Cristales sobre la alfombra

15 Dic

La perfección no existe, y el madridista haría bien en asumir esta renuncia como paso previo a la aceptación total de lo que significa ser del Real Madrid. Esa imperfección causa dolor y malestar, nos hace arañarnos la cara con lamentos de plañidera y convierte nuestros sábados por la tarde en un tormento lleno de alcohol y fatalismo. Incluso Mourinho sucumbió a esa asimetría emocional que domina el alma de este club confuso que rechaza el orden por demasiado europeo y abraza la verbena como modus operandi tradicional. Lo de ayer fue un poco así. Saltó el Madrid al Sadar con los cromos de Panini: Marcelo y Carvajal en los costados (los laterales que exige la España de los bares), Pepe con Ramos en el eje, Xabi, Modric e Isco y los tres stukas por delante. Enfrente, un requeté carlista: once muchachos dispuestos a morir por el Sagrado Corazón de Jesús y por los fueros de Navarra. Arbitraba Clos Gómez y este es un detalle que habría que haber tenido en cuenta, pues lastró al Madrid permitiendo a los locales una hostilidad que orillaba la violencia. No obstante, el equipo de Ancelotti empezó bien. Durante diez minutos, monopolizó la posesión y maximalizó el reducido perímetro del tapete verde pamplonés: triangulaciones, taconazos y asociaciones fugaces entre Alarcón, Benzema, Modric y Cristiano que abrieron dos o tres vías de agua importantes en la defensa local. El gol no llegó, y el impulso inicial madridista fue contrarrestado con la vieja regla del balompié universal: leña al mono cuando el de negro no mire. Osasuna subió el voltaje del partido placando cada movimiento de Ronaldo, Bale o Isco. Cada posesión madridista terminaba con uno de blanco rodando por el césped y por el salón de Diego López comenzaron a sobrevolar petardos que asustaban a los niños. En uno de esos balones lanzados a la cabeza de los centrales, un carlista se arrojó por donde debían cerrar Pepe y Carvajal y alojó la pelota en la escuadra de López. La jugada contenía todos los rasgos de la sitcom madridista tradicional: Marcelo reculando mientras el lateral contrario subía cómodamente el periscopio y se calzaba el guante para centrar; un espacio vacío en el corazón de la defensa y un portero que no sale.

A partir de ahí el partido entró en una fase alucinógena que iba a terminar con el Madrid tumbado de boca sobre la alfombra, escupiendo los dientes. Clos Gómez se tragó el silbato cuando a Modric lo derribaron sobre una trinchera navarra, y acto seguido sacó a Sergio Ramos una amarilla, en sí misma, dadaísta: el sevillano cortó con limpieza un ataque local en su única acción brillante del día y el referí le mostró la cartulina no a él, sino a su leyenda negra. Al parecer Ramos no reflexionó lo suficiente sobre ello pues al rato, ya con 2-0, cometió su enésima torpeza no sólo deportiva, sino institucional: golpeó innecesariamente a un rival en la cara ante los ojos de Clos, quien lo expulsó como un autómata. La temporada del segundo capitán del Real Madrid está siendo más lúgubre que Sin City: persevera en su caída sin frenos, y su natural esquizoide parece verse multiplicado exponencialmente a medida que pasa el tiempo, en una suerte de involución natural. Este con los años no madura, al revés. Dejó a su equipo con 10 justo después de que a Diego López le rematasen dos veces bajo sus barbas. La primera la salvó con una estirada soviética pero al rechace no llegó. Era imposible. El partido recordó, entonces, a una película de Tarantino: había sangre por todas partes. Sin embargo, al filo del descanso Alarcón logró saltar sobre el alambre de espino osasunista y se la dio a Ronaldo. Éste gritó a mí, Sabino, que los arrollo, y consiguió llegar hasta la frontal empujando rivales y mordiendo nucas. Allí se la devolvió a Isco, y que fulminó desde fuera al meta navarro. 2-1.

En la segunda parte Ancelotti decidió mantener a Xabi de central, pero a pesar de cinco esperanzadores minutos en el comienzo, Osasuna engulló a Modric. Totalmente desasistido, el croata era incapaz de establecer una línea de pase decente entre los tres cuartos de cancha madridista y los de arriba. Osasuna se defendía como si le fuesen a quitar los privilegios fiscales a Navarra, y por momentos toreó a un Madrid cansado y desquiciado: Javi Gracia ensayó posesiones eternas y salidas lavolpianas, y su equipo parecía el Bayern. En un par de contragolpes estuvieron a punto de finiquitar al Madrid, pero como los viejos boxeadores, a los visitantes les quedaba un último puñetazo. Isco colgó un balón delicadísimo sobre la frontal de la chica navarra, y Pepe se redimió en parte de su nefasto partido cabeceando canónicamente a las redes el centro del malagueño. Con el 2-2 al Madrid le sobró Di María y le faltó Benzema: el arreón final murió en las desacertadísimas decisiones del argentino, quien parece haberse desinflado tras su glorioso comienzo de temporada. Agitador natural, el de Rosario confundió el pulso del partido y eligió de forma absurda, recordando la peor versión de sí mismo: un jugador obtuso y limitado a una sola pierna. Di María, como Ramos, es el jugador paradigmático del equipo de Ancelotti: un talento inconmensurable constreñido por una peligrosa incapacidad para leer las coordenadas del fútbol y de la competición. El Madrid se vuelve a colocar a 5 puntos del líder, y posiblemente a 4 del segundo, con lo que este paso atrás significa: la mejor plantilla de Primera División sigue generando una abrumadora frustración entre su afición, perdida en el bucle de insatisfacción permanente que provocan las enormes posibilidades de un equipo que despilfarra oportunidades de hegemonía.

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