Se nos rompió el amor

5 Ene

Mestalla recibió al Madrid con apariencia norcoreana, teniendo razón Jarroson en la apreciación del decorado. Todo tenía un aire muy soviético, coloreado el estadio de negro. El Valencia preparó este partido con ánimo fundacional y eso se notó en el atrezzo y en la actitud desbocada de los jugadores de Nuno. Le hicieron pasillo al Madrid, pero fue un pasillo del que uno como rival puede sentirse orgulloso: todo el campo pitando colérico y los jugadores locales serios; nada que ver con aquella pastelada de 2008 entre el Barcelona de Rijkaard y el Madrid de Schuster. La cosa es que allí donde enfocasen las cámaras había un mensaje en catalán arengando a la nostra bona gent: en las camisetas locales, en la tribuna, en los vomitorios. Me quedé pensando en la poca conveniencia de proyectarte al mundo en un idioma muy limitado geográficamente y no hacer, como los vascos -que en estas cosas del marketing parecen un poco más avispados- y ponerlo todo en inglés, aprovechando que el planeta orbitaba en suspensión encima de Mestalla esperando la primera gripada del bulldozer madridista. Ancelotti dispuso lo esperado, el equipo que ya se saben de memoria hasta los seises de la catedral de Sevilla. La presión a todo campo del Valencia en los primeros compases sirvió para, contra lo esperado, destemplar al público y rebajarle la ebullición. Contribuyeron a eso también los tres centrocampistas del Madrid. James, Kroos e Isco, con esa apariencia de liviandad que les da no tener cemento en las botas, parecen fáciles de quebrar; luego, en la segunda parte, en verdad lo fueron, pero cuando logran aislar el balón dentro de su campo electromagnético, el partido adquiere su pulso reptiliano.

La pelota va circulando de adelante hacia atrás y de costa a costa desfogando las energías del contrario en una vana persecución: lo que duró este gótico flamígero del equipo ayer negro, duró la vitalidad madridista en el partido. A Bale le segaron la pierna dos veces en cinco minutos. A la segunda, el árbitro, franciscano contemplativo tendente a pacificar a favor del indígena como si el Madrid fuese una fuerza de ocupación extranjera contra la que es legítimo inmolarse, pitó foul. La sacó Kroos, la paró con la mano un valencianista dentro del área, chutó Ronaldo el penalty y fue gol. Todo en la misma unidad de destino. Mestalla rebulló y el Valencia también. Quéjanse algunos de las patadas de los jugadores de Nuno. Me parece fuera de lugar. La patada, como el chut, el punterazo, el tackle, el trivote o el 4-5-1, forma parte del fútbol: es algo tan nativo como el pase o la triangulación aterciopelada que tan de moda ha estado en España desde el éxito de Guardiola. Lo que pasa es que el espectador español de hoy está como esterilizado; el enaltecimiento del tipo de juego artificial y en todo punto intransferible a otros jugadores, que hacían los Xaviniestas, ha creado una subespecie de futbolero detestable e ignorante que demoniza la patada como algo contracultural o vicioso, cuando en realidad nada hay más futbolero que emboscar a tu rival y desquiciarlo hasta donde te deje el referí. Tuvo Ronaldo el 0-2 y quizá ya la Liga en un dislate de la zaga valencianista pero le pareció tan sencillo, a él que está hecho a escalar las murallas de Troya a puro huevo, que la echó fuera.

El Madrid duró desde el 0-1 lo que tardaron Kroos, James e Isco en desacoplarse: la labor del colombiano es de un oscuro pegamento y cuando juega mal, por correlación natural, Alarcón ha de correr más, ha de arriesgar más con la pelota, y sus deficiencias en el interior derecha salen a la luz con crudeza quirúrgica. Benzema no hizo esta vez de faro para alumbrar los pases asaltatrincheras en vertical de los mediocentros hacia la bombilla del área contraria: parece que esta Navidad ha tenido Karino algún affaire con los polvorones de limón. Perdió Isco un par de balones transitando por la posición de 5 puro, balones que Modric jamás hubiese regalado, y eso ya barruntaba la barraganada valencianista que estaba por venir. Barragán, que según la RAE viene del gótico Barika y significa hombre libre, en contraposición con Barragana, su forma femenina, cuyo significado alude al concubinato y al libertinaje más pecaminoso, empató en el 55 con un gol también muy Guerra de Corea: la bola fue una granada saltando de boquete en boquete hasta dar con la pierna de Pepe y desorientar a Casillas. Luego Otamendi, un guerrero de Tenochtitlán, saltó por encima de Ramos y metió el 2-1 como si rematando aquel balón estuviera vengando lo de Cortés. Ancelotti planteó un plan de emergencia un tanto sui géneris, quitando a Bale para que rumiara su egoísmo y mandando a Isco a la izquierda, donde empezó a percutir aunque ya tarde. El partido puede resumirse en ese viejo refrán de los viejos en los pueblos de costa cuando ven que en días de sol las gaviotas no hacen más que revolotear por el paseo marítimo: Isco entre los centrales, vendaval en la mar.

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