Un tajo limpio

28 Sep

Decíamos el otro día que las revoluciones no hacía ruido, y es verdad. Casi siempre. Y que a una algarada le sigue una respuesta, digamos, contrarrevolucionaria. Acción, reacción, y todo eso. El Madrid vive ahora una suerte de Conferencia de Viena, donde todos los fiduciarios del antiguo régimen se han puesto de acuerdo para devolver la realidad al punto original de partida: en consecuencia, ayer Casillas volvió a ser titular. Periodistas de cámara, opinadores, opinólogos y homeópatas de la información, coincidieron en señalar la extraordinaria normalidad: Casillas paró mucho y bien, transmitió seguridad, ejerció de líder natural y el 18 de noviembre de 1975, por la noche, Franco estaba muy bien de salud.

Esta alternancia diaria en la portería es un fenómeno desconocido en el fútbol de élite. Ancelotti, embebido quizá del carácter pionero del Madrid, juega con los naipes de Navas y Casillas, presa del pandemónium de intereses contrapuestos que avalan a cada uno; intereses futbolísticos y de los otros, ya saben: esas cuestiones inefables, susurradas a medias en los telediarios, deslizadas viscosamente por entre las páginas del periódico, que nada tienen que ver con la agilidad de los porteros o con su ritmo de trabajo. En este momento, la diferencia balompédica entre Iker y Keylor es tan grande, que con los matices se podría llenar la fosa de Las Marianas.

El partido empezó muy graciosamente con una cesión torpe de Kroos atrás: imaginó Toni que allí estaba Neuer, y supuso que el portero saldría, la controlaría y comenzaría la jugada con los pies. Casillas no es Neuer, huelga comentar la diferencia, y apenas pudo despejar de mala manera, torciendo el gesto y derrengándose con mucha fealdad sobre la línea de fondo, para choteo general de propios y extraños. Así, antes del primer minuto de partido teníamos córner y el café yéndose por el lado equivocado de la glotis: cada saque de esquina en contra es un desafío soberanista a la unidad de España.

Marcelo parece asentado en el lateral izquierdo: Carvajal ha recuperado su fuero en el derecho, y el Madrid sale esquiando sobre estos dos carrileros, a toda mecha, y disparado también se acerca el peligro, casi siempre tras la nuca de ambos. Fue digno de ver el despliegue de los centrocampistas del Madrid: dicen que Modric, James y Kroos se difuminan en un triángulo isósceles en el que la punta es para el colombiano y el vértice lateral, para Luka, pero a mí, ayer, me pareció ver una fila prieta cada vez que el Villarreal atacaba la fase defensiva madridista. Ubicados casi en línea, soldaban las grietas por entre las que seguían colándose jugadores amarillos, pero sin poder acuchillar en corto. Varane y Ramos, ágiles como gamos, corregían atentos las goteras de los tres mediocampistas, y los dos laterales juntábanse mucho en la base dejando por detrás una playa virgen donde, curiosamente, moría de inanidad todo intento local por dañar el área blanca.

El Villarreal, carente de un 9 grande capaz de fijar a los centrales y aterrizar alguna pelota lateral, hormigueaba por el balcón del área madridista valiéndose de la tremenda movilidad de Vietto y Uche; ambos delanteros, bajitos y nervudos, con buena técnica y sagacidad en el desmarque, ganaron algunos espacios por entre las piernas de Varane, que son tan largas que, debajo, cabe Liliput. No obstante, sus disparos salieron fuera o demasiado al centro: las dos únicas ocasiones de peligro en la primera parte surgieron de dos trallazos al muñeco. Uno, despejado por Casillas al centro -en la repetición se vio cómo embocó el balón con los ojos cerrados, en otra imagen para la Historia no-oficial del santo varón de las Españas- conllevó un rechace finiquitado muy malamente por Uche, para sosiego de la gente temerosa de Dios; el siguiente lo interceptó Marcelo justo en la cara del portero, en un escorzo inverosímil, karateca, con esa manera de defender desparramada que tiene Marcelo, con ese dramatismo de funambulista que tantos disgustos le da a los que, como el que escribe, aspira a una formalidad capelliana en el noble arte de la defensa y el quite.

