Thriller

5 May

Después de una juerga apocalíptica siempre llega una resaca homicida. Es ley de vida, y qué es el Madrid sino la máxima expresión de ella. El 0-4 de Munich fue como un Big Bang, y ya se sabe que después de la explosión original el Universo se tomó unos días entre Matalascañas y Chipiona para relajarse mientras la piedra, los volcanes, la lava y el magma comenzaban a enfriarse. Siempre hay un lapso de tiempo más o menos breve en que se solidifica la lluvia de fuego y germina la vida. En ese repecho está el Madrid ahora, cuando Lisboa ya no es una letanía melancólica sino el pico del Alpe D´Huez surgiendo tras una curva. La disposición táctica no varió: parece claro que Ancelotti ya no renunciará a su abracadabra del 4-4-2. Bale e Isco hacían de brazos retráctiles ocupando los costados de Illarramendi y Alonso, y por delante Cristiano y Benzema permutaban sin cesar entre la punta del ataque y las bandas. Esta naturalización del caos es propio del sistema de Carletto. Tanto Karim como Ronaldo alternan la línea de cal con el balcón del área, de manera que la defensa rival suele quedarse sin un referente fijo. Si salen a buscarles a las alas, el pasillo central se convierte en un matadero con Bale cercenando la esperanza de los contrarios en un mundo mejor. Si permiten el deambular aparentemente inofensivo de los dos a lo largo del salón-comedor, las bandas arden como si lo describiese Homero y en un pestañear los adversarios se ven estrujados entre su portero y la frontal del área. Así fue la primera media hora del partido. Un vaivén plácido, sin violencia, con el Madrid meciendo al Valencia casi con cariño. Asentados sobre los mediocentros del post-carlismo punk, y huérfanos de Modric, Ronaldo, Bale, Benzema e Isco trazaban diagonales amables tras la espalda de Keita y Parejo. Parecía que el gol caería como el fruto al final de la primavera. Goles sin hostilidad. Fue todo un espejismo.

Y lo fue porque el Madrid volvió a deleitarnos con la ración diaria de ocasiones falladas y goles derrochados en el altar de la pegada. La pegada del Madrí, hay que tener poca vergüenza. El Madrid despilfarra goles cantados porque es un rockstar al que se le escapa el dinero por un agujero del bolsillo. Tengo tanto que me sobra. Un par de bastas definiciones de Cristiano, otro par de palomitas de Diego Alves y algunos cabezazos de Ramos aburrieron al equipo, que fue dejándose llevar por la modorra. Creyó estar ante un partido fácil y el Valencia, aprovechándose del ritmo bajísimo -lógico tras el desgaste de ambos equipos en una dura jornada europea intersemanal- se fue colgando de Parejo y Feghouli hasta el 0-1. El gol visitante se fue intuyendo durante 15 minutos en los que el Madrid dimitió del gobierno del balón y del tempo del juego. Parejo y Keita son dos centrocampistas que sólo tienen sentido si el balón viaja en diligencia por su zona de influencia. Estoy convencido de que si el Madrid hubiese jugado a una velocidad homologable con el fútbol del hemisferio norte, el Valencia no habría tenido ninguna posibilidad. Pero no fue así, y por un lado Keita -apoyándose en el antiguo cayado que lo distingue como jefe de su tribu en Mali- y por el otro Parejo -un Guti de Hacendado, uno de esos tantos enfants terribles de serie B que tan pródigos fueron en España antes de 2008- dieron en desnudar a Illarramendi en toda su actual inseguridad, exponiéndola en pública almoneda. Illarra todavía está en Dortmund y entre él y Marcelo regalaron varias fanegas de tierra sobre la calle Padre Damián en la que el Valencia fue cómodamente arrumbando sus bártulos.

Diego López se comió el 0-1 tras varias atajadas muy meritorias y muy bonitas. La sensación final con Superlópez es agridulce: han podido con él, o eso se infiere de sus actuaciones taurinas. Toreras por lo espectacular de sus algunas de sus paradas y la constancia que manifiesta en errores a priori inusitados en un meta de su envergadura. Al descanso Di María entró por Illarramendi y el Madrid se rompió definitivamente en dos mitades desconectadas entre sí. Jugó casi hasta el final con una emergencia impropia del mismo equipo que domeñó el Allianz Arena con paciencia, poderío, temple y absoluta superioridad. Contra el Valencia parecía estar jugando la prórroga de la final de Lisboa y fue sorprendente que el equipo de Pizzi no machacara en algunas contras dramáticas. Ramos y Varane sostuvieron con su plasticidad la omisión de Marcelo en la izquierda y las aventuras de Carvajal por la derecha, que no obstante fue de los mejores a pesar de jugar con una evidente merma emocional. A Carvajal se le había muerto su abuelo el día antes y en el minuto de silencio previo al inicio del choque pareció romper a llorar. No sé si fue muy conveniente cargar trágicamente con la música de los violines y el silencio sepulcral un momento de homenaje que sirvió para casi derrumbar al pobre chaval allí mismo, en medio del césped. Sin embargo, yo quiero hablarles de Marcelo: su segunda mitad de temporada justifica un despido fulminante. El mejor lateral izquierdo del mundo lleva tres años muriéndose amargamente dentro de ese cuerpo fofo y descuidado regido por la infantil mente de un niño grande al que no le preocupa lo más mínimo cuidar de sus obligaciones contractuales. Marcelo ha perdido hasta ese flow que eliminaba las lorzas de su ecuación por el vórtice zurdo del ataque madridista y lo convertía en un protagonista absoluto de la transición ofensiva del Madrid. Emocionalmente parece muy lejos de la titularidad: no se crece ante la adversidad, más bien se autoexcluye del grupo apartándose de todo y llevándose consigo toda su magia. Fue doloroso verle fallar algunos pases horizontales, dados con la misma consistencia de la mierda de pavo.

Empató Ramos y a pocos sorprendió porque Ramos lleva dos meses triunfando en la eterna lucha contra sí mismo. El Madrid, deshilachado, logró forzar al Valencia por eso que tiene Bale: abre las piernas, articula una zancada, y cruza el Atlántico como un San Cristóbal con motores de propulsión. No obstante el Valencia marcó el 1-2 provocando un homérico coitus interruptus en el Bernabéu, y Ancelotti, en vista de lo cual, metió a Casemiro por Isco para evitar la hemorragia que estaba desangrando a un centro del campo donde Xabi agitaba los brazos en la solitud más absoluta. Me recordó a Tom Hanks en medio del mar con un turbante en la cabeza y barba de 4 años viendo pasar por su lado un inmenso carguero. El amigo de Xabi, si Wilson, fue anoche Di María, quien recuperó la versión más disparatada de su juego para pelearse con los rivales, insultar al árbitro, provocar un penalty y dar dos goles. Alargó 6 minutos el referí pero el Madrid sólo pudo empatar en el 95 con un gol superlativo de Cristiano: capturó la pelota en mitad del área ejecutando un escorzo en escorpión. Una maravilla. Sirvió sólo para recortar un punto al Atlético y fiar ya del todo cualquier atisbo de victoria final en la Liga al Barcelona, lo cual no deja de ser gracioso. El Madrid que más cerca está de ganar el triplete en toda su Historia depende para ello de un equipo que, desde Martino a Messi, parecen los extras del videoclip de Thriller. Los no muertos de Can Baggsa.

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