Íncubos

20 Ene

Dicen que Joselito El Gallo dijo una vez, en Galicia, inquirido acerca de la lejanía de su Sevilla natal, que Sevilla estaba donde tenía que estar. Lo que está lejos es esto. Con el Madrid se puede usar una retórica parecida. Vaya tercero, primero, segundo o antepenúltimo en Liga, siempre estará donde debe estar: quienes estarán cerca o lejos, según toque, serán los otros. Las creaciones olímpicas del ser humano comparten esa majestuosidad que las semeja invariables ante nuestros ojos mortales: Sevilla, el Madrid, la Capilla Sixtina, deben ser contempladas de lejos, que es como verdaderamente parecen asombrosas proyecciones del sudor de Dios. Si nos acercamos, corremos el riesgo de ver las grietas de palmo y medio por donde incluso los más sacrílegos y descastados podrían meter la mano y comprobar que también se pueden derrumbar. Que el Madrid empezara la Liga liderando el pelotón mientras Atlético y Barcelona se escapaban, henchidos como pavos reales, hacia un supuesto duelo de jedis al amanecer, les pareció, a muchos, una aberración. Efectivamente, corrieron ríos de tinta después de que primero el Cholo y luego Martino tirasen del caballo al impasible don Carlo: este tío es un pelele. No sirve. Otro año a la basura. Etcétera. Ustedes ya conocen todo el repertorio, no les voy a aburrir. Sin embargo, el tran tran con el que arrancaba la locomotora ha terminado por engullir distancias, puntos y desconfianzas, como si el madridismo se hubiera arracimado de repente bajo los gemelos de Luka Modric. Como en una de esas viejas estampitas de San Cristóbal, Modric avanza con el niño Dios de la vikingada colgado de la faltriquera -esa Primera Internacional de sectas, desviaciones y afiliaciones alucinógenas cuya unidad de Destino reside en la Décima y sus cien huríes- y cada una las zancadas con las que rompe líneas y atraviesa Rubicones son golpes de piolet en el Everest. Al contrario del saltito corto, trotecillo grotesco y culón con el que Xavi Hernández ha gobernado el fútbol post-apocalíptico desde 2008, Modric se mueve por el centro del campo con la agilidad de un regimiento de infantería motorizado. Con esa zancada sólo recuerdo a Redondo, a Zidane y quizá a Steven Lampard o Frank Gerrard, ese rey bicéfalo del fútbol británico de la última década. Modric jugó tan bien en Sevilla, frente al Betis, que hasta el golazo de Cristiano nos pareció secundario. De hecho, Modric está en un nivel tan extraordinario que las hazañas del Aquiles de Madeira están adquiriendo la condición de cotidianas: ya forman parte del paisaje. Uno se pone a ver un partido del Madrid, y el relámpago zigzagueante que sale del pie de Ronaldo nos parece una cosa tan normal, que cuando veamos fútbol con nuestros nietos nos parecerá ridículo que 22 tipos se pasen el balón y chuten a 80 kilómetros por hora, como si fuesen playmobils. El 0-5 del Villamarín asustó tanto a atléticos y barcelonistas que ambos se pusieron de acuerdo para acojonarse en comandita, con 2 horas de intervalo entre uno y otro. Pinchazos de los que, no obstante, no estará exento el Madrid de Ancelotti, o por mejor decir, de Modric: la clave, como ya hemos comprobado, es no gritar como una quinceañera cuando el avión se tambalee entre las turbulencias. A 1 punto de los colíderes, el Madrid outsider se afianza psicológicamente como el íncubo que espera a los enemigos de Dios y la Patria para trepanarlos en cuanto terminen de quedarse dormidos.

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