Napoleón en Chamartín

24 Abr

El madridismo es lo más parecido a aquellas primeras internacionales socialistas. Lleno de escisiones, facciones enfrentadas irremediablemente, odios viscerales y subversiones heréticas, no hay una verdad oficial, preestablecida, más allá del manido madrileñismo rancio de Toñín el Torero en cartón piedra o el ninot de Roncero hecho de caspa solidificada. Fiel reflejo de la misma España, donde dos náufragos son capaces de hundir el bote que los mantiene vivos en medio del océano con tal de que no se salve el otro. Sin embargo, el madridismo sólo se envara cuando delante tiene a un alemán de 2 metros de larga cabellera rubia y todo entero vestido de rojo. Entonces el Bernabéu se convierte en una comuna libertaria asediada por el ejército: ellos y nosotros. Hay que ver la camaradería percibida en cada plano de las cámaras, como si el destino de una civilización se jugase en 90 minutos. Cada vez que el Bayern pisa Chamartín, los aficionados abandonan casi todos sus tics de hinchada obtusa y aburguesada. Si existe algún tipo de noción comunitaria en el madridismo, si fuera posible aplicar la terminología sociológica a una cosa así, sin duda se acuñó para estas eliminatorias. El Bernabéu, el Madrid, el madridismo, es entonces un pueblo. Se envuelve en una bandera invisible tejida con mitología antigua y grandes dosis de furia racial, gritando como nunca, jaleando cada acción de sus jugadores como si todos los partidos anteriores, como si todas las temporadas anteriores y todas las disputas previas y todas las cuestiones mediáticas circunscritas al entorno psiquiátrico del club quedaran fuera del estadio. El Bayern obra el milagro. El Bernabéu se hace espacio autónomo, con entidad clara aunque indefinible: cada enfrentamiento con el Polifemo bávaro otorga categoría de nacionalidad histórica al Madrid, mete al Madrid en la Constitución. Voy a proponer esto cuando en dos años -o menos- se abra el melón de la reforma constitucional. Madrí ye nación.

Esta vez lo que venía de Munich era algo más que el Bayern: era el equipo visitante de Space Jam. La colección de jugadores de tiránica dimensión que posee Guardiola en el Allianz le hace parecer indestructible. Más de lo normal, digo, teniendo en cuenta que este equipo viene de ganar todos los títulos que disputó en 2013. Guardiola entrenando al Bayern es como la Werhmacht entrando por Bélgica con un poeta recitando a Goethe encima de cada tanque. Para el madridista no existe fotografía del Harmagedón más perfecta que ésta. Benito Pérez Galdós ya vio este partido hace poco más de 200 años.  Escribió una crónica larguísima bajo el nombre de Napoleón en Chamartín.El efecto que produjo la presencia de la hidra de las cien cabezas entrenada por el terror nocturno más ocurrente de los madridistas fue similar: Madrid en armas. Sobrevolando la ciudad con una Go Pro incrustada en un dron se podrían haber visto las barricadas que los chulapos estaban montando en la Puerta del Sol y la calle Mayor. Guardiola, el icono. El hombre que consiguió subvertir una trayectoria vital, una tendencia histórica: el fulano que redujo a los mayores ganadores de la historia del deporte mundial a la categoría de guiñapos temerosos de Dios y de Messi. Guardiola nos conoce tan bien que no descarto que sea nieto de alguno de los hermanos Padrós. Es un producto refinadísimo, el mejor entrenador del mundo junto a Mourinho. Domina la escenografía que rodea al gran circo como nadie, pero tiene un defecto mayúsculo que es la derrota. Ahí es cuando se le ven unas costuras viejas, las cicatrices del niño que creció con la mitología madridista soplándole la nuca. Guardiola, excelso propagandista, ha lobotomizado incluso a futbolista alemanes y holandeses que, como buenos centroeuropeos, casi siempre se han mantenido lejos del melodrama mediterráneo y del discurso etéreo acerca de las ideas. Ver a Robben, o a Lahm, hablando de lo hermoso que ha sido tener el 80% de la posesión en el Bernabéu habiendo perdido 1-0 y pudiendo haberlo hecho por 3 o 4 goles de diferencia, es una cosa sobrenatural: ¡menos mal que nos queda Beckenbaüer!

