Nuestros hombres en Shinbone

21 Mar

Escribo al calor de la última avalancha: quinientos desheredados asaltando nuestro Muro. No ha muerto ninguno, esta vez. Por suerte. Morir a las puertas del edén es una sátira. España, el vergel. Europa, la tierra prometida de los paquetes de kleenex en los semáforos. En las vallas de Ceuta y Melilla se enfrentan dos realidades ineluctables: el deber de la policía española, que es proteger la integridad territorial, y la búsqueda desesperada de la prosperidad de un puñado de parias africanos. De muchos puñados. De cientos de puñados. Ambas realidades son del mismo modo legítimas, es indiscutible. A veces, la vida es una escala de grises kilométrica. Nadie tiene la razón. El derecho, el prurito de validez argumental, no cae hacia ninguno de los dos lados. Es simple: el mundo es un hijo de la gran puta. Ceuta y Melilla son el Limes, nuestros puestos avanzados en Germania. Las fronteras difusas de la civilización, allí donde concurren la ley internacional, la soberanía de los Estados y el combate por la supervivencia. Es un paraje hostil al que no estamos acostumbrados a mirar. A mirar de frente, digo. Sin torcer la vista. Sin pretextar desconocimiento, desidia, apatía o esporádica indignación. África es un Trending Topic que lidera el top de los hastags tres o cuatro días cada dos años. Ceuta y Melilla emergen de la parte de abajo del mapa del tiempo en los telediarios como el perímetro de seguridad de la Europa socialdemócrata. De Bruselas y sus europarlamentarios; de las comisiones, de la carta de los derechos humanos; de las plantas de reciclaje, los coches eléctricos, nuestras ciudades ecosostenibles y de nuestra mierda biodegradable: el cordón sanitario del mundo conocido, al que no prestamos atención si no muere uno de esos Viernes a quienes destinamos, condescencientes, un euro en la hucha del Domund de la clase del niño, todos los años. Tom Doniphon y Vic Mackey montando guardia mitad de la no man´s land que nuestros abuelos pactaron con los sátrapas del sur. Sólo nos giramos hacia ellos para menear la cabeza con reprobación: brutalidad policial, exceso, gestos de un atavismo postcolonial intolerable. Qué están haciendo los nuestros allá afuera, en el Muro. Qué proceder es ese. La democracia es que la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano aparezca colgada junto al retrato del rey en la pared del despacho del jefe de la guardia de la noche. Sin embargo, allí donde chocan dos destinos encontrados, la iure se difumina en una bruma violenta y corrosiva. Las leyes con que nos dotamos no tienen validez alguna en esos márgenes de la civilización donde la misma vida no vale absolutamente nada. Encomendamos entonces la acción civilizatoria de Europa a los hombres que lavan la ropa sucia en la orilla del río mientras nosotros dormimos en nuestras cómodas ciudades. Lejos de los gritos, lejos de las carreras. De los golpes. De la muerte, de la sangre, de los que pelean por un palmo del mundo que ven en la televisión. Sobre ellos descargamos toda nuestra responsabilidad en estos molestos asuntos de digestión pesada y esquiva asunción intelectual, pero, alto: pobre del soldado que no ejerza la conciencia cívica en nuestro nombre, aun cuando intuyamos que es imposible sacar la Constitución en medio de un pantano atestado de cocodrilos. El ejercicio de hipocresía es abrumador. En el Muro convergen locomotoras vitales, universales, sobre un mismo raíl: cuando colisionan, los que lo protegen han de encomendarse a la ley natural, a la imposición de ciertos códigos cuya opacidad moral constituye, a la vez, su propia salvaguarda ante la gravedad artificial con que pretenden juzgarla los senadores en su salón, arrebujados en la blanca toga de la distancia.

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