Un sábado cualquiera

18 Oct

Cuando uno, que es un hombre -un hombre normal, de esa rara especie de los que habitamos el angosto espacio entre el homínido cuyo reino es la sabana desplegada entre el gimnasio y la discoteca, y el yuppie- se imagina un fin de semana tranquilo, con su pareja, quizá no piensa en acabar almorzando en un sitio chic donde mientras deglute, un mastín le está mirando desde abajo. Concretamente, dominando tu finis Africae desde su ángulo de visión. Comprendí entonces cuán profundamente ha arraigado Europa en la España urbana. Eso sólo puedes verlo en los bares. En cualquier capital de provincias -y no digo ya, en cualquier pueblo, del norte o del sur, tanto da- una cosa así es impensable. ¿Un perro sentado a los pies de su dueño, en un restorán? Faltarían piernas para atizarle al chucho en el hocico. Obviando la circunstancia, por supuesto, de que los únicos perros que entran en los bares de la España de los pueblos son los denominados tasqueros: esa variante costumbrista del can callejero cuyos años de experiencia a la puerta de las tabernas le dan las tablas para ser contertulio habitual del programa de Jesús Quintero. En el agros, Europa no existe, y en Madrid, quizá, existe demasiado. En todo caso, el detalle del cánido me sirvió para gruñir un poco y afeárselo a mi compañera -al dueño del perro no, en el fondo soy un hombre pacífico que se adapta a las circunstancias con estoica serenidad, qué creían- mientras ella se reía a mandíbula batiente de mis remilgos. Pero qué quieres, mujer, si yo veo al Madrid en una tasca llena de carteles de toros amarillos por el tiempo y en el que hay un canario, dentro de una jaula colgada en un rincón del local, que sabe más fútbol que Maldini. Es lo grandioso de Madrid. Le preguntas dónde le apetece comer hoy, y tu novia te dice que ha visto recomendado un sitio monísimo en Facebook donde sirven sándwiches de diseño y los camareros llevan tatuajes, la gente habla bajito y los platos te son servidos en mesas de escritorio con lámparas bajas y paredes enfoscadas, como si todo el bar en sí fuese un loft gigante y minimalista. Justo al llegar, percibí la diferencia generacional entre mi padre y yo. Me lo imaginé pidiendo uno de aquellos emparedados de nombre impronunciable -que por cierto, estaban buenísimos- y hablando con mi madre de arquetipos literarios, y creí sentir un chasquido de colapso dentro de mi cabeza.

Lo peor, para mi fachada de hombría sin mancha y virilidad numantina a prueba de europeísmos, es que me encantó. Tuve que darle la razón, mientras ella asentía con gesto triunfal de hembra alfa, calle Alcalá abajo, el sol recortándose entre las aristas de la Puerta y reflejándose en su pelo negro ruán. La miré y pensé para mis adentros ¡qué bueno estar aquí, estar con ella! mientras fruncía la cara como quejándome amargamente: el truco consiste en sostener la pose de macho desplazado contra su voluntad de la jefatura de la manada, mientras, cuando ella no te ve, te deslizas plácidamente entre las sábanas de la satisfacción. Luego, para mantener el juego de poder, le dices airado que ahora, qué menos, tendréis que tomar un gintonic para sacarte la postmodernidad del paladar, y es ahí cuando Madrid vuelve a emboscarte con su cosmovisión: terminas en Callao tomándote un smoothie que sabe a sandía, mientras te arrastran Gran Vía arriba mirando escaparates. Ahí es donde, querido amigo, adviertes que estás jodido de verdad. Toda la gallardía espartana tras la que nos parapetamos los hombres, convenciéndonos a nosotros mismos de lo solitarios y rebeldes que somos, se derriten como uno de esos toppings de yogurtería -¡cuando nos creíamos James Dean, quién nos iba a decir que acabaríamos en una yogurtería, sin que nos forzasen!- cuando ella te sonríe, girándose. A tomar por culo Leónidas. Se está tan bien bajo la agradable luz primaveral de Madrid, en medio de la marabunta, rodeado de luces, de colores, de territorio libre e inexplorado, que te ves a ti mismo cegado por el sol disparándole a tu yo absurdo y machote del pasado sin saber muy bien por qué. Lo único que tienes claro, es que no te arrepientes. ¡La culpa la tiene ella, que hace tan interesante Madrid! Y sigues caminando, sorteando a la gente como Maradona ingleses en el Azteca, preguntándote a ti mismo por qué es tan importante mantener la apariencia de Tony Soprano en el Bada Bing si no te incomoda la idea de ser como Nicholas Cage en Family Man. Al final todo es una cuestión de contextos: en unos eliges impostar, y en otros no lo necesitas.