Porque el Madrid de Ancelotti derrotó al Bayern con la nobleza antigua, derrochando una seriedad inusitada que a Pedro Ampudia remitió convenientemente a la final de Amsterdam del 98. Aquel partido era el símil más cercano al que podíamos acudir en la previa: jamás un Madrid más cerrado sobre sí mismo enfrentó a un rival tan aupado sobre una ola universal de favoritismo. La Juve de ese día era el Bayern 2014. Ancelotti, que dicen departe sobre estrategia militar con Arrigo Sacchi, planteó a los visitantes la misma coyuntura que el miércoles pasado en Mestalla. Un 4-4-2 flexible tanto en el repliegue como en la salida, con Di María batiendo el perfil derecho e Isco trabajando sobre el carril zurdo del ataque contrario. En lugar de Bale, un Cristiano a media partitura interpretaba el vértigo del asalto tras el robo de balón, con Benzema haciendo orbitar al Madrid sobre sí mismo. Los primeros 15 minutos del Bayern fueron terribles. La agresividad táctica me recordó al mejor Barcelona de Guardiola, el de 2011. Posesión constante, rápida, precisa y muy vertical sobre la línea de medios madridista. Los cambios de orientación sobre Robben y Ribery fueron continuos, y la idea de Guardiola quedó reflejada como en un espejo: bajarle el volumen al Bernabéu, minimizar una posible salida en troma del Madrid aupado sobre el ímpetu ambiental, y aposentar sus reales con una dosis alta de intimidación. Entonces emergió la figura de Xabi Alonso. Con el culo metido en la cueva, sostuvo al Madrid en unos minutos delicadísimos. Las transiciones ofensivas alemanas eran demoníacas, pero siempre encontraron la respuesta de un equipo cohesionado como una pared de granito. Carvajal y Coentrao cerraron la puerta a sus espaldas con una disciplina prusiana, y tanto Pepe como Ramos leyeron cada penetración bávara con una inteligencia que asombró a quienes llevamos sufriendo sus deslices esquizofrénicos más de un lustro. El Madrid aguantó la blitzkrieg sin conceder ni un tiro a puerta y entonces Benzema capturó el partido durante cinco segundos.

La jugada nació tres metros sobre la bombilla del área propia. Benzema le ganó uno de tantos balones rifados a Lahm, el diestro que jugó toda su vida en el lateral izquierdo hasta que Guardiola se vio en la obligación de perpetuar su imagen de Ferran Adrià balompédico y lo puso de mediocentro, y lo bajó al suelo y contuvo el instante lo suficiente como para que Isco, Di María, Ronaldo y Coentrao zumbaran campo arriba. Cedió a Alarcón, quien avanzó tras las líneas enemigas como un espía de la Resistencia en el París ocupado. Ronaldo recibió tan atrás, para lo que es natural en él, que eso ya debió advertir de algo a Rafinha. Rafinha llamó maricón a un tuitero que hace meses lo mencionó comparándole con Arbeloa, pero Arbeloa, entre otras cosas, muy pocas veces concederá la autopista hacia Ganímedes que Rafinha permitió anoche detrás suya. Cristiano lanzó un pase en largo a la carrera de Coentrao, que se limitó a meter un pase horizontal sobre las piernas de toda una mesa larga de la caseta de Paulaner de la Oktoberfest. En la otra punta esperaba quien lo germinó todo: Karim Benzema. 1-0. San Jorge ya había alanceado al dragón, tan sólo quedaba esperar 70 minutos a que se desangrara. Carletto priorizó la cobertura sobre Ribery antes que sobre Robben. Quedó claro que para él el francés es más nocivo que ese remedo de Messi que es Robben, casi tan talentoso como el argentino pero sin su quiebro explosivo. Robben hace la misma jugada que Leo salvo por una cosa: cuando a Messi los defensas le han conducido al callejón sin salida tras el que no queda sino chutar, casi siempre tiene tobillos para frenar en seco y gemelos para voltearse 180 grados y romper a los marcadores con una finta. Robben no.

El Madrid pudo asestar 2 machetazos definitivos a un Bayern descompuesto en la fase defensiva, pero Ronaldo y Di María quizá recordaron el susto de Dortmund y decidieron que al Allianz hay que ir con la tensión palpitando en las sienes. El Madrid esterilizó al mejor equipo del mundo inutilizando incluso las variantes de Guardiola: Götze, Javi Martínez y Müller, fíjense bien, salieron en la segunda parte. Tres tipos que, juntos y por separado, serían insustituibles en cualquier otro equipo del mundo excepto en este Bayern de diseño que tiene más potencia de fuego que la Luftwaffe. En el 85 el Madrid se desajustó por única vez en todo el partido: Ramos acudió a desmontar a Robben del caballo, Modric cometió el único error del partido al querer sacarla jugada y por una extraña y trágica circunstancia el balón le quedó botando a Götze a la altura del punto de penalty. Varane llegó tarde y Casillas hizo una parada extraordinaria. Luego Müller se desmayó en el área pequeña cuando el Madrid, aturdido, dejó que el Bayern creyese en el empate, pero hasta en eso Guardiola ha inoculado el virus de la comedia latina en la ópera germana: un alemán prefirió fingir un penalty que reconocer que un español, concretamente un vasco de Tolosa, le había robado la cartera.

Una respuesta to “Napoleón en Chamartín”

  1. aruizcapilla 24 de abril de 2014 a 17:05 #

    Excelente.

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