Fútbol y guerra: la epopeya de los vascos (III)

18 Dic

El 9 de mayo, Racing de París y el equipo Euzkadi volvieron a enfrentarse, esta vez en Toulouse. El resultado final fue de 3-3. El conjunto viajó fugazmente a Praga, donde perdió 3-2 ante una selección checoslovaca. A pesar de la derrota, el combinado vasco iba adquiriendo renombre internacional, dado el recrudecimiento de la guerra española durante la campaña nacional sobre la cornisa cantábrica y al terrible impacto emocional de los bombardeos sobre Guernica en la opinión pública europea. Naciones como Francia o Gran Bretaña, neutrales, se conmovían en aquellas fechas con las informaciones procedentes del País Vasco, y todo esto favorecía la recepción de los futbolistas vascos en el extranjero. El equipo de Vallana volvió a París, y allí se batió por tercera vez consecutiva con el flamante campeón francés, el Racing. Esta vez fueron las gradas del Estadio Jean Bouin las que vieron a los vascos doblegar por 2-3 al equipo local, lo que insufló moral y ánimo a los jugadores españoles de cara a continuar la gira internacional. Melchor Alegría consiguió 1000 valiosos francos de parte del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, el gobierno catalán de facto en aquel momento. Con ese dinero, el Equipo Euzkadi pudo desplazarse hasta Marsella, donde el 23 de mayo derrotaron al Olympique en un encuentro memorable. 1-5 terminó el partido, que estuvo presidido por el ministro de la Marina francés Henri Tasso y por el cónsul español en Marsella. El éxito fue completo: la prensa francesa alabó el gran juego desplegado y la probidad con la que los futbolistas vascos habían asimilado su condición de agitadores propagandísticos del Gobierno de Aguirre. También fue en Marsella donde Luis Regueiro conversó con el cónsul de la República acerca de la tragedia de Guernika y la diplomacia mexicana realizó su primer acercamiento al equipo Euzkadi. Más tarde veremos lo fructífera y necesaria que iba a ser esta relación, sobre todo para los españoles. Sin embargo, el último partido del equipo Euzkadi en Francia iba a ser su única derrota en el país vecino que tan bien les había acogido. Ocurrió el 30 de mayo en Sète, una ciudad que jalona la costa mediterránea entre Narbona y Montpellier. El equipo local, el Football Club de Sète 34, hizo lo que ni parisinos ni marselleses pudieron: doblegar a los irreductibles vascones por 3 goles a 1. Hay que tener en cuenta, no obstante, que este club que ahora pena por la sexta división del fútbol francés era, en aquel momento, una flamante escuadra que había conquistado el doblete hacía tan sólo 3 temporadas.

Desde allí, los coordinadores de la expedición se plantearon entonces qué hacer. En España, el ejército nacional llevaba avanzando sobre Vizcaya desde finales de marzo, y aunque Mola acababa de estrellarse en Burgos, la ofensiva sobre el corazón del País Vasco había dejado al Gobierno de José Antonio Aguirre aislado de Guipúzcoa y la mayor parte de Álava, en manos del enemigo, y con el Cantábrico bloqueado por la flota rebelde. La situación era crítica, por lo que el equipo Euzkadi decidió seguir jugando. 13 jugadores se desplazaron con Manuel de la Sota a Polonia, donde habían gestionado dos amistosos: uno en Katowice y otro en Varsovia. En Katowice derrotaron por 4 a 5 a un combinado regional de Silesia, pero en Varsovia se presentaron los primeros inconvenientes. Los polacos, de abrumadora mayoría católica, apenas descifraban el galimatías político e ideológico de la guerra española. Otrosí, la propaganda nacional también hacía estragos en la opinión pública internacional, y la idea de que en España se estaba desarrollando una guerra sin cuartel entre el bolchevismo y la religión calaba hondo en según qué contextos socioculturales. Tanto es así que en la capital algunos jugadores tuvieron problemas al ir a oír misa un domingo: algunos polacos no entendían cómo unos individuos que se confesaban católicos practicantes podían estar recorriendo Europa colectando apoyos para la República. El caso es que el partido de Varsovia se suspendió, y los futbolistas volvieron a Francia con el resto de sus compañeros. Desde ahí, todos juntos y por intercesión del consejero socialista de Asistencia Social del Gobierno vasco Juan Gracia, volaron hacia Moscú: les había surgido la posibilidad de jugar por toda la Unión Soviética -la potencia que sostenía la España republicana en aquel instante- en representación de la República. Habían dado el gran salto. La gira soviética fue apoteósica. Jugaron en Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Georgia, y durante dos meses fueron tratados como verdaderos héroes de la República hermana de España que se alzaba en armas por el proletariado internacional y la revolución. Llenaron estadios olímpicos, dieron mítines políticos, participaron en macrodesfiles deportivo-militares, concentraron hasta cien mil espectadores en sus partidos de Moscú, fueron agasajados por altos funcionarios del Partido Comunista y del gobierno de Stalin y se les trató, en suma, como a verdaderos príncipes de una nación acogotada por los enemigos de la revolución marxista. Esto, naturalmente, creó algunas tensiones internas en un grupo formado casi exclusivamente por recios hombretones mecidos desde la cuna por un sobrio tradicionalismo patriarcal de marcado carácter religioso: a muchos de aquellos futbolistas, sobre todo a los menos comprometidos ideológicamente con alguna causa, aquel exótico despliegue de parafernalia comunista con que les recibía la Gran Madre Rusia les olía a gabarra ardiendo más allá de la ría del Nervión.

