Du hast mich

19 Feb

Alemania, la fría y oscura tierra del norte, ya no da miedo. Podría ser ese el titular, y quedaría muy bonito. Sería de mucha alharaca. Alemania, la tierra de bosques y niebla. El averno del Real, que siempre ha caminado por sus senderos con el miedo de la legión romana adentrándose en Germania. Alemania, terror y esquizofrenia. Muchos de mis peores recuerdos como madridista hablan alemán; a veces me los encuentro, en las noches de insomnio, musitándome al oído viejas canciones que nunca olvidaré. Alemania, rubios de tres metros; Casterns, Friedrichs, Steffanes, Olivers, Marios, Lothäres; pelotazos desde la boca negra del lobo que crujían las manos de porteros españoles, blanditos seres nacidos al calor del sol meridional. Atrapado en una canción de Rammstein, el Madrid se llevó media vida contándole a sus hijos, al acostarlos, siniestras historias de sudor reseco y escalofríos retorciendo el espinazo. Du. Du hast. Du hast mich. Pero, y esta es una frase que llevo oyendo repetida en algunas series distintas desde hace varios días, dicen que luce el cielo más oscuro justo antes de amanecer. Y debe ser verdad: desde el 4-1 de Westfalia, Alemania ya no da miedo.

Renania es el corazón minero alemán, el nervio industrial que sostuvo todas las guerras emprendidas por el Estado alemán desde su nacimiento hasta 1945. En Renania está Gelsenkirchen, y en Gelsenkirchen está el Veltis Arena. El Veltis es un estadio maravilloso. Tan moderno y modélicamente diseñado que no parece europeo, sino un pabellón NBA adaptado al soccer con dos grandes alfombras verdes extendidas en el piso. Así y todo, el Veltis ruge. O muge. Hay diferencias. El Bernabéu, levantado en una zona más o menos noble de Madrid, a una voz del barrio más caro de Europa, ruge. En el rugido hay cierto pedigrí, algo de orgullo aristocrático: ruge el león, que es el rey de la sabana. Por lo tanto, se puede decir que ruge el rico, el ciudadano, el burgués. Como el Camp Nou, como el Amsterdam Arena o como Stamford Bridge. Pero el Veltis muge, como mugen las vacas y las bestias sórdidas que sirven para sostener al hombre en su esfuerzo doméstico. Mugir es proletario. No se imagina uno a gente bien vestida en Gelsenkirchen. No se imagina uno a un niño bien de Madrid mugiendo. El túnel de vestuarios que conduce al césped del Veltis simula la boca de una mina. Viendo salir a Bale de allí, con esas orejas puntiagudas resaltando en el brillante aluminio de las paredes, creí estar ante un fotograma de El Hobbit. El Madrid saltó de rosa al Veltis, a pesar de que cierta gente opina que el rosa resta autoridad al campeón de Europa: sin duda es gente aquejada todavía, quién lo podría decir a estas alturas de la Historia, de ese ponzoñoso cachirulismo; lo machote, lo viril, lo propiamente masculino y fortote, es lo tradicional, lo clásico. Ir de rosa es una mariconada. Estos superdotados en lo estético sin duda nos servirán en un futuro próximo para descartar su encaste genético cuando nuestros científicos trabajen en la selección de embriones con los que colonizar Marte.

El Schalke 04, entrenado por el carismático Roberto Di Matteo, puso delante del Madrid tres líneas: una de 5, con Nastasic, Matip y Höwedes comandando el balance; otra de 3, y otra de 2, en una suerte de formación tortuga que pretendía cegar cualquier entrada al área del barbilampiño portero Wellenreuther. Ancelotti, en cambio, recuperó a Pepe. Hay quien no le perdona todavía a Pepe su felonía a Mourinho. Yo digo que hay que saber perdonar, y que en la vida todo consiste en avanzar y adaptarse. Hoy, Pepe es el número 1. Tuvo un efecto analgésico sobre el equipo. Subió a Varane, Marcelo y Carvajal hasta el mediocampo: lo estableció como norma, apropiándose de aquel terreno por derecho de conquista. Esto logra comprimir al adversario en torno a su portero. Las contraindicaciones del asunto, ayer, estaban anuladas por la nula explosividad de los delanteros del Shalke. Debutó en la titularidad Lucas Silva. Mostró nobleza antigua, esa que tan bien casa con el blasón madridista: fue siempre adelante, exhibió empuje y prestancia al controlar la pelota; tocó corto y bien, preciso, aguantó cuando tuvo que hacerlo y jugó con un par de ojos en la nuca, cualidad muy valorada por los encargados de recursos humanos a la hora de evaluar los curriculum vitae de los candidatos a mediocentro del Madrid. Fue al suelo y se mantuvo firme en la brega, ofreciendo a Kroos la oportunidad de hallar oxígeno en el interior izquierdo, de vez en cuando. Los laterales e Isco cargaron sobre sí la tarea de descerrajar la caja fuerte de Di Matteo: el 0-1 llegó por la derecha. Carvajal, redimiéndose en parte de su nefasto comienzo de año, caracoleó a la espalda de Bale mientras éste engatusaba a sus marcadores. Halló el espacio y se la cedió al canterano; Carvajal avanzó hacia el pico zurdo del área del Schalke, y sorprendió centrando con la izquierda. Lo hizo templado, muy suave, metiendo muy abajo el interior de la bota, acolchando el golpeo como se hace cuando está utilizándose la pierna mala para ejecutar un movimiento difícil. El balón quedó pendiente del cielo renano; desde que salió de Carvajal, se veía que era gol. Ronaldo tuvo sólo que meter la sien: fue muy positivo para él meter un gol, por fin, clave. La Copa de Europa es campo para Aquiles.

El 0-2 tardó una hora larga en llegar. Mientras tanto, el Madrid durmió el partido. Es un síntoma claro de la evolución del equipo. No hay ya esa ansiedad corrosiva de hace años; ni siquiera Mourinho pudo extirparla. Juega ahora el Madrid con poso dominador, con la hechura del hegemón. Se llamaba así, antiguamente, al comandante en jefe, al hombre hacia el que todos miraban en el ejército cuando el enemigo ocupaba la loma de enfrente mirando a lo avieso, de través. El Madrid juega hoy con esa naturalidad del líder, del que se sabe fuerte, consciente de su poder. Ató el partido a la manera clásica: domeñó el espurrio ímpetu local con un ejercicio de centrocampismo y control: Kroos, Silva, y sobre todo, Marcelo e Isco. De Alarcón no se puede decir que hiciera el mejor partido de su vida, como tampoco de Benzema. No le hizo falta al Madrid, que obtuvo de ellos lo que precisaba: pausa y cabriolas. Ronaldo rompió por banda izquierda alrededor del minuto 75. Creo que fue la primera vez que salió de un regate con la pelota controlada en todo 2015. Pisó el área con zancada imperiosa, esa zancada de caballo de carreras que casi habíamos olvidado. Vio a Marcelo descolgándose a su derecha. Se la dio. Marcelo amansó la bola y dejó que corriera un instante. Se deslizó por la pradera renana hasta su bota derecha y pam. Con el interior, al ángulo muerto de la escuadra. Al palo largo. Cerró la noche, por fin, sobre Alemania.

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