Desde aquí oigo ladrar a los perros de la muerte

6 May

Turín tiene algo. Debe ser cosa del influjo que, según algunas voces, existe sobre cierta parte del Piamonte. Es algo así como un Triángulo de las Bermudas; al parecer, Turín es el vértice de otro triángulo afectado por corrientes telúricas inefables que dejan sentir su poder mediante sucesos paranormales o de difícil explicación científica. Hay quien liga esto con tragedias como la del Gran Torino en Superga, y cosas así. Quizá haya algo en el fondo de todo esto. Yo he visto otras desgracias turinesas, menos sangrientas, pero también dolorosas. Turín se me infunde como un sitio nebuloso en donde los centrales del Madrid, ora en los 90, ora en los primeros 2000, ora en los segundos, siempre resultan aquejados de un mal que bien podríamos llamar vértigo. He visto a Fernando Hierro y a Rafael Alkorta correr desnortados por aquella pradera de hielo, tan fría, tan desolada, que era Delle Alpi. Esa vez iban de morado, y mi retina sólo guarda la imagen de Laudrup intentando uno de sus pases sin mirar que chocaba con las piernas de un robusto juventino. Vi esa fotografía repetida luego en una estampita que compré. Venía con una Historia Gráfica del Real Madrid que editó el AS hace muchos años. Yo lo coleccioné y en las últimas páginas de aquel libro -que llegaba en su recorrido histórico hasta el primer advenimiento de Capello- salía esa instantánea de Laudrup empeñado en hacer su magia mientras uno de la Juve se le echaba encima con la boca espumeante. Quizá eso lo condicionó todo y desde entonces Turín, la Juve, son para mí recipientes llenos de ferocidad, roca, sufrimiento y la imposibilidad completa de sonreír. Continuando con la ruina de los centrales del Madrid, vi luego al mismo Hierro, en 2003, girar frente a Pavel Nedved: tardó tanto en hacerlo, que como pasa con las tormentas, llegó antes la visión del checo celebrando el 3-1 que el crujido de la cadera del gigante malagueño. En 2005 Raúl Bravo despejó al centro, con la piernecita esa blanda que les sale a los defensas del Madrid siempre en Alemania y siempre en Italia; el patrón siguió cumpliéndose con Cannavaro y Heinze en 2009 y ayer, naturalmente, no iba a ser una excepción. Turín está demasiado cerca del centro de Europa como para que el Real, que es un producto superior de la civilización grecolatina, escape al aliento húmedo que viene del limes.

Al minuto 1 Casillas despejó mal, poniendo la bola donde muere históricamente la concepción platónica del ser madridista. Desde la franja que separa a centrales de mediocentros, Vidal zumbó en diagonal hacia el desmarque velocísimo de Tévez y Varane corrigió a tiempo. Daba igual, las bases del partido ya estaban sentadas. El recurso de extraordinaria emergencia con el que Ancelotti suple la baja de Modric, esto es, que Ramos juegue en el mediocampo perfilándose como un líbero adelantado, pierde eficacia a medida que para los rivales deja de ser una sorpresa. Ocurre con esto como ocurrió con Pepe en 2011: Mourinho sorprendió a Pep una vez, pero no dos. De todas formas, la idea es la correcta: late debajo la pretensión, cubierta de grandeza, de controlar el tempo, de jugar con el rival como si fuesen ratones de laboratorio. Carlo quiso ganar, atreverse, sacar a su equipo de la covacha negra que suelen ser estos estadios tan pequeños y europeos en los que el Madrid casi nunca gana. Por eso jugó Marcelo, el mejor generador de superioridad tanto numérica como posicional cuando logra atravesar el muro invisible de la primera línea de presión del adversario. Pero anoche la presión era tan hirviente que quemaba: Allegri vio la jugada y no se dejó engatusar como Simeone hace quince días. Puso para ello a Vidal y a Marchisio sobre Sturaro, que escoltaba a un Pirlo absolutamente libre de cualquier tarea que no fuese asegurar la línea de pase entre Buffon y Morata. Alrededor del tosco pero eficiente delantero madrileño revoloteó Tévez, que es el típico delantero sudamericano muy técnico y muy canchero, bajito y rápido, que parece diseñado para descoser a bocados las junturas de Pepe, Varane, Kroos y los laterales.

El 1-0 llegó así. El Madrid estaba destemplado y, contraviniendo el plan, corría tras la Juve. Con mucho acierto los italianos descubrieron enormes fallas entre líneas y en la más evidente la bola le llegó a Tévez en la frontal. Como estaba sin marca, chutó, claro. Casillas despejó y para una vez que lo hace académicamente, o sea, hacia un lado, en ese lado estaba Pepe mirando a la grada con los ojos en blanco y detrás de Pepe, Morata, que sólo empujó. Se rehizo el Madrid quizá mirándose la cicatriz que desde el bajo vientre hasta el esternón le hizo el Borussia en Dortmund hace dos primaveras; Ramos nunca encontró dónde acudir pero Isco y James se vinieron, por fin, al centro. Acompasaron el ritmo del partido al envite imparable de sus gambetas, y entre los dos amansaron la pelota. El Madrid dejó de ser un niño corriendo entre pitbulls, le puso la correa a Ronaldo y se empezó a jugar sobre Lichsteinner y Evra. Llegó el empate y luego pudo llegar el 1-2 porque cuando el Madrid juega a lo que dispone Ancelotti por poderes a través de sus centrocampistas de creación, es el mejor equipo del mundo. Pero, ay, no mató. Como tantas veces antes, el Madrid exudó grandeza hasta que el rival, contra las cuerdas, le lanza una hostia directa en la mandíbula. Ocurrió en Barcelona con la pelota en largo de Alves a Suárez que éste envolvió en celofán y napalm, y ocurrió ayer, justo en un córner. Lo había hecho todo bien el Madrid: atrapado la segunda jugada y chutado a puerta. Sin embargo, el magma malicioso del Piamonte desvió el disparo de Marcelo y como por ensalmo el rebote se encontró, tras un parpadeo, a la espalda de los dos laterales que cerraban. ¿Pero cómo ha llegado Tévez hasta aquí? Carvajal aguantó replegando hacia atrás, y lo hizo bien hasta que, como suele pasar en la vida, lo hizo mal. Metió la pierna cuando el Apache ya no tenía ángulo y forzó un penalty que todo el mundo esperaba. Uno suele estar vivo hasta que deja de estarlo, y esto es bien conocido. El 2-1 no alteró al Madrid pero sí a su entrenador, que quiso arreglarlo quitando a una de sus dos anclas tras las trincheras turinesas: sin Isco, el peso del mundo recayó todo en James, que hizo lo que pudo ante una dejación impropia de Bale. A este muchacho debe pasarle algo; le ha sucedido lo contrario que a Sansón, pues desde que se dejó la melena ha perdido todo su vigor espiritual, y ahora camina como un muerto viviente. No arriesga y resulta irrelevante en el juego de su equipo, él, que está aquí para acaudillar el ejército de la nación madridista. Sobrevivió la Juve a una tormenta desorganizada del Madrid y sobrevivió luego el Madrid al relámpago fugaz con el que la Juve pudo terminar con la eliminatoria. La temporada del Real queda, así, en el alambre, con un enemigo ancestral de la tribu defendiendo en el Bernabéu la puerta del edén agazapado detrás de un 2-1 y con el Madrid obligado a atacar sintiendo en su oreja el aliento de los perros de la muerte. Nada nuevo.

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