Réquiem por un fantasista

3 Sep

Non fuyas, cobarde, le debimos gritar, pero de la garganta nos salió un muy poco viril “¡ay!” Özil no quiso ser cola de león en el Madrid, y prefirió la cabeza de un ratón que, con algo de suerte, podrá luchar desde marzo por el tercer puesto de la Premier League. Es la anti-épica, que tan bien conocemos nosotros, pues desde 2004 hasta la venida de Mourinho, nos movimos en ella como por terreno conocido, casi propio. Özil es el último fantasista vivo en una Europa decadente donde la fuerza le ha ganado la partida a la pausa. Aunque Mesuto no es un futbolista antiguo, del todo: vivía de su innata conducción arrabalera, haciendo de la banda del Bernabéu un descampado gris de Gerserkirchen por donde culebreaba entre adversarios como si fuesen los nietos de la Sublime Puerta que lo vieron crecer en aquel suburbio industrial de la cuenca del Ruhr. La fuerza de Mesuto está en los tobillos, cuya elasticidad sólo puede ganarse en las calles, jugando a matar las tardes transmutando mohosas pistas de futsal en glamurosos estadios de fútbol llenos a rebosar de fans coreando su nombre. El Key Player que frenaba la posesión eterna del Barcelona de Guardiola acaparando el balón, aun sin espacio, como uno de esos espadachines que entretenía a seis enemigos a la vez con su acero -la mano desocupada siempre en la espalda, en grácil escorzo cinematográfico- mientras que los otros tres mosqueteros se abrían a sus costados esperando el pase con el que herir a la bestia. Era en esos asaltos a vida o muerte donde Özil suspendía el tiempo en un giro interminable, tras el que se colgaba el Madrid de Mourinho con la convicción del que se adentra en territorio enemigo sabiendo que su pellejo vale lo que tarde Busquets en rebañarle la pelota. Mesuto miraba a la cara a Iniesta y Xavi, y logró empequeñecerlos flotando sobre el Camp Nou como una balandra en mitad de la tormenta, hallando siempre el momento preciso para cerrar la lazada en torno al cuello del gran ogro con un envío quirúrgico al hueco libre. En aquellos pasos de claqué residían todas nuestras esperanzas de derrotar al Golem que nos aterró tanto que tenemos su recuerdo por cosa remota, cuando apenas anteayer seguía estando ahí. Desaparece del Madrid la firma de autor, el arabesco imposible, la conexión con la Playstation. Benzema se queda ahora como último fantasista puro en este Madrid cuyo centro de gravedad ha bajado hasta el culo de Alarcón, cuyo genio es parecido pero, ay, su verbo es otro. Menos florido, más canchero. Argentino. La orfandad de Karino puede ser terrible, tanto que escribirá poemas de amor desconsolado llorando la nostalgia de los artistas inefables, como Dalí a Lorca. Ay, Mesuto, quién nos comprenderá ahora. Retumbarán por Valdebebas los ecos de este amor prohibido, del pudo ser, y no fue. Como nunca se nos irá de la cabeza la Utopía rota en una prórroga y en un penalty absurdo, donde todo lo que soñamos se hizo material y visible, y hasta lo pudimos tocar, tan sólo durante un segundo. La sombra de esa Arcadia feliz que murió con el balón que Ramos mandó al limbo de las hegemonías perdidas nos perseguirá hasta el manicomio donde todos acabaremos nuestros días. Locos, olvidados y atados a una camisa de fuerza. Miraremos una vez más a la pared y seguiremos viendo a Mesuto en formación tortuga sobre el balón, rodeado de orcos vestidos de azulgrana, buscando con el rabillo de sus ojos seléucidas el desmarque hacia la luz de Cristiano Ronaldo. El rey ha muerto, larga vida al rey.

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