Etapa de transición

1 Dic

Un Madrid-Valladolid en el Bernabéu es un partido funcionarial, por naturaleza. Mi cerebro ha archivado todos los que he visto a lo largo de mi vida en la misma carpeta verde arrumbada en una esquina del almacén. Sólo recuerdo singularmente uno, en 2002, o por ahí. Aquel tuvo la particularidad de que el Valladolid marcó el definitivo empate a 2 casi al final tras un silbatazo procedente de la grada que paralizó a la defensa local. Un jugador cualquiera -algún día habrá que hacerle un monumento, en Las Rozas, a la memoria del futbolista desconocido, con su llama inextinguible y todo- del equipo pucelano le marcó a César un gol de coña, de esos que ves 10  años después en los Vídeos de primera de algún canal de la TDT un domingo por la mañana, mientras sobrevives a la resaca. Ese día, el Valladolid sacó su mejor resultado de Chamartín antes de que sobreviniese el último invierno. Diferentes son, eso sí, los Valladolid-Madrid jugados en la estepa castellana: tienen un no sé qué de auténticos. Siempre van sobrados de épica de vuelo bajo; ruletas de Zidane que acaban en el limbo de las maravillas inacabadas como Notre Dame, el gol de Pelé o la separación de poderes en España; golazos y, en definitiva, alegría. Que es lo que se le pide al fútbol, y más cuando hace frío. Anoche la alegría la puso Bale. Qué jugador.Tardó, exactamente, 2 partidos en adaptarse al ecosistema Real Madrid, que es lo más parecido a que te lancen en paracaídas sobre una colina vietnamita, y más cuando se está produciendo un cambio de guardia: Ancelotti por Mourinho. Bromas del destino: esos dos partidos coincidieron con la visita del Atlético de Madrid, puño de piedra imparable, y la salida al Camp Nou, el desfiladero de la muerte. Aquel jugador desubicado, lento y torpe mutó pronto en una especie de Cristiano Ronaldo zurdo, y la cosa es de unas proporciones tan enormes que los expertos de la NASA enviados a Valdebebas aún están calibrando su magnitud.

La cuestión es que el velocípedo galés, que como Ronaldo abarca todo el frente de ataque madridista como si fuese la presencia de una deidad olímpica, ha activado también a Benzema, quien lleva algo más de un mes con la lámpara al rojo vivo, de tanto frotarla. Entre ellos dos se bastaron para aniquilar al pobre Valladolid de JIM, ese entrenador que convirtió al Levante en una banda de sicarios albanokosovares pero que está fracasando en su intento de hacer lo mismo con el vestuario que le legó Djuckic. Durante la primera media hora, que es lo que tardó el Madrid en saltarle la tapa de los sesos, el Valladolid aguantó el tirón sin pasar del centro del campo. Modric y Alonso cortaban, con precisión quirúrgica, desde una caravana aparcada en mitad del desierto. Entre los dos distribuían la mercancía por medio de Marcelo, Carvajal, Di María y Alarcón. Los dos laterales madridistas, puro hedonismo, encontraron una noche ideal para corretear alegremente por el pasto sin preocuparse demasiado por guardar la puerta de casa. Entre cabriolas y saltos de Ramos -que ayer se remató a sí mismo todas las veces que pudo, desquiciado ante la impresión de que el madridismo de infantería ya le ha quitado la infalibilidad papal- el Madrid cocinó el partido como si fuese una tonelada rutinaria de blue meth. Arriba, Bale seguía desmintiendo a quienes todavía lo consideran un velociraptor que se ahoga en la triangulación y el futsal al primer toque de corte intimista: junto a Benzema, Isco y Modric tejieron un manto prodigioso bajo el que murió el Valladolid, paralizado tras el primero del galés que vino de un rechace bombeado que quedó flotando sobre el punto de penalty. A los pucelanos se les congeló el depósito tras un rato largo tapando agujeros en la sala de máquinas, y el camino le quedó expedito a los hombres de guante blanco. El dragón galés tocó una pelota exquisita que cayó en parábola sobre la frente de Benzema, que sólo tuvo que dirigir el cuello hacia donde ese balón pedía ir. 2-0 y Diego López de tertulia con el fondo sur, otra vez medio vacío. El gallego cada día tiene menos trabajo, y el que le surge lo resuelve con aplomo de arquero soviético: con su porte de alabardero real, y las mallas negras en las piernas, sólo le falta jugar con una gorra, como Zamora, para erigirse en un icono de la contracultura. En la segunda parte pudieron llegar 10 o 15 goles más, pero el Madrid se apiadó de los blanquivioletas y se dedicó a exhibirse con balas de fogueo, hasta que Bale se hartó y metió otros dos. Con los que le alcanzó para hacer su primer hat-trick en España, firmar un partido colosal y sembrar el pánico entre el antimadridismo rampante, pero no para obtener la máxima puntuación en la crónica de Santísimo, Il Divo de las plumas de brocha gorda de este país.

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