Un hombre en el centro del campo

16 Mar

Llegaron las 9 de la noche del domingo y la sensación era de cierto letargo, un partido molesto cuya gravedad adquirida por los acontecimientos recientes irritaba un poco. A nadie en Madrid le importaba el Levante. La plebe acogió al equipo sin ira y eso lo agradecieron todos: los que estaban abajo, en el verde, y los que estábamos fuera, detrás de la tele. El bar tenía un aspecto lúgubre. Muchas sillas vacías, no había ruido en la barra. Pareciera como si no importara, y como si la resignación se hubiese aposentado sobre las almas de estos ciudadanos anónimos que sólo piden unos cuantos goles y algo de vitalidad a su equipo antes de afrontar la certidumbre fatal del lunes. A pesar de todo, volvía Luka Modric. Su presencia en el once titular transmitía una serenidad que tenía algo de budista: todo va a salir bien, hijo, parecía decir el gesto serio de Ancelotti en la banda. Enfrente, el Levante de Lucas Alcaraz, un jornalero de los banquillos con aire de sindicalista andaluz que sigue viviendo del fútbol a estas alturas del siglo, como si lo representara Jorge Mendes. El milagro Alcaraz no ha recuperado la vieja belicosidad del equipo valenciano, que era su blasón. Ahora el Levante juega rápido, a veces, y sigue plagado de negros iconoclastas en el mediocampo; pero no aturde como cuando tenía a Ballesteros, y hasta Fernando Navarro parece menos sangriento que cuando jugaba en el Sevilla, como un gato capado que engorda sin furia en la banda izquierda.

La primera media hora de partido reconcilió a la masa con sus soldados. A través de Modric la plasticidad fluye por el Bernabéu. El croata cataliza la energía de los demás, la regula: es el Banco Central Madridista, y sabe que, hoy, los recursos del equipo son limitados. Pero a su alrededor, crece la hierba, germina la vida. Modric es primavera, un benefactor ayer aupado sobre el rocinante Lucas Silva, sobre un Isco mucho más dinámico que el de los últimos partidos, y sobre una banda derecha que funcionó, operativa y grácil. Sin Kroos, quien permaneció internado en cuidados intensivos de manera preventiva de cara al partido de Barcelona, Luka acampó tres metros por detrás de lo acostumbrado. Sobre Luka, Lucas, continuamente en movimiento, voluntarioso cabo furriel por la derecha y por la izquierda; abriendo líneas de pase por delante de los centrales, zafando a los laterales de momentos comprometidos y el primero de la cuadrilla en ir al quite tras la pérdida. Tras Modric, Ramos y Pepe, otra vez cíclopes levantados sobre la raya del centro del campo. El Madrid encajonó al Levante en su campo; la concentración de 21 futbolistas entre el círculo central y el área chica de Mariño quedó resuelta de manera convincente entre Bale, Modric y Carvajal, quienes articularon un discurso plausible por el carril derecho que abotonó la espalda de Toño y cerró el partido a los 40 minutos: los dos goles llegaron por ahí, tras un armonioso balance madridista. De atrás hacia la derecha; de la derecha al medio, y de ahí a la izquierda: cambio en diagonal a la derecha y que surja la magia, y estemos solos, solos, solos.

Hiló el Madrid tres o cuatro jugadas como no hacía desde Navidad. Siempre con Modric, tan sólo un hombre, un ciudadano decidido a jugar la parte que le toca del boleto del mundo y la vida. Conduce de forma tan natural, que a veces tengo que fijarme en si verdaderamente está corriendo, o sólo se desliza como si en sus pies tuviera patines. La voluntad de caminar, de dar ese paso adelante, ha devuelto el color a la tez del madridista, hasta el miércoles blanca como la nieve, desmayada, sin ánimo. Modric avanza, o revienta; Isco, por mímesis, activa el resorte que lo muda de esteta intrascedente en agitador irrefrenable; Ronaldo adquiere de nuevo la condición devastadora y Benzema olvida la orfandad en la que ha vivido, melancólico, como un ermitaño entre las líneas del contrario desde que Modric y James sufrieron lesión. Bale desarrolló galones de cólera galesa y metió dos goles. El primero, realmente bello, un derechazo acomodando el interior tras una jugada ornamental del Madrid: de izquierda al centro, Modric erguido ante la frontal adversaria conquistando el segundo donde se decide la suerte de las naciones; la BBC levitando sobre espacios hasta ayer inexistentes y la línea de fondo que aparece fértil y despejada, como en los buenos tiempos. El segundo palo como tierra de promisión y no como final del pasillo; y la segunda jugada, donde siempre puede caer algo en el cesto. Luego, el carril diestro volvió a fecundarse y Bale punteó un chut raso de Ronaldo. Entonces Modric vio la tarjeta amarilla y decidió no meter más la pierna, y encogerla en las rifas por lo que pudiera suceder. Entonces el Madrid, como un cuerpo mecánico articulado sobre un hombre en el centro del campo, un hombre con una idea, un hombre práctico que sueña cosas que puede hacer, y las hace, apagó las luces y navegó hasta el 93 con el piloto automático.

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