22 de enero de 1936

22 Ene

Ahora que está de moda odiar, entiéndanme, hablar públicamente de ello puesto que odiar es uno de los motores de la Humanidad y no la lucha de clases como creía Marx; ahora que se hace proselitismo del odio, del hate, y hay más haters que sujetos susceptibles de ser odiados, encuentro que se acomoda maravillosamente bien este texto publicado en La Vanguardia del 22 de enero de 1936, en la sección Vida de Sociedad: 

Temas y apuntes

La influencia de Hollywood

Las muchachas de cuatro lustros atrás se vestían y se peinaban según su propio gusto, y si dudaban de que éste era bueno buscaban en las revistas de modas de París el peinado que mejor las sentaba a la cara -las más sensatas- o el que fuera más de moda o hiciera “más furor” aunque a ellas las sentara como un tiro -las otras. Además, lógicamente, cada cual tenía su pelo; mejor dicho, el pelo de cada una tenía su propio color. Muy pocas, por excepción, se lo “teñían”. (Así se llamaba el oxigenarse o lavarse la cabellera con agua oxigenada.) Las muchachas de hoy, más libres, más “modernas” (claro) y con menos prejuicios tontos, si se quiere, que las de entonces, siguen buscando la moda, como aquéllas; pero no en las revistas de París, sino en los “films” de Hollywood. Como en los “films” de Hollywood -que llegan a todas las ciudades, a todos los pueblos, a todos los rincones- la mayoría de las actrices, por no decir la totalidad, son rubias (con el pelo cortado y ensortijado sobre el cogote, al que tapa, dando así un bello y armonioso aspecto a la cabeza) las muchachas que van al cine, que es casi como decir todas las muchachas, toman modelo de aquellas actrices de la pantalla y se peinan y maquillas como ellas, consiguiendo un maravilloso conjunto de cara y peinado que hasta a las feas hace guapas o casi guapas. La verdad es que hoy día pocas mujeres quedan que no sean atractivas. Será porque se arreglan más, porque se maquillan, pero es así. Habrán perdido en naturalidad, pero han ganado en hermosura; y como nos hemos acostumbrado a verlas maquilladas, nos llegamos a creer que su belleza es natural, de tal modo, que ante una mujer no pintada pensamos si estará enferma. “Tiene mala cara”, decimos.

Hace ahora un año que las muchachas barcelonesas se dejaron influir por “la sublime fea de la pantalla”, Katherine Hepburn, peinándose como ésta se peinaba en la interpretación del papel de “Josephine March”, de la tan renombrada película “Las cuatro hermanitas”. En el baile de la Cruz Roja (Enero de 1935) no se veían más que “Katherines Hepburns” por todas partes. Pero si el personaje fué deliciosamente encarnado por esa actriz, el peinado no era muy bonito. Las muchachas lo llevaban porque era moda (¡siempre igual!); pero la moda pasó. Si pasan las modas en general, más pronto pasan las modas absurdas. Y hoy día las muchachas barcelonesas imitan a otras artistas o a los personajes que éstas encarnan. Las imitan las muchachas barcelonesas, y las madrileñas, y las de todas partes. Precisamente hace un mes escaso asistía yo a la proyección de una película de la malograda Thelma Todd en uno de los suntuosos cines de la Gran Vía, en Madrid. Al terminar la película salí al vestíbulo. Todas las muchachas que ví entre la concurrencia iban peinadas más o menos como Thelma Todd. Podemos decir que si antes se distinguían las muchachas modernas de cada capital por un sello externo inconfundible, ahora es casi imposible, porque ya no hay muchachas modernas de Madrid y de Barcelona: todas son de Hollywood.

FERNAN-TELLEZ

Compárese con esto, de hoy, 22 de enero de 2015. Sale en Vanitatis, que no es un periódico de información general como La Vanguardia: en esto, fíjense, la diversificación temática de las publicaciones impresas contemporáneas ayuda a crear lenguajes propios. Y los lenguajes propios creados son, casi siempre, más pobres. El uso de anglicismos permanece incólume: donde antes se decía “film”, ahora se dice “look”, y las comparaciones con actrices del momento (o de la época, abriendo un poco el obturador de lo purititamente actual, pues nadie podría negar que Nichole Kidman en Los Otros pertenece a nuestra época, a pesar de tener ya una década). Sin embargo, el tono de ambos textos es opuesto: se desliza una chabacanería del segundo -el de Vanitatis- que no se percibe en el primero a pesar de su agudísimo ritmo sardónico.

Habría que decir que si el señor Fernán Téllez, quien firma la noticia de hace 79 años, se sorprendería al comprobar que en 2015 no sólo las muchachas a las que él se refiere de manera sinecdótica (pues en realidad se refiere nada más que a las hijas de la clase media y media-alta de la Barcelona del momento, por supuesto: cada periódico responde a la necesidad coyuntural de un segmento de la sociedad por quien está financiado y para quien está escrito) sino cualquier pelanas copia hoy el peinado de actores, actrices, futbolistas, cantantes y celebrities de medio pelo. Esta democratización de la mímesis, que ha hendido transversalmente la sociedad contemporánea gracias indiscutiblemente a los smartphones y el acceso universal a la televisión e Internet, seguro le parecería mal; se colige esto del tono desdeñoso con el que habla de que “hoy Hollywood llega a todas partes”. No deja de asombrar la modulación del furor a través de los tiempos: antes se hacía y hoy, generalmente, se causa. 

Se deduce también que en aquellos años se estaba produciendo la generalización del maquillaje y de la cosmética femenina; contrasta esto con el movimiento más o menos marginal, propugnado por algunas voces femeninas amplificadas por Twitter y Facebook, que llaman -en una especie de canto de muecín- al regreso de la mujer al estado adánico con que llegaron al mundo. ¡El maquillaje es el burka occidental! claman algunos individuos integrantes de ese micro-segmento social coetáneo casi siempre del mismo perfil sociológico: libertario, deslumbrado por algunas lecturas marxistas, universitario, sin desbastar, iracundo y sectario hasta el mismo tuétano de su incompleta formación epistemológica.

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