Los equipos que nacieron de dos madres (II)

21 Nov

En Estambul, al igual que en el resto de la Europa contemporánea, proliferaban los clubes polideportivos. En 1910 tuvieron lugar los primeros Pan-Constantinopolitan Games, auspiciados por la Liga Griega de Clubes Atlético-Gimnásticos. En estos juegos tomaron parte otros clubes como el Achilles, el Heracles, el Theseus, el Jason, o el Pheidippides. En la comunidad griega, el más famoso de estos clubes, no obstante, era el Hermes. Estos juegos, que tuvieron réplicas en otras ciudades turcas con profusa presencia griega como Esmirna, se organizaron en Estambul en 23 ocasiones hasta 1922, en adelante tutelados por la Liga de Clubes Deportivos Constantinopolitanos…

En realidad el famoso Hermes nació dos veces: una en 1877, y otra en 1922. La confusión terminológica procede de una sencilla razón: hasta 1922, eran dos clubes distintos. El Hermes original fue creado bajo el poético nombre de Clío en 1877 por tres estudiantes griegos del Liceo de Pera: Kostarakis, Zervoudakis y Stefopoulos. El propósito de este club era, literalmente, “promover el desarrollo intelectual de los habitantes del Este”. Del este de Estambul, se entiende. Concretamente, del Este de la Estambul griega, la añorada Constantinopla de los Paleólogos. El club ejerció de cofradía de estudiantes griegos en apuros, hermandad sociocultural y promotora de un periódico llamado también Hermes hasta el citado año de 1922.

Qué pasó en 1922, dirán ustedes. O mejor: en 1918. Pues que entre esos años, o siendo más fieles a la verdad histórica, entre 1919 y 1922, el joven Estado de Grecia desplegó una desastrosa campaña militar sobre el mutante Estado de Turquía -en aquel preciso instante de su Historia, la nación turca estaba naciendo bajo el detritus que iba dejando la anacrónica monarquía feudal otomana- que terminó con miles de muertos en ambos bandos, millones de griegos otomanos exiliados en Grecia, cientos de miles de turcos deportados de la Grecia continental y, de paso, finiquitó el agonizante imperio de los sultanes.

Entre esas fechas se desarrolló en la península de Anatolia lo que la historiografía griega llama la Gran Catástrofe y la turca recoge bajo el epígrafe de Guerra de la Independencia. Grecia, con Eleftherios Venizelos en la cancillería y Constantino I en el trono, promovió, tras una intensa propaganda mediática que derivó en una pulsión nacionalista de corte irredentista, irrefrenable en el escenario de la post-guerra mundial, una invasión cuyos objetivos declarados eran ampliar los límites del territorio soberano griego hacia lo que se consideraban las fronteras legítimas y naturales de la bisoña nación (la Tracia oriental y Esmirna, lugares cuya población era mayoritariamente griega); es probable que la también lampiña monarquía griega se dejase llevar por la Gran Idea, magma que estaba volcanizando la orgullosa opinión pública helena tras la derrota de Turquía y los imperios centrales en la recién terminada guerra mundial, y que pedía incluso la recuperación soñada de Estambul: la Constantinopla del mundo griego, ya saben el dicho aquel. Un Constantino la fundó, un Constantino la perdió, etcétera. En Grecia se daba por hecha la conquista de los diversos territorios de Anatolia ambicionados; mas, en Turquía, se llevaba pergeñando desde la derrota en la I Guerra Mundial un cambio estructural que cuajaría tras la victoria sobre los griegos y la expulsión de los ejércitos ocupantes de las potencias aliadas victoriosas en Versalles: la revolución de Atatürk.

Atatürk era un joven pero sobradamente preparado general con aspiraciones; saltó a la palestra salvando al imperio en Gallípoli, y de ahí al estrellato: héroe nacional y figura convergente del deseo de un nuevo orden, cada día más evidente, que una nueva generación de oficiales, políticos y magnates turcos, expresaban ya sin demasiada discreción. Por resumir, sólo diré que tras unas rápidas victorias iniciales de los griegos, en 1920 Turquía contraatacó con ferocidad. Tanto es así que Hemingway terminaría reseñando, años más tarde en Muerte en la tarde, sus sangrientos recuerdos de aquel choque al que asistió como corresponsal: los soldados griegos evacuando Esmirna, su última posición anatolia, literalmente cagando leches, mutilando con crueldad a sus mulas y tirándolas al mar. Mustafá Kemal Atatürk entró triunfante en la ciudad y al patriarca ortodoxo de Esmirna lo acabaron colgando de un palo. La ristra de masacres y barbaridades cometidas sobre la población civil por los militares griegos tuvo su inevitable venganza en la figura de las comunidades griegas asentadas por milenios en Turquía: los que sobrevivieron a los pogromos generalizados no tuvieron más que huir a la madre patria, aquella Grecia de sus tatarabuelos, de la que apenas conocían nada salvo el idioma. Tras el final de facto de la guerra, en 1923 ambos Estados firmaron en Lausana el definitivo armisticio.

En mitad de la Guerra Greco-Turca, el Hermes original se fue a pique junto a gran parte de la identidad comunitaria de los griegos de Turquía; el otro Hermes, el fundado en 1884 bajo el nombre de Pera Club (Pera es el nombre griego del barrio del Gálata) y conocido popularmente como el Greek Football Team por su carácter balompédico y gimnástico, aprovechó entonces la desbandada de los integrantes del antiguo Hermes para establecerse en sus viejas instalaciones. Con la proclamación de la República de Atatürk y el zeitgeist dominante, esencial y redundamente nacionalista, el Pera Club, antaño Hermes, heredero nominal de la vieja sociedad polideportiva griega del Gálata, dejó de ser el Equipo de Fútbol Griego y se rebautizó como Beyoglu Spor Kulübu. Aun así, continuó amalgamando la querencia emocional de la minúscula colectividad griega que perduró incluso tras la expulsión masiva de 1922. El Beyoglu es hoy un club menor en Estambul, soslayado por los grandes de la capital, que deambula en las categorías amateurs del fútbol turco, herido de muerte tras la marcha al Fenerbahçe de su jugador icónico en la década de los 40, el turco de origen griego Lefter Küçükandonyadis.

Y ahora qué, dirá usted, querido lector, que todavía persiste en la lectura de este mamotreto. A dónde quieres ir a parar. Dónde está el AEK en toda esta Historia. Yo le digo: no desespere. La gloria es para los tercos. Séalo conmigo. Le prometo el cielo. Todo este caudal de información tiene un objetivo: mostrarle la hormigueante vida deportiva de la Estambul griega de comienzos de siglo XX, indisoluble de su contexto político e histórico tanto nacional como internacional, y su correlación forzosa con los movimientos ideológicos, conceptuales, casi metafísicos, que trascendían las fronteras nacionales de aquel mundo enloquecido y febril y se derramaban sobre aquel maremágnum de flujos vitales, conectados, tejidos, fusionados entre sí, que era la Estambul de 1900. Enclave de fuerzas antagónicas y, a la vez, hermanas; baluarte de civilizaciones que se juraron una y cien veces la destrucción en la orilla de ese mar sabio, viejo y cabrón que es el Mediterráneo.

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