Fondo de reptiles

3 Feb

Carlos Gurpegui es una especie de icono popular del Athletic Club de Bilbao. Suspendido desde 2006 hasta 2008 por unos indicios de dopaje, a su regreso fue aclamado casi como un William Wallace de la hinchada rojiblanca: un mártir del aparato represor del Estado, a quien, sin ningún género de duda, la Audiencia Nacional raptó después de un partido en 2002 contra la Real Sociedad. Tras llevárselo a Madrid con todo secreto y dejarlo en la mazmorra donde Orlov torturó a Nin, turbios Mengeles en batín blanco le inyectaron metabolitos de nandrolona en la sangre. Tantos, que cuando lo soltaron en la puerta de Anoeta, a los dos días, desorientado y con los ojos vendados, el pobre muchacho no tuvo más remedio que mear en un bote la evidencia con la que la Federación Española lo apartó algún tiempo del fútbol profesional. Por tramposo. Anoche, este héroe marginal del balompié euskaldún le recitó la Chansón de Roland al oído a Ronaldo cuando el marcador lucía 1-1 y el Madrid empujaba al Athletic hacia el ombligo de Iraizoz. Cristiano se lo quitó de encima con un aspaviento infantil, de irritación espontánea en el patio del colegio, y el Quasimodo pamplonés se desplomó desde el campanario de Notre Dame con mucho alboroto y clamor nacionalista en el Nuevo San Mamés. De repente una turba rojiblanca ahogó al Aquiles del Madrid, zarandeándolo como si fuera un picoleto en medio de una operación contra el comando Vizcaya, y Ayza Gámez lo expulsó con un servilismo propio de lacayos.

Fue el clímax de un partido corrosivo, en el que ambos equipos se habían llevado 75 minutos metiéndose los dedos en los ojos mutuamente. La brega fue desigual porque Ayza Gámez arbitró con mezquindad: permitió a los locales toda clase de tretas atrabiliarias para frenar a Cristiano Ronaldo, y ejerció una severidad desmesurada para con los visitantes. Su actuación sólo fue determinante en la expulsión del madridista, pero eso castró al Madrid, desquiciándolo para lo que quedaba. El equipo de Valverde, magnífico entrenador ninguneado en Bilbao por quienes compraron todo el crecepelo que les vendió Marcelo Bielsa, se aplicó con ímpetu estajanovista sobre el eje del Real de Ancelotti: Xabi y Modric. La primera parte les pasó por encima a ambos, literalmente: el balón iba y venía como una pandorga, y cada vez que Luka contactaba con él era para decirle hasta luego. Xabi, superado por un ritmo demasiado alto para su cadencia de John Deere, se ganó una amarilla tras varias escabechinas con Mikel Rico, Iturraspe y Ander Herrera, que parecían replicantes de Blade Runner. Desbordado por la incapacidad manifiesta de los laterales, Pepe, Ramos y Di María achicaban espacios mejor de lo que pareció en directo: al descanso se llegó con un sólo disparo de Aduriz, que salió desviado. Ninguno a la puerta de Diego López, a pesar de que los tiempos fueron marcadamente locales.

Sólo Jesé, que estrenaba titularidad liguera, rompió el relato cáustico del partido. Su desempeño fue notable, presionando con criterio y esforzándose por ayudar cuando en el equipo saltaba el DEFCON 2. La segunda parte, no obstante, cambió esta tendencia: el Madrid salió volcánico, decidido a golpear. Modric se deshizo por un instante de los grilletes de Valverde y pudo meter el mismo gol de Manchester después de que Karino bajase una pelota llovida en la frontal con la violencia fugaz del estribillo de su canción con Rohff. Con su paso adelante se vino un Real flamígero. Avisó Benzema con un disparon potentísimo a la escuadra que atajó Gorka, y fue el preludio del 0-1: el francés lanza a Cristiano como un galgo, y éste la pone en el punto de penalty donde llegaba Jesé puntual como un AVE. El canario remató estirando la punta de su bota, a lo capocannonniere, y uno se pregunta si dentro del chico no habitará el 9 con el que sueña Morata por las noches.

Cuando el Madrid parecía decidido a finiquitar el resultado y dejar la Liga en un mano a mano madrileño, Ibai cazó un rechace etéreo (de esos que suele dejar el Madrid flotando sobre su área, como invitaciones al caos) y empató el partido. El chico acababa de entrar, botó una falta y reventó el rebote, como queriéndolo vivir todo demasiado rápido. El Nuevo San Mamés, que es un estadio precioso que las instituciones públicas vizcaínas le han financiado sin ruborizarse al Athletic con la naturalidad con la que en España se aceptan las cacicadas consumadas, rugió oliendo el aquelarre. El Madrid quiso aprovechar el desconcierto para volver a golpear, pero Gurpegui fue tumbado por una ola del Cantábrico y Ayza repartió democracia a la manera en que se viene desarrollando el sistema en el País Vasco desde la Transición: amarilla para los nuestros y roja a los de fuera. Pura metáfora. De ahí al final Ancelotti limitó daños: metió a Illarramendi por Jesé casi en el 80, y luego a Morata y a Varane sin tiempo para que rompieran a sudar. El italiano, conservador en el más estricto sentido de la palabra, demostró reflejos de galápago en la dirección de campo. La jornada, a pesar de todo, fue positiva en términos estratégicos: neutralizada la desventaja con el Barcelona, el Atlético de Madrid sigue a un partido de distancia. El partido arroja menos dudas sobre el equipo que las sugeridas por el ambiente. Sin embargo, donde no llega luz alguna es a esa zona tenebrosa,  Mar de los Sargazos administrativo, que rodea de pronto al Real Madrid cada vez que tiene a tiro la cabeza de la Liga. Es como si, oteando en el horizonte la posibilida de superar al Barcelona, de pronto la LFP abriese un armario lleno de fantasmas y al Madrid lo encerrasen en un cementario con Iker Jiménez.

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