Ceniza y viento

18 Ene

Fue hace mucho tiempo. Pretendía ser futbolista, como casi todos los niños de mi clase. Tendría 8 o 9 años. Nos tocó jugar un domingo de invierno en Medina Sidonia. En mitad de aquel campo de albero lo único que corría era el viento de poniente, levantando unas rachas de polvo que parecía el opening de algún western. El día tenía ceniza en el cielo, como hoy en Getafe. El entrenador, como era habitual, no me sacó hasta que quedaron 10 minutos. Mi padre, desde la grada, me tiró un chaquetón: tanto tiritábamos en el banquillo, expuesto en mitad del ventarrón. Mi equipo empataba y aquello era un sindiós; la pelota volaba descontrolada, los niños chocaban entre sí como impulsados por el baile de San Vito y desde la grada se oían de través las maldiciones de la gente de la sierra, muy fiera y abigarrada en lo suyo. El entrenador me sacó faltando un rato para corretear por la banda izquierda, seguramente porque le movía a lástima mi aspecto desolador de proto-Chicharito. Tuve la suerte de centrar por la banda y que un compañero rematara a gol: ganamos, pero al volver a casa mi padre puso fin a mi lamentable carrera futbolística arguyendo que pasar tanto frío para diez minutos no tenía ningún sentido. Lo único que saqué en claro de todo aquello es que habíamos persistido: por alguna razón el entrenador me había sacado a jugar y aunque sólo fuese por la insistencia, habíamos ganado. Es probable que hoy, de estar viéndolo, mi padre también hubiese apagado el televisor a los 60 minutos de juego. Mucha gente en Twitter y en los bares habría quitado el partido sentenciando al Madrid por decrépito. Pero insistir es importante. Hay mucha gente que no lo comprende y abandona las cosas cuando empiezan a ponerse duras. No voy a buscar causas sociológicas, ni tampoco voy a decir, como los viejos, que lo que le hace falta al mundo de hoy es una buena guerra; pero tendemos a desesperar a la menor exigencia de sacrificio y esto es importante. Habría que considerarlo. El Madrid ganó por 0-3 en Getafe porque insistió: buscar causas meramente deportivas a esta victoria es una futilidad. Venció porque se emperró en ganar igual que tú reconoces el deber de continuar bebiendo a las 2:37 de la madrugada de un sábado de enero a pesar de que en la plazoleta sólo estáis tus colegas, el tonto del pueblo y un divorciado cuarentón pasado de todo que os ronda solamente con la esperanza de que le echéis un cubata. Sin poesía, y sin sentido. Esto, la gente que no lo ha vivido, no lo sabe, ni puede saberlo. Este determinismo vital hay que experimentarlo para poder entenderlo.

Se le piden rotaciones a Ancelotti, y estoy de acuerdo en eso. También estoy de acuerdo en que, una vez fuera de la Copa y con las dos próximas semanas bastante desocupadas, hoy era un día propicio para forzar a algunos jugadores. Como por ejemplo, a Ronaldo, a Kroos y a Carvajal. Isco y James adoptan posiciones alternativas a lo largo de los partidos. Sus roles iniciales son simples trámites para con el delegado de la federación. James partió a la izquierda de Kroos y Francisco desde la derecha; igual que Ronaldo y Bale, van levitando por todo el frente de ataque, picando en ésta o aquélla flor. El Getafe no exigió nunca. Samir es su mejor jugador, y en él nacieron y murieron los tres o cuatro intentos de golpe de mano locales. Lo que sí hizo muy bien el equipo de Quique Sánchez Flores es plegarse en la misma unidad de Destino en la balaustrada del área de Codina. Alexis Sánchez, líder de la Yakuza afincado en el extrarradio madrileño, compaginó sus labores de central y lateral cortando aquí y allá, animándose a achicar en lo posible los espacios minimalistas que lograban arrancarle al Getafe la tenacidad de Benzema, Marcelo, James e Isco por banda izquierda. En la derecha, Bale hacía lo que podía, desterrado del juego nuclear de su equipo en este tramo inicial de 2015 por la sordidez de la transición Ramos-Kroos-Benzema. Al alemán debieron contarle en Munich que Getafe es un lugar desagradable y tétrico donde habitan fantasmas grises y donde hay un cementerio de talentos detrás de cada polígono industrial. Habría que calcular la diferencia entre los balones que pierde ahora y los que perdía hace un mes: del punto en que se corten las dos líneas saldrá el cansancio acumulado por este Iván Dragho que a pesar de todo no abre la boca ni para pedir agua, y sólo suda aluminio. A James le ocurre otro tanto: como Isco, tienden los dos a conducir demasiado cuando sus compañeros no se mueven y terminan encerrados en callejones sin salida, o emparedados entre defensas contrarios.

Sin embargo, la segunda parte nació con el muecín llamando a Benzema a la oración. Se intuía desde el principio que hoy era uno de esos días en que el alambique del francés iba a resultar determinante para desatascar el partido: justamente, estaba escrito en el primer control orientado que sirvió a Marcelo para generar la primera ocasión de todas. Benzema es un tipo al que pueden dársele todas las patadas del mundo; se le pueden acribillar los tobillos, puedes agarrarlo y manosearle la cara, y hasta tumbarlo. Pero se levantará impasible con ese gesto aniñado que tiene y continuará buscando con los ojos el balón, que es con lo único que obtiene la felicidad dentro del rectángulo de juego. Benzema es, en ese sentido, nitzscheano, lleva el existencialismo hasta último término: lo importante es el camino hacia el gol. Él sobrevuela por los tejados de la jugada y los balones más complejos acaban rebotando en su empeine, siempre. Es matemático. James lo vio y se la dio allá en un lado del área, importunado por dos centrales. No le fue difícil llevárselos hasta la frontal arrastrando la bola con la puntita. Raaas. Donde cualquiera hubiese centrado al punto de penalty, él esperó: un defensa metió la pierna, y esa irresistible tendencia del que defiende a puntear la espinillera del delantero mató al Getafe. Kareem pisó con la derecha y cedió atrás con la izquierda: en el brochazo iba ya el deslizamiento que provoca el gol en el fútbol. Ronaldo ejecutó sumariamente, recuperando la autoestima. Volvería a marcar, esta vez de testarazo inapelable según reza el diccionario académico del cronista deportivo: James enguantó la pelota, sutil y caribeño en el golpeo, tan blando parece darle que nunca esperas que llegue a su destino, y Cristiano puso la frente para rematar a Codina, quien llevaba todo el día empeñado en no dejarse marcar. Por entre medias el Madrid recuperó el argumento del contragolpe: otra vez James recibió escorado a la izquierda pero esta vez sin Alexis por delante, con el Getafe desgajado gracias al 0-1 que todo lo determina en el fútbol; vio de lejos cómo entraba velocísimo Bale por el costado opuesto y echó el cuerpo adelante para darle fuerza y comba al balón. Era buena pelota pero no fácil; un zurdo normal, pongamos por caso, yo mismo, hubiese perdido un segundo en acomodar el cuerpo en carrera para darle con el interior, que es lo que siempre espera el portero: que le des por ahí pues él ya te está viendo girar. Bale desmintió a sus críticos más acerbos sosteniendo en firme el empeine, en un gesto técnico maravilloso que lo sitúan muy por encima del supuesto velocista sin tobillos que nos quieren vender desde El Cortador a Calotejon.

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