Las revoluciones no hacían ruido

24 Sep

Se avecina octubre tras la cortina cárdena del cielo y llegan las últimas lluvias del año. O las primeras. Durante todo el día la tormenta amenazó con descargar furiosa, pero llegaron las ocho de la tarde y en el Bernabéu no pasó nada. Debutó Keylor Navas de manera oficial, en la quinta jornada, y por las calles la gente siguió paseando con sosiego. Los bares no cerraron, tampoco se colapsaron las bocas de metro, y el tráfico fluyó con la normalidad habitual. Las revoluciones hacen mucho ruido mientras se anuncian. En ese estadio previo de mentideros en los periódicos y susurros radiofónicos, los nervios se excitan. Casillas al banquillo, decían, esperando oír estrépito, confusión, gritos y carreras. Nada de esto. Ese miedo a la sublevación plebeya, tan florentinista también, forraba al capitán del Madrid de un espesor totémico, casi un velcro que hacía imposible despegarlo del césped y de nuestras vidas. Jugó Navas y no pasó nada: la gente entró al estadio bulliciosa, con esa dicha especial que tiene el madridismo los días entre semana, sin duda hábito adquirido en el armagedón anual de la Copa de Europa.

Los predicadores del terrores nocturnos hablaban de rotaciones y suplentes para recibir al Elche. Ancelotti apostó por un Madrid distinto, ciertamente. Illarramendi y Alarcón relevaron a Benzema y Modric, y fue como salir de boxes con neumáticos blandos para la lluvia. Fue el partido más interesante de la temporada en lo táctico. El Real se orientó alternativamente del 4-2-2-2 al 4-3-3 siempre según entrase el viento por la proa. Allí, hendiendo la negrura del océano, Ronaldo y Bale confirmaron lo que apuntándose venía desde el derby de hace dos semanas: el lugar del 9 -que no la punta. No sería preciso hablar de punta en un ataque tan dúctil como el madridista- es ahora una estepa por donde transitan los búfalos, un páramo sin habitantes, tierra de nómadas que pasan por allí, lo rompen todo y siguen adelante. Entre Kroos e Illarra tejieron en el mediocentro la malla metálica por donde el Madrid contuvo el partido: casi siempre fue el vasco el que mantuvo la guardia, lanzando al alemán a un raid constante entre Mosquera, Adrián y Víctor, los hombres de verde llegados desde Elche cargado de dátiles.

Enfocó la realización durante dos segundos a Escrivá, el entrenador del Elche. Por un segundo quedé sugestionado por su tez bronceada, su pelo corto a lo marine, ceniciento ma non troppo, y por su traje oscuro, sin corbata. Me recordó a alguien.

Illarra destacó verdaderamente por primera vez desde que juega en el Madrid. Descubrió, de pronto, su vasquidad. Saltó decidido, confiado y agresivo. Disputó todos los balones sin encogerse; pisó el balón, cosa inaudita en él, clavándolo bien al metro de césped madrileño donde paraba. Recorrió todo el pasillo central con la autoridad de un aspirante a general; acudió a la refriega también con ese punto inconsciente que sugestiona a los rivales cuando en Anoeta, San Mamés o El Sadar los equipos locales tremolan y todo empieza a vibrar, como sísmicamente, y casi siempre los rivales acaban escurriéndose montaña abajo con toda la cabeza reventada. Eso es muy vasco y anoche Illarramendi se desempeñó con esa nobleza, sin atisbo del recato acostumbrado desde que llegó a Madrid. Fue la mejor noticia de un equipo que jugó toda la primera parte en el campo del Elche, rememorando aquellas tardes de mi infancia cuando los partidos sólo los jugaba el Madrid y los rivales, fueran quienes fuesen, eran meros figurantes, atrezzo decorativo, monigotes que saltaban y caían y corrían solamente hacia atrás mientras los de blanco recuperaban, encerraban y golpeaban.

No obstante, el primero que golpeó fue Ronaldo. En el primero de los dos únicos acercamientos ilicitanos al templo de piedra maya de Keylor, un córner mal despejado se le quedó colgando a Cristiano del gemelo. Erró al querer controlar y al despejar su zurda despeinó a un delantero del Elche. Penalty. El Bernabéu, cantarín y despreocupado, se sacudió de repente: en las redacciones las gargantas se encogieron y quizá Fernando Burgos tapóse los ojos ante la posibilidad de que aquel cualquiera mulato, usurpador y don nadie que había sido contratado por los méritos mostrados -qué pringado- no como Iker, funcionario de primera clase, pudiera pararlo. No lo hizo porque Edu Albacar lanzó fuerte, a media altura y hacia un lado.

Justo tras el gol pudo llegar otro: el segundo (y último) relámpago verde tras la linde de Ramos y Varane dejó a Marcelo expuesto frente al espejo. Jonathás conquistó su espalda sin esfuerzo aparente y cuando ya pisaba el vestíbulo del área, cayó fulminado por una patada del brasileño del Madrid: no tocó tierra por poco, y se quedó sin poder pedir el asilo político del segundo penalty.

