugador con unas trazas extraordinarias. Cada vez que recibe mete el culo, a lo Agüero, protegiendo y orientando el control y obligando a su marcador a elegir entre la anticipación arriesgada y la hostia en el cielo de la boca. Cabe preguntarse si esa pausa tan de futsal no fue la diferencia que separó al Madrid de Mourinho de la eternidad. Ahora es el Madrid de Ancelotti el que se beneficia de un tipo que, presagio, es más una bendición que un estrés para Özil, Di María y Modric. Los activa, como el elemento químico que inicia un proceso de fuego devastador. Asociación, pase, control y dominio de los espacios. Estos tres tíos, cuando se juntan con Marcelo y Benzema, son capaces de saltar por los aires un búnker en lo que Higuaín tardaba en darse la vuelta para disparar. Del chico de Benalmádena fue el gol de la victoria, casi sobre la bocina, lo que confirma que es uno de esos tipos a los que hay que darle la pelota cuando te estás jugando la última posesión.

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