No vayan a creer que todo es queja y lamentación. Al final pasamos más tiempo en la planta de caballeros de Zara que en la de señoras, ¡motu proprio! con lo cual el proceso culmina de forma satisfactoria: la victoria de la hembra alfa es absoluta. A estas alturas, con el sol ya declinando por entre la Minerva del Círculo de Bellas Artes y la Victoria Alada del Metrópolis, uno considera el haber esquivado el brunch matutino como una pequeña gran victoria. Tomado ese baluarte, el resto de concesiones saben menos amargas al estoico espíritu del hombre proveedor que todavía resiste en cada uno de nosotros. Arrancas hacia Cuesta Moyano, y por el camino te atrapa una exposición de Cartier en el Thyssen. ¡Cartier! Observas cómo brillan sus ojos al decirlo, y qué vas a hacer tú. Dime. A ver. Toda la palabrería de barra de bar -el compadreo, las palmadas en la espalda, la auto-afirmación grupal a la que nos dedicamos los hombres, con ese énfasis de australopiteco vanidoso, cuando nos juntamos unos cuantos alrededor de una botella- se evapora, tan cándido como el ímpetu adolescente. Le esbozo media sonrisa a mi reflejo en el cristal tras el que se guardan los 179 quilates de serpiente que María Félix soñó en platino, y le digo a ella: Adán tenía razón. Yo también hubiera mordido la manzana. Pero aún no he perdido todo mi anterior encanto agreste, y me tiene que sacar de un empujón de la sala donde la actriz mexicana imaginó sus excesos y Cartier los diseñó en pedrería de lujo. ¡Qué hortera! clama, llevándome a rastras hacia la colección personal de Alfonso XIII, orfebrería fina, elegante, victoriana. Al fin y al cabo, sigo siendo un hombre, y como Tarantino en Abierto hasta el amanecer, un reptil enroscado en el cuello de una mujer sigue siendo una imagen demasiado psicotrópica. Nos dejamos engatusar por cualquier faquir, hasta que llegan ellas y nos devuelven el equilibrio. La suavidad. La armonía.

Ya es de noche. ¿A dónde vamos a cenar? Tengo ganas de probar un chino, take away, he visto los carteles, sugiere. Espontánea, sutil, femenina. Irresistible. El fuerte está rendido, pienso. Los apaches están ya saqueando la armería. ¿Por qué no pintarme la cara como uno de ellos? Sólo nos queda agarrarnos a su cintura y volver a adoptar la pose contestataria: ¡un chino! ¡qué delicia, un bistec de lomo de perro! No escuchas sus protestas. Tampoco son tales. Ella también está fingiendo, porque se sabe dueña. Como Madrid. La Carrera de San Jerónimo se ilumina con esa mezcla de naranjas, rojos y fulgores dorados que se desparrama desde lo alto de las farolas, alumbrando la arteria por la que nosotros, ciudadanos-hormiga, subimos y bajamos como plaquetas sanguíneas desde el corazón hasta las más remotas terminaciones del sistema nervioso de la ciudad. Es una plácida estampa viva: el costumbrismo de Madrid, al contrario que en provincias, late, vibra y tiene pulso. Por eso algún día deberían vender en los kioscos del Paseo del Prado postales con imágenes en movimiento. Madrid es un constante parpadeo. Neones cuya energía es alcalina, y brota de los millones de pies que la tapizan cada día, a cada hora. Nunca duerme la ciudad de las luces cegadoras, y estoy seguro de que Bono compuso su canción inspirándose en mitad de la Puerta del Sol, un sábado a las 9 de la noche. Madrid son las luces fluorescentes dibujan en el firmamento el camino hacia cada uno de los exóticos salones del inmenso hormiguero. Por cada estación de metro, un islote por conquistar. Detrás de una barra metálica muy cuadrada a lo moderno, parapetados tras un mamparón de cristal, dos asiáticos manejan los fogones como dos chefs bóxers a los que sólo falta el sombrero cónico de paja para meterlos de extra en cualquier película de Jackie Chan ambientada en Hong Kong. Qué habilidad tiene Tsun Zu, exclamo mirando a uno, y ella me sonríe, apretándome la mano. Gracias por estar aquí, dicen sus ojos. Y yo digo, qué coño, no quiero estar en ninguna otra parte. Dame unos palillos, Confucio. Que hoy voy a aprender a comer así.

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