Sin embargo, en vísperas del primer partido en la capital soviética, la expedición recibió el golpe más duro: las tropas nacionales habían conquistado Bilbao el 18 de junio, con lo que aquel viaje ya era una aventura sin retorno. Así y todo, el equipo Euzkadi ya tenía apalabrados dos encuentros frente a dos de los tres equipos más potentes del fútbol ruso: el Dinamo de Moscú y el Lokomotiv. En el Stadium Dynamo, ante 100.000 espectadores, Luis Regueiro pronunció su primer discurso, debutando así como orador político ante las masas. Los vascos dieron un recital frente al Lokomotiv, avasallándolo por 1-5. Tres días más tarde, el 27 de junio, y ante el mismo aforo, Euzkadi volvió a ganar 1-2 al poderoso Dinamo de Moscú, vigente campeón de la liga soviética. Entre medias, los jugadores fueron recibidos por el ministro de Deportes de la URSS y visitaron algunos hospicios donde vivían muchos de aquellos niños de la guerra españoles que marcharon a la URSS durante el conflicto. Esta visita conmocionó especialmente a los miembros del equipo Euzkadi, enternecidos por la nostalgia que aquellas criaturas mostraban de España y el calor con el que recibieron a los jugadores españoles.  Tras el periplo moscovita, el grupo tomó un tren con destino a Leningrado, la antigua San Petersburgo de los zares. Allí empataron a 2 frente al equipo local, el Dinamo de Leningrado, y prácticamente al día siguiente regresaron a Moscú para cerrar su gira rusa: barrieron de nuevo al Dinamo moscotiva por 4 goles a 7 el 4 de julio, pero el 8 cosecharon su única derrota desde mayo: 6-2 frente al Spartak de Moscú. Desde allí abandonaron Rusia para internarse en la otra gran república soviética: Ucrania. El 14 de julio fueron recibidos multitudinariamente en Kiev, donde al día siguiente vencieron al mítico Dinamo de Kiev (el mismo que pocos años después protagonizaría los legendarios enfrentamientos contra la selección de la Wehrmacth de dramático desenlace) en el Stadium Dynamo por 1-3. Ante 35.000 espectadores los vascos siguieron deslumbrando a pesar del cansancio de los continuos viajes, de los desplazamientos y las noches en vagones de tren y de, sobre todo, la incertidumbre por lo que ocurría con sus familias en España. Guipúzcoa, Álava y finalmente, Vizcaya, estaban ya en manos de Franco, y la ofensiva nacional continuaba hacia Santander y Asturias. El panorama se presentaba sombrío para unos jugadores que estaban nada menos que en la otra punta de Europa representando a un Gobierno autónomo que ya marchaba hacia Santander. A pesar de jugar por una institución ya sin poder real sobre ningún territorio, el equipo Euzkadi cruzó el Mar Negro el 20 de julio de 1937 para llegar a Tbilisi, capital de Georgia, al día siguiente. Allí jugarían 2 partidos más frente al FC Dinamo Tbilisi, equipo de la segunda división soviética que décadas más tarde, en los 80, ganaría una Recopa de Europa. El 24 de julio, repuestos ya de los rigores del viaje, los vascos vencieron al equipo local por 0-2. Se completaron las 35.000 localidades del estadio de la capital georgiana, y el impacto de aquel partido fue tal, que se improvisó un segundo match frente a una selección de Georgia seis días más tarde. El 30 de julio Euzkadi volvió a ganar, esta vez por 1-3. Dos días más tarde, con la moral bajo mínimos pero pertrechados bajo una imagen de invencibilidad afianzada en cada partido desde abril, el grupo volvió a Moscú.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: