Papiloma balompédico

5 Feb

Jugar según qué partidos, ante según qué rivales, puede parecerse muchas veces a situaciones reales de la vida. Por ejemplo, hay partidos semejantes a un domingo soleado y primaveral; uno de esos domingos estupendos en los que uno se levanta tarde, desayuna al fresco en el patio mientras oye las noticias de soslayo, sin prestar mucha atención. Luego se viste de forma ligera pues hace bueno y el sol empieza a calentar, sale a pasear con las manos en los bolsillos; silba mientras compra un par de libros de viejo en el mercadillo de la plaza y se toma un vermú apoltronado en alguna terraza por la que pase mucha gente. Son esos los mejores partidos para pasar una tarde de sábado, o de domingo. Partidos poco exigentes, de entremés. Hay otros, en cambio, que recuerdan a entrar en el rebullón de gente que colapsa el callejón del pueblo donde todo Cristo va hasta arriba durante las fiestas patronales; son las cinco de la mañana y todo es un mar de miradas torvas y reflejos violentos a contraluz. Son, quizá, los partidos del domingo a las 9 o las 10 de la noche; o como el de ayer, match entre semana con un frío de pelotas y el bar lleno de gente cansada. Desde hace 7 u 8 años hacia acá, no obstante, las visitas del Sevilla al Bernabéu tórnanse más como lo que debe ser pillar un papiloma de esos que agarran los bajos fondos de la gente a la que le gusta desembarcar en Normandía sin casco. Yo conocí a uno al que le pasó. Según el DRAE la cosa es un tumor benigno caracterizado por el aumento de volumen en las papilas de la piel o de las mucosas, con endurecimiento de la dermis subyacente y no se me ocurre mejor argumento con el que explicarles a los niños qué fue el Madrid 2 Sevilla 1 de anoche. El tumor fue benigno para el Madrid porque terminó venciendo, y venciéndolo. Pero el Sevilla comenzó aguijoneando la espalda de Ramos y Varane: al primer minuto Vitolo horadó bajo las piernas gigantes de Varane e Iborra inició su festival personalísimo: disparó tan centrado a quemarropa que Casillas paró bien con tan sólo aspaventar delante suyo. En la siguiente jugada Sergio Ramos se tiró al suelo y pidió el cambio. Sospecho que la lesión intramuscular que causóse en Marrakech ha vuelto un mes después a felicitarle con atraso la Navidad. Nacho entró en el campo como entra siempre este muchacho: cabeza alta, torso adelante, ímpetu patriótico de recluta estadounidense. Jugó muy bien. Quiero decir, mejor de lo esperado.

De Nacho uno aguarda el quite oportuno y la solvencia en el despeje. Ayer mostró eso y todavía más: se anticipó siempre, fue audaz en la brega con delanteros más fuertes que él, asumió riesgos en la salida del balón y en general exhibió confianza y seguridad, condiciones indispensables si se quiere ejercer el arte de la defensa. Completa eficazmente con Varane puesto que el francés asume el estatus de jefe con naturalidad, al contrario de lo que pasa cuando juega con Ramos. Varane dispone y Nacho se entrega a sofocar incendios con prontitud, sin arredrarse. Arbeloa acompañó en esta especie de defensa replegada y de perfil bajo que expone el Madrid ante los adversarios cuando faltan Pepe o Ramos: sin la potencia de éstos, Ancelotti pierde la hegemonía de los 30 metros por delante de Casillas, como me gusta decir. Es entonces cuando el rival aprovecha para ensuciar la transición defensiva madridista y emponzoñar esa suerte del juego que es la segunda jugada y el balón rifado en los cuartos oscuros del área. Iborra se hizo el amo de estos ángulos muertos, y con Vitolo, Deulofeu, Aspas y Bacca terminaron arriconando al Real cuando el líder se quedó sin fondo. Pero esto fue al final. El Madrid encontrábase trabado para conectar el vestíbulo de Kroos con el salón de Benzema. Isco se retrasó muchísimo, más de lo habitual desde que no está Modric, y Marcelo entendió el rol predominante que le ofrecen este tipo de partidos. De un centro suyo, como el otro día con la Real Sociedad, nació el 1-0: James flotó durante un minuto por la ciénaga tras los centrales sevillistas, quienes tiraron el orsay sin percatarse de que el colombiano estaba detrás esperando precisamente esa oportunidad de asestar el machetazo. Embocó ante Beto con la cabeza justo antes de lesionarse de gravedad en el quinto metatarsiano, huesecillo del pie que sólo conocen los futbolistas y la hinchada, puesta en medicina gracias a este tipo de lances: hasta el más tonto de los lectores de AS (sé que es tautología) puede convalidarse primero de Medicina sabiendo dónde están los isquiotibiales, el sóleo o el metatarsiano. Jesé aterrizó en el partido entonces. Si bien al principio pudimos advertir con desazón que la tremenda herida que le causó el bosnio aquel del Schalke hace un año le ha redondeado el culo y obstruido el eje por el que gira su cadera, luego respiramos aliviados cuando al tercer envite logró zafarse de su marcador. Le vinieron bien a Jesé estos 70 minutos largos de juego intenso y competitivo, recibiendo hostias y compartiendo ataques tanto en estático como en transición rápida. Él metió el segundo.

Bacca regaló a Francisco Alarcón un balón horizontal en en tres cuartos de cancha sevillista: Isco avanzó con la zancada homérica de Zidane, apurando la entrega de la bola hasta casi rozar los  tobillos del central contrario. Con el empeine derecho habilitó a Benzema, quien no se apuró; todos pedían que chutara y él acompasó el bote de la pelota cruzándola al otro lado por donde aparecía Jesé. Rozó de nuevo Isco y, tan mansa como el sol de primavera, el canario zarandeó a Rico, el portero del Sevilla, que había salido cinco minutos antes por Beto, lesionado también. A quien me pregunte cómo jugó Bale diré que lo hizo bastante bien en la primera parte y mucho peor en la segunda: la banda derecha exige de él precisión en el toque y amplitud visual para filtrar balones metafísicos a Benzema, Khedira o Arbeloa. Así lo hizo, ofrendándoles tres balones de gol. Luego se relajó, dejándose llevar por ese ambiente de animadversión ridícula, inducida por los próceres del micrófono, verdaderos proxenetas de la opinión del aficionado deportivo medio en España: ya saben, los de siempre. Lama, Carreño, los González ( ya ni los distingo, hay tantos que todos son lo mismo, el mismo magma cancerígeno que aturulla las mentes frágiles que los oyen por la radio o los ven después de almorzar) y toda esa gentuza. Sobre el galés pende una espada de Damocles que uno sabe muy bien que ha salido desde las redacciones escocidas por quién sabe qué intereses opuestos a la figura del presidente del Real Madrid y valedor supremo de su fichaje; lo cierto es que está incidiendo en él pero de manera contraria a la esperada por sus detractores. En lugar de deprimirle el ánimo, Bale se muestra crecido en el castigo al modo orgulloso en que quienes se estiman en mucho pretenden desafiar a sus críticos buscando con desespero las dos orejas y el rabo. Es muy bueno, así que prevalecerá, pero seguramente con algo más de serenidad interior. Cuando el papiloma sevillista endureció la dermis madridista y el partido se inclinó hacia Casillas, Khedira perdió su lugar: ante las ausencias del mediocampo, Carletto parece estar rescatando su rol más ofensivo, ese que desarrolla con Low en Alemania por delante de Kroos. Khedira jugó su mejor partido de la temporada precisamente ahí, campando por el interior derecha y llegando al área como brigadier. Con toda probabilidad veremos su canto del cisne en el Real Madrid en esa posición, donde su tosca zancada tiene pradera donde correr y el empuje alcalino de su juego arrastra a los rivales hacia el repliegue incierto donde los delanteros madridistas hallan su ecosistema de mortífera letalidad.

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