Un hombre en gabardina

16 Dic

El otro día me puse una gabardina. Esto, un hecho irrelevante en cualquier lugar del mundo civilizado, se convierte en toda una experiencia cuando uno está en un pueblo. Es sabido que la civilización comienza y termina en las rondas de circunvalación de las ciudades. Todo lo que queda fuera de esos anillos de hormigón fronterizos es, por así decir, una estepa, una cosa árida y selvática, un agros habitado por bárbaros. Me puse, digo, una gabardina el otro día: llovía con sórdida constancia y tenía unos cuantos compromisos sociales que atender. Así que me dije, perfecto, gentleman. Es tu momento. Tiernamente pensé… que una gabardina, no era, tampoco, qué sé yo, un gorro andino o una ushanka rusa; por decir dos prendas capaces de turbar el modoso ánimo de los villanos. Gabardinas ha habido siempre, no es una cosa foránea traída por el Big Bang de la globalización. No se asustarán. Qué iluso. Caminando por la calle en uno de los escasos momentos de tregua hídrica, un paisano musitó mirándome que había venido la CIA y yo pasé por alto el chascarrillo: lo peor que puede creerse un gaditano, sin duda, es que es gracioso, así que no hay que alimentar estas vanidades más de la cuenta. Regresé, luego, y los parroquianos de la bodega habíanse trasladado a un antro cercano. El tugurio siempre fue una referencia para nuestra juventud desmesurada, y sigue siéndolo, puesto que es el único kiosco abierto 24/7 en donde puede encontrarse desde la bolsa de hielo mesiánica al lote extemporáneo que arregla las noches de aliño. Como tantas otras veces, entré por hielo.

Los que iban conmigo se descojonaban asegurando socarrones que yo era un secreta y quizá por eso me miraban raro, creyendo la feligresía del local que un tipo en gabardina aquella noche, en aquel sitio, no podía sino ser un policía de paisano. El fulano de antes, el murmurador, se me acercó tambaleándose; con ese andar indeciso que da el mucho beber. Me comentó algo en un inglés macarrónico. Tich. Tich, tich tugueder. Viendo que yo, impertérrito, le ignoraba, se agarró de nuevo a la barra como el náufrago aprieta una tabla de madera musitando enajenado que no le entendía. Puesto que, como es natural, no debía ser de allí. ¡Un tío en gabardina, por lo menos es del FBI! Pagué y salí, preguntándome a cuántos Nicholas Brody de encubierto habría visto aquel paisano comprando hielo para un lote a la vez que perseguían a los malos. Deduje que Chipiona ha de ser una tierra abonada a este tipo de chalados: una vez salió uno en la tele diciendo que los americanos tenían en Rota una base submarina de donde salían cada mañana alienígenas que, en la orilla, se travestían en gente común. Con sus trajes, sus maletines, sus bufandas. Y sus gabardinas. Son como la gente normal, aseguraba ante la befa mal disimulada del entrevistador. Pueden ser cualquiera. Que era cierto y que él los había visto desde su choza, todos los días. Encuentros en la tercera fase. Creo que esa es la verdadera magia andaluza de la que se lleva hablando todo el día Canal Sur.

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