Fútbol desestructurado

8 Dic

La Copa. A los niños les asusta, a los viejos les aburre y los que estamos en medio tenemos que sobrellevarla, como se cargan con las responsabilidades coñacer de la vida adulta. Si la Liga es esa mañana de sábado en la que puedes levantarte a las once, y la Copa de Europa es el puente haciendo windsurf en Tarifa, la Copa es eso, ya sabes: recoger a los niños del colegio, comerte la hora punta en el metro o fregar el cuarto de baño. Lo prosaico. Y no tendría por qué ser así, si la RFEF no fuese un conciliábulo de haraganes y apesebrados con el porte de don Tancredo y las espaldas más duras que la carne de perro. Porque si la Federación Española de Fútbol cuidase su producto, la Copa no sería este insoportable truño de estética decadente y aroma a torneo regional de segunda fila, sino un campeonato vivo, dinámico, popular y competitivo. Incluso rentable. Pero qué se puede esperar del comando Villar, una banda que ha conseguido depreciar como marca comercial hasta una Selección Nacional campeona de todo. Al Madrid le esperaba la hierba sintética de La Murta, hogar del Club Deportivo Olímpic de Xátiva. Las cloacas de la gloria también requieren la mejor de nuestras sonrisas y por ello -como precisó acertado Jorge Bustos- Ancelotti se propuso dignificar la Taça do Rei calzándose un traje con su canónico chalequillo. Impecable Carletto, quien sin saberlo legó a la posteridad un gesto revolucionario, sin parangón: en la Gotham City del chándal, las crestas y el escote masculino, salió a bailar en chaqueta y corbata. El shock cultural estuvo a punto de provocar más de un ictus en el graderío levantino. Formó el Madrid con Casillas bajo palos -quien cada día amanece más desconectado de sí mismo, del brazalete que aún ostenta y de la armonía espiritual de un vestuario al que parece ir agarrado como una de esas ostras soldadas al casco de los barcos- y con una defensa de circunstancias: Arbeloa por la izquierda, Carvajal en la diestra, Nacho y Ramos en una bicicleta tándem.

Por delante, Casemiro estibaba e Illarramendi trotaba a su alrededor con ademanes de almirante y tibieza de grumete. Por encima, en abanico, Jesé, Di María y Alarcón dibujaban una imprecisa línea de 3 de la que surgía Morata, incrustado en la punta del confuso 4-2-3-1 con que Ancelotti quiso tramitar el expediente de la forma menos sangrienta posible. No ocurrió nada. Absolutamente nada. El once valenciano, todo de blanco, ofreció el ímpetu provinciano de rigor. El Madrid aguantó el tipo, muy remotos ya en la psique de este club los agujeros negros de Irún y Alcorcón (otra de las aportaciones de Mourinho a la regeneración -incompleta- del Madrid, la terapia antiestrés en los primeros rounds coperos) y la noche transcurrió entre la algarabía de la tribuna y la obtusa lucha grecorromana en el tapiz artificial de Játiva. El Olímpic apenas se asomó al arco de Casillas, y cuando lo hizo el balón parecía una de esas granadas de mano soltadas de improviso en una trichera que van rebotando de aquí para allá mientras algunos se ponen a salvo y otros intentan patearla hasta las líneas enemigas. En la segunda parte, con Marcelo en juego y después Benzema y Modric, el Madrid sacó cierta estoica gallardía: pergeñó algunas combinaciones rasas, cuero al suelo y mirada al frente, e Isco estuvo a punto de marcar en dos ocasiones. Antes de irse Odín le sacó la lengua a Morata para dejarlo solo, delante del portero local, con una asistencia neocatecumenal. El chico, mixto de Raúl y Morientes -sin el talento del primero ni la picardía del segundo- la mandó a Gandía, y ahí murió un partido infumable. La tensión competitiva madridista la resumió perfectamente Benzema quedando para después con una mozuela local que lo cazó mientras buscaba un saque de banda. Algún día conquistaremos una Copa a partido único desde la primera eliminatoria. O no. En España, qui lo sá.

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