La tragedia cotidiana

15 Oct

La construcción de toda una narrativa alrededor del drama es el arte al que gente como Ana Rosa Quintana ha dedicado lo más granado de su carrera profesional. No importa quién, ni dónde, ni cuándo, ni tampoco el cómo: sólo importa el qué. Sangre, drogas, violaciones, menores de edad y parricidas. La relación de sucesos es el antecedente medieval del periodismo moderno tal y como lo conocemos hoy, pero el abuelo, como el mañana de James Bond, nunca muere. Está más vivo que nunca. Ana Rosa sigue convocando a todas las amas de casa de España cada mañana, alrededor de la hoguera, y les va relatando a voces los truculentos detalles que confinan al infierno del imaginario colectivo matriarcado ibérico a padres supuestamente homicidas, novios supuestamente maltratadores, hijos supuestamente fratricidas. Las pobres marías se encogen de pavor, y se les eriza el vello de miedo y de indignación. Ana Rosa es una maestra, siempre termina llevándolas hacia donde quiere. Va hilando el discurso emocional con espeluznantes voces en off, filtraciones sacadas de los juzgados en los cubos llenos del agua de las goteras y análisis tremebundos de expertos en criminología salidos de su chistera. Que es infinita, como el bolsillo de Doráemon. Conduce la sensibilidad de los hogares con sabia mano de profesional de la atrocity propaganda, y si al final gritase “¡llevadlos a la pira!” convertiría las calles, a media mañana, en escenarios de la película Frankestein. Cuando la tragedia cotidiana de la España negra ya ha sido tapizada con Asuntas, Martas del Castillo y tiroteos entre gitanos en los que mueren niñas de cinco años, y la tensión dramática de las marujas ya se vuelve insoportable, Ana Rosa golpea con su varita y el escenario se llena de saltimbanquis: el conde Lecquio y las rameras de Babilonia se ponen a comentar otra cotidianeidad, esta vez amable y dicharachera. Los líos de faldas de Amador Mohedano, las malvas mustias del nicho de Rocío Jurado arrojando todavía dinero y repercusión; los despojos de la Marbella glamourosa habitando el mundo de leguleyos, banquillos de acusados y tribunales de justicia malaya. Ana Rosa rompe el guión melodramático, abruma con el foco del cuché sus enternecidos ojos, y deja que los cadáveres reposen en el alma atribulada de las madres españolas que ultiman el guiso del día. ¡Esa es la manipulación de la verdadera psyque del pueblo! ¡Meter miedo a las madres!

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