Entre el 0-1 y el 1-1 a Ronaldo le dio tiempo de rematar a dos defensas en el área del Elche. Era tal la violencia con que los atropellaba a todos en ambas áreas, que parecía a punto de descoserse la camiseta, en plan Hulk.

La movilidad permanente en la cabeza del dragón madridista produjo el empate con una naturalidad que pudiera ser considerada insultante para con el resto de equipos de fútbol del mundo. James, encargado de gestionar el pánico por la orilla derecha, abrió de un tajo el costado derecho por donde Carvajal arrastraba media costa levantina: con su zurda, a contrapelo de la jugada, combó un balón hacia el primer palo, por donde Bale, casi sin esfuerzo, lo acarició con la coronilla. Surgió Bale por el sitio del delantero centro, como luego haría Ronaldo para cabecear el 3-1 con un latigazo de su cuello que cantado por Homero ocuparía toda la crónica entera. Antes, el árbitro imaginó un penalty en un tirabuzón de Marcelo en área visitante. 2-1. Ancelotti parece estar respondiendo a la eterna cuestión de la delantera sin Benzema: el plan B es este. Los movimientos tácticos del italiano no tienen la instantaneidad genial de los de Mourinho o Guardiola; son, por así decirlo, aproximaciones leves, bocetos que con el paso de los partidos terminan coloreándose según Carletto les vea pragmatismo o no. Bale y Ronaldo, dos jugadores inclasificables, inabarcables dentro de sus cualidades innatas, no son nueves, ni sietes, ni dieces: son monstruos que duermen bajo la cama de todos los adversarios del Madrid en España y Europa. Como tal los considera Ancelotti, así los explota: lo que más aterroriza a los niños es la ubicuidad de los monstruos.

La segunda parte fue aburrida y monótona. El Madrid tenía ganado el partido y no quiso gastar más gasolina de la necesaria. Destacó Isco, muy conectado al ambiente y al equipo a lo largo de la noche. Alarcón parece encendido. Esto aumenta el potencial del Madrid, lo amplifica hasta límites insospechados. Es, tras Benzema, el mejor jugador del Real con el balón controlado. Anoche, antes de los tres hachazos blancos, se ocupó de torear por la izquierda del ataque madridista, juntándose con Marcelo y cayendo tras Ronaldo y por entre Bale y James cuando el remolino se formaba ante las barbas del Elche. Descosió el terreno de juego por su lado, en ese intermezzo táctico situado entre Illarra, Kroos y la delantera. Con el partido ganado, ya en la segunda parte, se dedicó al arabesco y la escultura del detalle. Plegó al Bernabéu, lo arrodilló ante sus pies con toda una serie de verónicas, medias verónicas, pases de pecho y manoletinas, muy del gusto de la afición; suele jugar así cuando los rivales están a merced y él se gusta, se encuentra a sí mismo entre la frondosidad de sus compañeros. No es el mejor Isco: éste, la mejor versión de este futbolista extraordinario, suele concurrir a los partidos llamados machos. Es entonces cuando el malagueño se despoja de esa finta inútil y del barroco innecesario, y juega con la seriedad de los toreros legendarios: en corto, rápido y con hipérboles.

Fue un partido, no obstante, magnífico para los pasadores. James, el propio Isco, Kroos y Bale, se deleitaron con la espalda del Elche, martirizada por la largura de los carrileros del Madrid. Quedando diez minutos entraron Chicharito por James, Nacho y Arbeloa por Ramos y Carvajal. Sólo cambió el dibujo la entrada del mexicano. Ha fichado esta semana el Madrid a otro mexicano, para el baloncesto. Llevará el 14, como el delantero. Ayer no pudo marcar. Casi lo hace en una pelota suelta que le llegó de rebote, hacia la frontal. Se echó muy atrás y la pegó con el tobillo: ya había metido dos desde lejos en Riazor, era suficiente. Es el Chícharo un calambrazo, como un desfibrilador: lo veremos en los partidos en que el Madrid infarte. Su ingreso desterró a Bale a la derecha y ahí se hizo más visible, aunque menos efectivo: es lo que tiene su nueva posición de delantero centro, que lo invisibiliza, sobre todo para los rivales, que mueren sin darse cuenta. Ronaldo marcó el cuarto y el quinto, y Arbeloa recibió el calor de la grada por su condición de hombre-club y correa transmisora de un madridismo irredento que no necesita de periodistas en la zona mixta para enorgullecerse de sí mismo.

Ronaldo abandonó el Bernabéu con otras cuatro vergas enemigas ensartadas en un alambre, y 93 minutos más encima de su maltrecha rótula. Llegarán las oscuras golondrinas.

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