La proeza de la gente normal

24 Ene

Córdoba es una ciudad preciosa. Debe serlo. No he estado en la Mezquita, ni tampoco he visto las cruces de mayo. De allí sólo conozco el servicio de atención a personas con movilidad reducida de RENFE en su estación de trenes y un Mercadona que hay no muy lejos. Ambas cosas están relacionadas, pero es una historia que contaré en un momento más adecuado. De modo que cada vez que escucho el nombre de Córdoba mi mente viaja hacia aquel día en que me subieron a un tren en silla de ruedas, con la pierna derecha escayolada. Menuda cruz tuve que soportar aquel mes de mayo de hace cuatro años. Casi una ascensión al Gólgota fue la visita del Madrid al Estadio del Arcángel. Al minuto 2 ya iba perdiendo. El árbitro sancionó muy rigurosamente un penalti de Ramos: sobre la frontal, un jugador local zumbó fuerte a la pelota. Al saltar con los brazos más o menos extendidos en una postura natural de quien bota girándose para ofrecer el reverso de la pierna izquierda a la trayectoria del balón, éste golpeó en su antebrazo y el estadio rugió jubiloso. Creo que el referí quiso hacer una concesión al colorido local: cuarenta minutos antes de iniciarse el partido, toda Córdoba parecía embutida al vacío dentro del campo, gritando como si le fuesen a dar la independencia a Andalucía. Ghilaz, un argelino nervioso y tenaz, batió con alegría a Casillas, y todo fue éxtasis colectivo, una gran verbena.  El Madrid había salido juntando a Khedira con Kroos, con James por delante. Sin Isco, el colombiano arrostraba en soledad la tarea de hacer andar al equipo, semejante a un mecano oxidado incapaz de encontrarle la parte blanda a la armadura del Córdoba. Djukic lo dejó claro desde el principio: dos líneas de cuatro por delante del balón, Ghilaz a la izquierda y Bebé a la derecha. Así desjarretó al once de Ancelotti durante media hora larga, sirviéndose tajadas de Marcelo mientras entre todos le iban dando la vuelta al brasileño espetado en una candela.

Faltó la manzana en la boca: los contragolpes se sofocaron, mal que bien, entre Ramos, Varane y Carvajal, bastante bien éste último en la diagonal en repliegue para ayudar a sus centrales. Ramos no está bien y eso hace peor a Varane, quien cometió algunos fallos sorprendentes dada su naturaleza granítica y templada. De Ramos voy a decir una cosa. Hay quien piensa que tras su gol epifánico en Lisboa, la realidad sufrió alguna especie de desdoblamiento, y que debe haber una dimensión paralela en la que Ramos es perfecto, aprendió braille, transcribió la obra completa de Dovstoievski al griego ático y está a punto de encontrar la vacuna contra el sida; que esa realidad existe y nosotros vivimos la otra, la fea, en la que yerra y vuelve a su anterior naturaleza contradictoria, a los errores por excentricidad y a la confusión mental previa al mes de abril de 2014. También cree esa misma gente que nos acordamos de aquel partido contra el Racing de Santander en la 98-99 en la que Mijatovic falló tres goles claros; pero en verdad la posteridad recordará a Pedja por su gol en Amsterdam igual que de Ramos retendrá su cabezazo en Da Luz. Esto no es justo o injusto, simplemente es. Así funciona el mundo. Aliviado el desespero inicial, fue forzando córners el Madrid con parsimonia, haciendo daño relativo al Córdoba por el carril de Bale y Carvajal. Exiliado en el lavabo de la diestra, el galés arrastraba hacia tres cuartos de cancha local a sus marcadores, y eso abría una pequeña saetera al lateral canterano. De una de sus corridas hasta la línea de fondo nació el córner que Benzema transformó después de rematar malamente con el muslo: sobrepujando al barullo formado en el punto de penal, el esteta bereber capturó un instante en la zona sucia, rebañando su propio disparo fallido con la derecha ante las rodillas de Juan Carlos. Si Karim domina a la vejez también esta suerte de descabello rápido y feo que tan útil es al capocannoniere clásico, entonces habrá que rendirse ante la evidencia de que este hombre es el mejor delantero de la época sin tener que hacer ese ejercicio de desambiguación del término delantero al que nos obligan algunos mamelucos incapaces de reconocer en Benzema al profeta del fútbol nuevo que ya está aquí. A pesar del empate, el Madrid no amedrentaba al Córdoba; seguía jugando el equipo local empujado por una fe ciega, de muyaidín, por una cólera tranquila que hacía más daño cada vez que el Madrid subía un metro la línea de sus cuatro defensores, ya en la segunda parte.

Bebé, torvo y tosquísimo delantero portugués cuyo porte recordaba al Henry del Arsenal, maltrató física y emocionalmente a Marcelo; el brasileño se empeña en hacer de sus temporadas un calco: anarquía feliz hasta Navidad y desorientación tragicómica desde enero hasta abril. En mayo ya es a lo que salga. Ancelotti lo sustituyó por Coentrao; también dio paso a Illarramendi por Khedira. El alemán no conjuga con Kroos en el Madrid como sí lo hizo en Brasil con Alemania. Parecen dos elementos incompatibles. En realidad, Khedira quedó excluido del partido tras el gol cordobés: su presencia anunciaba intención de dominar el espacio, reducir la intensidad local en la cremallera del centro del campo y jugar para el 0-1, y luego para el 0-2, y así sucesivamente; con el 1-0 Djukic obligó al Madrid a atacar siempre en estático y desde posiciones desfavorables, mutilando la banda izquierda. Sin Alarcón y con Marcelo entre cuatro paredes acolchadas, la única salida del campeón de Europa era por derecha: Bale, Carvajal, Benzema y tentar a la suerte. Ronaldo está frito. Lleva desde Almería sin generar seísmos, y eso en él es un sítnoma fatídico. La rótula parece lastrarle y no encuentra el margen espacio-temporal necesario para desestabilizar los sistemas defensivos rivales. Entre el caos emergió James hasta que Carletto decidió quitarle, incomprensiblemente, metiendo a Jesé en la melé como si agolpar delanteros en el campo cordobesista fuese, per sé, suficiente para ganar. Illarramendi desplazó a Kroos hacia delante: trotando junto al alemán, Asier parecía Sancho Panza. Pero el vasco aportó la sabiduría del escudero y selló las fugas de Fede Carabia, Ghilaz y Bebé; en los últimos diez minutos sólo atacó el Madrid. Ronaldo, no obstante, completó su cáustica actuación agrediendo a un contrario, ofuscado por la enésima dentellada a su espinilla. No es cuestión de exculparle, como tampoco es cosa de colgarle en una grúa y exponer su falta de inteligencia competitiva ante el aullido de la multitud: siendo justos, la reacción es comprensible pero Ronaldo gana 10 millones de euros al año, entre otras cosas, por controlar su ira en contextos así. Cuando el Madrid agonizaba, Bale, jerarca absoluto ya, surgió desde la Fosa de las Marianas para conducir una pelota por la barbacana del Córdoba: la soltó y le hicieron falta; la golpeó él mismo y un brazo interceptó la pelota. Cogió entonces la túnica sagrada y de un bocado se zampó un cuarto de Liga.

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