El viejo del Ernst Happel

1 Feb

Todavía recuerdo con nitidez a Luis Aragonés hurtándose del podio del Ernst Happel de Viena, después de que Platini le diese su medalla y Casillas levantase la segunda Copa de Europa de Naciones de la historia del fútbol español. Tenía un aire a Robert Mitchum fumándose un pitillo, ajeno al alboroto mientras a su alrededor zumban las balas alemanas en Anzio. Aquel viejo en chándal se apartó del jolgorio de sus muchachos mientras las cámaras inmortalizaban el momento, y Roma ardía al anochecer. Fue la cumbre de una carrera en los banquillos que comenzó, para que se hagan una idea, cuando Felipe II inauguró El Escorial. Luis Aragonés era para mí como parte del decorado desde que tengo conciencia. Lo recuerdo barrigón, canoso y con las gafas de vista colgando en el pecho, a la manera de los jubilados que juegan a la petanca cada verano debajo de mi sombrilla, en la playa. Tengo grabada en la memoria una reprimenda a Romario cuando entrenaba al Valencia: el brasileño de resaca, riéndose por lo bajini, y Luis vociferándole como si O Baixinho fuese su nieto y hubiera olvidado sellar la bonoloto de aquel fin de semana. Así construí, sin saberlo, su figura en mi imaginario infantil: un viejo gruñón con predilección por los jugadores con talento e intolerancia a la disciplina. Vi cómo zarandeaba a Etoo por alzarle la voz e imaginé a mi propio abuelo fulminándome con la mirada; esa clase de hombres que jamás permitieron que se les cuestionase en su autoridad. Luis Aragonés nunca estuvo demasiado cerca de ganar ningún título como entrenador, hasta que enfiló el camino del elefante y se encontró de pronto con la Historia. A través de una carrera tan larga como una hipoteca, Aragonés crió escamas, y tras acabar su bífida relación con los Gil y el Atlético de Madrid, incluso le habían salido branquias. Con su estrella apagándose, todavía tuvo arrestos de completar la que será la obra con la que le conocerán los españoles que nazcan mañana. Su estilo, en la Eurocopa de 2008, fue el de siempre: el de un viejo lobo de mar que había visto casi de todo en el sucio burdel del fútbol profesional. Lo único con lo que no se topó en su trayectoria fue con un grupo rebosante de talento al que le habían estoqueado el orgullo hasta la bola. Él, como uno de los españoles que salían en los libros de Hemingway, puso el torniquete y les dibujó un cielo lleno de nubes de algodón. Sirviéndose de su condición anfibia, soportó dos años que ya forman parte de la gran historia de la iniquidad de la cultura popular española. Fue Jasón con un polo rojo, rascándose la oreja mientras dejaba el vellocino de oro a los pies de la canalla sedienta. Ganó una Eurocopa homérica, hermosa como el fútbol de otro tiempo, y se fue mandando a España a tomar por culo, en ejemplar bofetada sin mano. Sabiendo que su vida terminaba ahí. Al menos la balompédica, la que nos importa a quien, como yo, escribo esto por no ir a su casa en Hortaleza y dejarle una caja de puros en el soportal.

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