La primera vez que oí hablar de la muerte

31 Oct

Era muy de mañana y hacía bastante frío. Salimos de casa los tres juntos, como todos los días. Papá conducía y mamá nos despidió desde la puerta, agitando la mano, embutida en la bata blanca y advirtiéndonos contra los peligros del mundo aunque no la escuchásemos con el ruido del motor. Olíamos fuerte a colonia de baño y nos entreteníamos haciendo volutas con el vaho del frío de la mañana concentrado en el aire, dentro del coche. Recuerdo que siempre me irritó que mamá nos despidiese todas las mañanas casi en la calle, tan desprotegida de la frialdad inmensa. ¡Qué necesidad había! Papá arrancó la vieja Ford blanca y anduvimos por el mismo camino de siempre, hacia el colegio, a la hora habitual. Todavía no tenía mi primer reloj, eso para mí era sólo un tiesto de mayores, un cachivache sin interés…, y el tiempo consistía en unidades compactas de momentos marcadas por la implacable rutina de papá, y por lo variable de la luz del sol. Aquella mañana el sol apenas era una tenue vaguedad grisácea, azul sucio de invierno, y el pueblo se estaba despertando mientras nosotros lo atravesábamos descorchando sus avenidas con nuestra vieja Ford blanca. Pasamos por delante de un banco que había en una acera y vimos allí a un hombre sentado y alrededor algunos otros hombres gesticulando con seriedad, y una ambulancia aparcada delante. El hombre era un viejo y lo supe porque vestía como mi abuelo, y para mí entonces la medida de lo nuevo y de lo viejo eran mi padre con sus mejillas rosadas y esa vitalidad sin canas que yo le veía, y mi abuelo con sus rebecas de color hueso abrochadas por dos botones. Aquel hombre era un viejo porque vestía unos pantalones de pinza oscuros y sólo los viejos vestían así. También mi abuelo tenía esos pantalones y mi padre no usaba ni camisas de cuadros beiges ni rebecas grises, ni pantalones de tela, por eso él no era un viejo y aquel hombre sí.

Aquel viejo también estaba tocado con uno de esos sombreros de ala corta llamados mascotas y mi otro abuelo, que no usaba camisas blancas ni rebecas pero sí pantalones de tela debajo de camisas de manga corta con bolsillos en el pecho a modo de camarero, también se tocaba la cabeza con una de esas mascotas. Aquel hombre era un viejo. Pasamos por delante y nos paramos pocos metros más allá, en un semáforo. Mi hermano y yo nos quedamos mirando hacia el banco donde el viejo parecía estar durmiendo y mi padre nos dijo que estaba muerto. Yo seguí pensando que tan sólo dormitaba pero si mi padre decía que estaba muerto es que debía ser cierto. ¿Qué estaba haciendo si no, toda aquella gente parada alrededor del viejo? Debía estar muerto aunque recuerdo que la muerte se me figuró entonces como una cosa muy silenciosa y queda, algo difícil de separar del sueño o de una farola puesta en medio de la calle. Al fin y al cabo aquel viejo también estaba allí parado en medio de la calle, sentado en el banco, en medio de la acera como las farolas, y mi padre dijo que estaba muerto. Unos minutos más tarde nos dejó en el colegio y al volver a casa para almorzar, al mediodía, mi madre le comentó a mi padre que había oído en el pueblo que se había muerto Fulano. Entonces mi padre le contó que ya lo sabía porque lo habíamos visto muy temprano yendo hacia el colegio, rodeado de policías y enfermeros. Aquel fue mi primer contacto con la muerte hasta aquel otro día, ese año o el siguiente, en que llegamos al colegio otra mañana y el padre Pino nos dijo en la puerta que ese día no habría clase porque se había ahorcado el profesor don Mengano, hermano de fray Máximo. De grandes siempre nos referimos a aquella muerte como la del hermano de fray Máximo aunque aquel hombre debía tener un nombre, pero yo no lo recuerdo. Sí me acuerdo bien de que el padre Pino se apretaba aquella mañana contra su chaqueta de color camel y estaba muy serio. Entonces deduje que la muerte, además de silenciosa y queda, parecía algo grave que se susurraba en un acento burgalés seco y cortante, que era como hablaba el padre Pino puesto que era un castellano estepario y aquella mañana su voz parecía cortar la escarcha como el hierro de un azadón. Eso dificultaba más de lo normal que yo lo entendiera al hablar, así que cuando nos marchábamos de nuevo a casa le pregunté a mi padre que por qué ese día no había colegio y él me contestó que porque se había muerto el hermano de fray Máximo. Me acuerdo de eso aunque aquello pasó después que lo del viejo. La muerte del viejo fue antes y me acuerdo muy bien de ella, aunque no de lo que comimos aquel día. No soy capaz de recordar lo que nos estaba sirviendo mamá mientras le comentaba a papá que había oído en el pueblo que aquella mañana se había muerto Fulano, pero debía ser algo bastante bueno porque mi padre se tumbó a dormir la siesta muy satisfecho después de aquel almuerzo.

Una respuesta to “La primera vez que oí hablar de la muerte”

  1. aruizcapilla 7 de diciembre de 2014 a 1:59 #

    A mi juicio, eres el mejor cronista de fútbol de este país. Lo eres. Para mí es así. Y punto. Y las series de artículos que te marcas (pienso en las epopeyas de vascos y andanzas de griegos son, asimismo, geniales). No entiendo cómo cojones no eres la puta estrella de la puta sección deportiva de un puto periódico de referencia, no lo comprendo.

    Hasta aquí los elogios: en textos como éste donde puedes bordarlo, -puedes bordarlo porque tienes calidad de sobra para hacerlo-, textos en que planteas muy bien el tema, te imbuyes en una marcada deriva hasta que te pierdes completamente, punto desde el que das vueltas sin sentido hasta el final.

    Hasta aquí las críticas. Allá por 2007, sobre marzo, abril o mayo, andaba yo tremendamente aburrido de las lecturas que nos mandaban en el instituto: ya sabes, la típica literatura para adolescentes que no es más que acuerdo interesado entre autor/editorial e institución pública -dinero por ideología, tal vez, no sé: es muy tarde, hace frío, se tiró descaradamente Cristiano-. Empecé pues, a buscar autores por internet y amante como era de los periódicos, conocí a Camba. Este señor del que apenas encontré un libro, una recopilación de 2001 o así, tenía un premio en su honor. Apunté uno a uno quienes lo habían ganado hasta entonces y llegué hasta un escritor joven y gallego al que se le veía que era un jodido genio, que la iba a romper en cuanto solucionase esa amplia brecha que separaba sus joyas de ciertos textos en los que se imbuía en una marcada deriva hasta perderse completamente, punto en el que daba vueltas sin sentido hasta el final. Llegó 2009 y la brecha desapareció: prácticamente la totalidad de piezas eran joyas.

    Curiosa y paralelamente también explotó el Barça de Guardiola, equipo que en aquel comienzo de temporada se imbuía en una dinámica de partidos en los que emprendía una marcada deriva hasta perderse completamente, dando vueltas sin sentido hasta el final. En fin, que te conviene que empiece a ganarlo todo el Barça de Luis Enrique, ya me entiendes.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: