Emanaciones

8 Oct

Lo más interesante de estas primeras jornadas siguientes a la aparición del ébola en España, más allá de todas las cuestiones epistemológicas, es la percepción sobrevenida de que mucha gente, en este país, se da a sí misma demasiada importancia. Cómo comprender, si no, el paroxismo generado en torno a la enfermera, el hospital, los doctores, y el ínclito perro Excalibur, cuyo nombre resuena ya en todas partes como el eco blasonado de una histeria, con certeza, ridícula. La gente, como ente colectivo y anónimo, como masa podríamos decir, pura estadística, se tiene en una estima desmesurada. Este es un fenónemo que vengo advirtiendo tiempo ha: suele afectar con mayor incidencia entre quienes presumen de modestia, humildad, discreción, mesura y, en general, de cualquiera de esas virtudes menores que comprenden la panoplia del individuo gregario común. Este miedo, por decirlo así, social, hinchado con artificio y retruécanos de amarillismo, al ébola, puede incluso ser comprensible y disculpable. Al fin y al cabo, nadie quiere morir. Cuando el miedo se torna tan masivo y la plebe empieza a encender la tea no ya para incendiar el castillo del señor feudal sino para, oh prodigio, protegerse del vecino, emana de todo el asunto una pestilencia muy definida. Bajo la máscara de la indignación grupal, huelo a humano. Cuando alguien profesa el egotismo con farisaica circunspección -suele ser lo habitual- termina, normalmente, por perder las formas ante la muerte. La muerte es uno de esos juegos florales muy propicios para ufanarse haciendo esgrima intelectual, cuando está lejos. El lunes, la muerte se hizo física, tomó forma humana, se materializó no ya en el quinto coño del África negra, sino aquí mismo, en Alcorcón. A dos pasos de tu casa, querido humanista de Facebook. Lo peor que a uno le puede pasar en esta vida, al fin y al cabo, no es morirse, sino hacer el ridículo cuando ésta se acerca. Aguardarla con resignación, morder el miedo con los dientes y contenerlo bajo la lengua, saboreando el dulzón metálico de la sangre, es lo propio de quien, estimándose en el punto justo de su medida como hombre, conserva un prurito de vergüenza acordándose de que, en último término, a él no lo van a lanzar en una fosa sin nombre junto a otros infelices sin rostro. Como sí está ocurriéndole a cientos de congéneres por la mera circunstancia, absolutamente azarosa, de haber nacido miles de kilómetros al sur.

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