Esta intensidad del Villarreal fue desactivada pronto por la paciencia del Madrid. El cambio de Xabi y Di María por James y Kroos ha barnizado al equipo de Ancelotti con una pátina diferente: dos jugadores, vamos a decirlo así, rompedores, por dos jugadores inclusivos. La diferencia, para mí, es tan evidente, que este Madrid va jugando cada vez más a lo que es propio y genético en Modric y sus dos compañeros de viaje. Xabi y Di María, por sus naturaleza, tendían a quebrar el junco disparando: balón largo, verticalidad, conducción larga y arrastre de contrarios, erupción volcánica y cientos de espacios tras cada breakdown; James y Kroos, en cambio, pisan la pelota. No una vez, sino muchas. Caracolean, la alimentan, buscan más la transacción corta y rápida, a lo xaviniesta, aunque, no obstante, gusten de orientar a izquierda y derecha con parábolas hacia los compañeros más desmarcados que, sin embargo, carecen de esa violencia que tanto Di María como Alonso imprimían siempre a sus pases. De resultas de este juego, el Madrid volvió a escalonarse 4-2-2-2 cuando atacaba la rocosa trinchera amarilla. Bale parecía, más que nunca, desterrado a la esquina derecha, como un náufrago ahogándose en un perfil opuesto a su mecánica habitual de control y galope.

Benzema, en cambio, nadaba muy a gusto entre tanta marca adversaria: las defensas así son su piscina climatizada. El Madrid iba empujando al Villarreal hacia atrás, sin herirle demasiado, hasta que Modric avistó un rectángulo sin dueño en la portería de Asenjo. Chutó desde muy lejos, casi desde el aeropuerto de Castellón, como si estuviera de rave allí y tirase un botellazo: apenas le dio fuerte, sino muy colocada a un ángulo que, de forma inverosímil, estaba sin cubrir. El gol hizo desplomarse al Villarreal y un rato después iba a llegar el 0-2: Benzema hendió hasta la línea de fondo con un desmarque de esos extremos que llevan al central rival a apurar el tackle hasta el final; cualquier otro delantero hubiera chutado de primeras. Él, naturalmente, la controló, y de un toque se ubicó hacia el minarete de este Madrid que es, claro, Ronaldo, que venía echando humo por la chimenea de la locomotora. Le puso el balón en el pie y Cristiano acomodó con el interior al palo contrario de la dirección de la jugada.

El Madrid afrontó el resto del partido con una seriedad inaudita. Siempre quise que el Madrid ganase en las salidas difíciles como veo hacer muchas veces a Chelsea, Bayern, Juve o cualquiera de esos equipos grandes y europeos que vencen con una superioridad, por decir, burocrática, que es incontestable. El Madrid se llevó la victoria ayer de esta manera: veía uno correr a los de blanco y parecían más fuertes, más redondos, más fibrosos y mejor plantados que los de amarillo, y con esa vanidad estética se conforma uno en una tarde de sábado soleada en la que se intuía imposible recortar ningún punto a Barcelona y Atlético de Madrid.  El Villarreal no paró de correr y Marcelino de gesticular en banda; fue para nada. El Madrid dejó que atacasen la frontal misma del área, y debe ser un reflejo involuntario de la defensa cuando juega Casillas: se cuelgan todos del área pequeña, pero esta vez no ocurrió ninguna desgracia. Salieron Nacho, Illarramendi y Alarcón muy tarde, y además de la dilecta sobriedad pequeñoburguesa de Illarra en el procesamiento funcionarial de los tres puntos, destacó Isco. Comparte Isco las características que mencioné antes de los jugadores rompedores, a pesar de la la plebe se deleite con su versión más aburrida, esa que le hace ser un Iniesta con pelo y carisma. Isco rompe cuando juega corriendo, cuando conduce pero con el periscopio muy arriba y cuando al primer toque busca y encuentra.

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