Historia verdadera de cómo nos conquistó la Nueva España

23 Abr

En la previa, existía un convencimiento: hay héroes anónimos pululando entre los bastidores del Bernabéu, esperando la luz crepuscular de las 20 horas y 45 minutos. Tal era el estado de ánimo general entre la hinchada propia y ajena. Faltaban Modric, Bale, Marcelo y Benzema. Más, se murmuraban nombres antiguos dando cabezadas ante el muro lateral del templo de Jerusalén: Karembeu, Leverkusen, Dortmund, Anelka, Munich. Fonemas legendarios apenas conocidos por los niños de ahora, pero que nos hicieron la vida cuando éramos nosotros los niños. Se invocaba esa santería que rodea al Madrid en la competición que justifica todo su gasto vital; todo el esfuerzo emocional y físico, todo el padecimiento que provoca y genera esta institución oceánica, inescrutable, que le gira del revés a uno cuando uno cree haber penetrado en el sanctasanctórum de su conocimiento. Nunca se termina de conocer bien al Madrid, como nunca conoces del todo a la mujer de tu vida. En la tierra fronteriza estaba Javier Hernández el Chicharito, erguido en toda su mexicanía, travestido de Karembeu y de Anelka. Pero sobre todo, el Madrid fue fútbol. Como en la ida, por encima de todo, desalojó al corazón de la torre de control y fue sólo fútbol. Estaba roto el molde de la belleza: tres de los cinco jugadores más creativos del equipo estaban en la clínica, y la solución del problema residía ya sólo en lo pragmático, que es eso a lo que este Real de 2015 había venido renunciando con aburguesamiento artístico. Plantó Carletto a Sergio Ramos en el no man´s land del centro del campo, por la ribera de Kroos, entre los centrales, los laterales y los delanteros, como si Napoleón le hubiese dado a Murat la libertad de patrullar por todo el frente de Borodino a placer y eso ganó el partido porque Simeone se quedó sin el ancla en las dos orillas. Pero lo ganó a la larga, y así se presumía desde el inicio: un partido para templar y mandar, para tener los cojones quietos.

Hay una expresión en francés que alude al influjo bajo el que se mueve el Madrid en la Copa de Europa: el élan, el impulso vital, la fuerza motriz. El Madrid siempre lleva la iniciativa moral cuando en juego está la Historia, siempre al ataque, no importa dónde ni contra quién. Ayer tuvo una importancia cenital el cómo. Tejió Ancelotti una malla en torno al eje de James, Isco y Kroos; Carvajal y Coentrao convergían en el centro y maxificaban la presencia de camisetas blancas en el repliegue, negándole a Griezmann la posibilidad de ejercer de bisturí. Mandziukick quedó como un tapón de corcho flotando entre la marea y Saúl fue otro stopper más. Controlando así el reflujo, la jugada en su cuna y en su tumba, la ida y la vuelta (crucial, teniendo en cuenta la espada de Damocles del valor doble del gol en contra), el Madrid desparramó al Chícharo y a Ronaldo por entre los soldados universales Godín y Miranda. Entonces se notaron, claro, las ausencias: Isco no asumía el rol grave que le correspondía y James correteaba aquí y allí, mordidos siempre sus tobillos por dos rottweilers rojiblancos. Incapaz de penetrar por dentro, el delantero mexicano interpretó en clave de 9 académico la necesidad que apremiaba en el partido. Cayó a las dos bandas, llevándose consigo siempre a uno de los de la pareja de cemento; recibió de espaldas y continuó al primer toque, habilitando minúsculos espacios de libertad frente a Oblak. Eran gotas de oro líquido que resbalaron todas por el armazón de ese cormorán gigante que es el portero del Atlético de Madrid, verdadero héroe de la eliminatoria pues de sus manos nacía por partenogénesis la vida del subcampeón de Europa.

En la segunda parte el rebato fue definitivo; Alarcón asumió de una vez sus deberes para con la Historia y dio tres pasos al centro. Dejó la banda para que El Especialista, el hombre que como una orquídea de belleza salvaje y extrema, sólo compite en primavera, subiera y bajara con la marea. El paso al medio de Isco ayudó a que James encontrase algún espacio cierto por el lado derecho, pero el Madrid seguía chocándose con el hormigón de Simeone, una valla electrificada controlada por las SS en mitad del Bernabéu. No sucumbió el Madrid a la heure bleueu de los minutos sesentaytantos porque Varane sostuvo la cabeza del imperio: en estos dos partidos de cuño acerado hemos visto crecerle un par de apéndices al Varánido Arbóreo, una guadaña y una espiga de trigo. Varane ya es señor de la Justicia y del Honor, guardián de la noche oscura madridista, por fin líder. Al amparo del francés, de un Pepe correcto y de Ramos, que sigue jugando para el Hall of Fame del club, el Madrid no se corrompió. Simeone le concedió un favor inédito a Ancelotti quitando a Griezmann, su jugador diferencial, por Raúl García, ese esbirro; antes había relevado a Saúl y metido a Gabi, experto zapador, para aposentarse en campo madridista y salir de la cueva, que empezaba a oler. Sobre el 80 la prórroga agitaba sus alas negras sobre el cielo de Madrid, y todos nos preguntábamos si hay un Dios bajo este cielo sin estrellas, un Dios al que rogarle, un Dios al que plegar, un Dios en que ciscarse, por cabrón. Fue cuando Arda Turan, un genio cegado por el neoliberalismo salvaje de Simeone, descargó su frustración sobre la bota de Ramos. Segunda amarilla, roja. Una luz que titila al final del túnel inmenso.

El Madrid recobró de pronto la predisposición espiritual con la que había salido. El Bernabéu recordó aquellas noches de liturgia, forjadoras de mitos, noches con las que los niños madridistas nacen ya insertas en su memoria genética; la noche en que el Bernabéu le metió 2 goles al Bayern de Khan. Yo lo seguí por radio, dando saltos por el salón, tumbándome en el suelo, royéndome las uñas: sólo escuchaba al locutor gritando Zidane, Figo, Raúl, Effenberg, Élber, Roberto Carlos, Helguera, y un rugido de circo romano atronando de fondo, como si todos los hombres buenos del mundo estuvieran gritando en mi oreja. Cristiano Ronaldo arrancó poderoso por derecha, fue el enésimo eslalom, y esta vez rompió, fue el incidente que prende la chispa de la acción. James giró la palanca de su pierna izquierda: control y pase, en un pestañeo. De pronto Ronaldo no estaba delante de Miranda, sino detrás: la gente se puso de pie en el Bernabéu. La gente se puso de pie en el bar. La gente se puso de pie en la radio. Mi padre se puso de pie, y eso que estaba en el salón, viendo un programa cualquiera de Canal Sur y con el pinganillo del transistor colgando del oído. Europa se puso de pie; Nietzsche obligó a Dios a ponerse de pie. Todo el mundo civilizado se puso de pie y el balón le llegó al Chícharo, Javier Hernández Balcázar, que metió un gol padrísimo.

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