Discurso del chamán a la tribu

30 Dic

Desde la alcazaba de Almería, quién sabe si como metáfora sutil de su condición de ciudadela amurallada en la cumbre del socialismo español, Susana Díaz amenizó la cena de ayer de los andaluces que sintonizaban Canal Sur en ese momento. Como todo el mundo sabe, el target decisivo de la televisión pública de la Junta lo constituyen hombres y mujeres comprendidos en esa franja de edad entre los 40 y 85; de ahí, posiblemente, la solemnidad institucional de hacer sonar el himno al principio (ese himno horrísono, cacofónico, inventado por Blas Infante y sacralizado desde los 80 como poco menos que La Marsellesa andaluza) y el cartelito hecho con el Word Art anunciando el discurso con cutre pompa. Susana iba de negro. Su efigie oscura contrastaba con la lechosidad artificial del patio de armas de la alcazaba, iluminada como si fuera un quirófano reflectando en la negrura de la noche almeriense. No sé quién se ocupará del atrezzo y los decorados: desde aquí mi aplauso, pues sólo le faltó colocar una corona fúnebre en la esquina del plano para envolverlo todo en un halo de enterramiento muy poco navideño. Sobre todo, poco estimulante. Al cabo, de eso es de lo que se trata, imagino: cuando en plena sociedad de la información a alguien se le ocurre mantener el discurso a la nación de los líderes políticos, supongo que sustenta su empeño en que esto sirva para entusiasmar a la plebe. Qué menos.

No podía faltar el andaluces y andaluzas; dentro de poco también habrá que decir andaluzos; la mención de turno al milenario reino de Almería, una taifa que duró apenas 80 años mal contados: perdió Susana una buena oportunidad el año pasado de reivindicar la aportación cultural imponderable del Cantón de Cádiz al acervo colectivo de Andalucía grabando su discurso desde el nuevo puente a medio construir. El paro, como es natural, centró su mensaje. Susana dijo estar obsesionada con la creación de empleo, “activando para ello todos los sectores económicos”. De esto puedo dar fe puesto que tengo un par de amigos trabajando desde hace un mes gracias a una subvención de la Junta: les pagan 440 euros por firmar a las 8:30 y luego otra vez a las 3 horas y cuarto exactas. También veo mucho joven apiolando arcenes y tapando boquetes en las calles, con esos chalequillos fluorescentes y esa pose desgarbada tan característica. No me cabe duda de que Andalucía ya surca con rumbo firme el Océano del siglo XXI: el otro día casi me cae una rama de palmera en la cabeza mientras caminaba por la acera. La hormiga de fosforito que estaba colgada de la copa no se molestó ni en avisar a los transeúntes con un solidario “¡árbol va!”, con lo que le gusta gritar a la gente aquí. Sin gritar, no obstante, a Susana se le escapó un sinesesión y un atravieza, querencias habituales en el habla del sevillano medio cuya cadenciosa pronunciación se balancea siempre entre el seseo garboso y el ceceo rural.

Cada uno habla como quiere, aunque yo sea firme partidario de adoptar (al menos intentarlo) el canon castellano clásico puesto que al hablar, como en todo, hay que aspirar a la excelencia. Pero, ¡ay, ese equipo de prensa y comunicación! Una hora más de edición le hubiese venido bien al discurso, tan empaquetado en lo formal como flácido en lo estético. No obstante, es esa la identidad del andaluz medio, del televidente de Canal Sur y por ende, de quien sostiene con su voto y su aquiescencia el régimen oligocrático del virreinato socialista de Andalucía: el detalle no importa demasiado. Continuó Susana su alocución con algo que no entendí demasiado: Andalucía se siente y es parte fundamental del proyecto común de España. No sólo es la comunidad donde viven y trabajan más españoles. También es la que con más coraje y determinación está apostando por la igualdad entre todos los ciudadanos de nuestro país, vivan donde vivan. ¿Se referirá al 30% que han de tributar los andaluces que quieran heredar algo según un impuesto de sucesiones que, en otros lugares de España, tan sólo es del 1%? También me llamó la atención el sintagma proyecto común, tan recurrente para quien no se atreve a decir con diáfana claridad que toda esa monserga nacionalista, todo ese magma totalitario y etnicista, es una locomotora que viene a chocar directamente con nuestra democracia liberal burguesa, garante del estatus libre e igual que todavía conservamos los españoles de hoy. Hay que concederle a Susana Díaz, sin embargo, una grandilocuencia en su retórica ausente en el resto de representantes del socialismo español. Terminó con una apelación emocional al coraje de esta nuestra tierra, mientras la cortinilla con el infumable himno tribal cerraba ya los siete minutos largos de mensaje. Qué gracia me hizo siempre eso de nuestra. El adjetivo posesivo por antonomasia del electoralismo andaluz no deja de ser, a pesar de lo cómico, la agresión lingüística más flagrante de la libertad individual de las personas. ¿Quién puede poseer la Tierra? ¿Acaso nacer no es el más fortuito de los sucesos en la vida de un hombre? Canal Sur lleva décadas inoculando esa naturaleza posesiva en el inconsciente del gran público de Andalucía al modo de la aguja hipodérmica de Lasswell; ante esto yo me levanto y les grito a todos que me van a permitir elegir qué tierra es mía. O no elegir ninguna.

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