Recuerdo de un hombre extraordinario

31 Dic

Este 2013 será siempre el año en que se fue un hombre extraordinario. Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, escribió Manrique. Pero esta mar no fue sólo muerte, sino océano de amargura impotente. La justicia es un concepto tan relativo como la propia moral. Cada uno tiene la suya, y a cada uno parece justo lo que cuadra a su manera de vivir el mundo. Pero hay unidades de medida universales, o eso creo. Y no fue justo el final de un hombre extraordinario, que a su marcha dejó vacíos imposibles de ocupar. El tesón de sus brazos, nervios de acero vizcaíno, levantó edificios que su ausencia reveló frágiles. Al fin y al cabo, sólo era un hombre. Dejó una vida que fue un ejemplo, mancillado por una sangre infame que desmerece su fortuna. No fueron buenos siervos, a pesar de tener al mejor señor. Y siguen sin ser buenos, incapaces de mirar hacia su figura con la profundidad que aquella tiene y tenía. Era un hombre extraordinario pero era sólo un hombre, y tejió una vida de sudor, trabajo y sangre. Por que no había otra. Por que no había nada. Sobrevivió, sostuvo y dispuso. A la adversidad agarró de frente, como un torero fino perfilándose delante de un miura. No vivió una vida fácil, y nunca disfrutó del lujo contemporáneo de tener oportunidades. Recibió a Caronte ligero de alforjas: nunca fue más que un cuerpo fuerte siempre presto al combate, a una grecorromana lucha por el destino y el día siguiente. Ese era el premio: ver de nuevo el sol, ganar un trozo de pan con que alimentar cada noche a la manada. La rectitud fue su condena y al atardecer de sus días, la justicia, tan injusta con los justos, le cobró los intereses de no gozar del santísimo halo que rodea a los justos de linaje. La suya fue la estirpe de la refriega. Sin nombre, sin cuna, sin apellido que defender, solamente arrostró sus propias sombras. Y con ellas se fue, pero no su recuerdo. No mientras aún quede en mi cabeza un trozo de tierra firme al que clavar el estandarte de su memoria. Nunca tendrá un túmulo inmortal: la piedra de su legado no será leída por ningún arqueólogo del siglo XXII. Pero lo único que en él hubo de piedra fue la voluntad, inquebrantable, de servir a su progenie. La Historia la escriben los que ganan, dicen. Por eso él no tomó nunca esa pluma, pero yo sí. Por que yo soy la corona de laurel de su triunfo: la continuidad. El hilo con el que escribimos un destino que no está en ninguna parte. Se va 2013, por fin. El año que siempre será en el que se fue un hombre extraordinario

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