Yerma

24 Ago

Sporting de Gijón 0 – Real Madrid 0

El 0-0 es un resultado perfecto, según la teoría italiana, pero muy poco veraniego. Al madridista puro le frustra el cerocerismo, por considerarlo antinatural: siempre preferirá la lujuria del 3-2, del 4-3, o cosas así. El desparrame libinidoso. Habrá poco de eso con Benítez. El 0-0 fue consecuencia de un proceso lógico: el Madrid no dispuso de ocasiones claras, y el Sporting sólo tuvo dos cabezazos. Uno casi entra, en la primera parte, y el otro lamió el poste por fuera, en la segunda. Se pudieron ver trazos gordos de lo que tiene Benítez en la cabeza: rocosidad en el pasillo interior, laterales muy largos, control de daños, permutas constantes en la azotea del equipo y la concesión controlada de espacios entre las costuras del equipo, fiando la seguridad al músculo de la pareja de centrales y convirtiendo a los hombres del centro del campo en pluriempleados. Pero en El Molinón la pelota corrió demasiado todavía para las piernas de los jugadores del Madrid, quienes acabaron más cansados que los del Sporting. A los locales los sostenía la vanidad tribal, tan acostumbrada en los lugares por los que pasa el Madrid.

De siempre fabulé con la idea de conocer un Madrid impenetrable; un Madrid pétreo, un Madrid con piedra caliza sedimentada ante su portería: uno de esos equipos cuyos rivales saben que, si se adelantan, jamás podrán perder un partido. Un Madrid que penetre en la psique de los contrarios, que los domine, que los subyugue inoculándoles la fantasmagoría de que hacerle un gol es imposible. Algo de eso va habiendo en el Madrid de Benítez, pero a Bale y Ronaldo cada vez les cuesta más lo que les debería costar muy poco.

Cada salida a domicilio es una Numancia para la legión Real y eso no hay nación que lo resista. La cosa no es de cuando Mourinho: viene de mucho más atrás, de cuando se fragmentó emocionalmente la argamasa colectiva de la España común, tras la Transición. El Madrid, como el resto de las instituciones del Estado, dejó de ser respetado. Al Sporting de Abelardo lo mantuvo en pie el frenesí cultural que impulsa a las provincias a morder el cuello del Madrid. Eso, y la manera en que sus jugadores, bien adiestrados, presionaban la circulación blanca desde Kroos hasta Jesé, y en modo ordenado, audaz, en que sacaban la pelota zafándose del suave balanceo defensivo de los delanteros madridistas. Benítez, se intuye, acomodará su dogmatismo táctico a la naturaleza asociativa de sus jugadores. Fue suplente ayer James, algo natural dada la saturación de talento que el equipo tiene en el cortijo de los trescuartistas. Jesé parece el relevo de Benzema, aunque la dinámica de los de arriba fue el movimiento constante: en eso, Bale destacó sobre Ronaldo, más activo que el portugués; no obstante, fue el 7 quien más cerca estuvo del gol, en dos zurriagazos atómicos que atajó muy bien el meta Cuéllar.

Abelardo sigue igual que cuando lo derribó Barthez en Brujas, en aquel España-Francia que perdió Raúl. Lo que cambió, por primera vez en quince años, fue el bar. El dueño decidió ponerle otra ventana, pintar la pared de amarillo, quitar las cajas viejas de botellines vacíos que había en un lateral, y adornar las paredes con serigrafías de anuncios vintage. Ya no hay carteles de corridas antiguas y me pregunto dónde estará el canario que en su jaula veía todos los partidos de la jornada, cada fin de semana. Ese pájaro seguro recordará cuándo fue el último gol que Ronaldo metió de falta. Yo soy incapaz.

El Madrid, a rachas, conectó su espina dorsal (Varane y Modric) con las anclas Jesé e Isco. Cuando se fueron estos dos, el Real perdió toda la profundidad, la holgura con la que agobió por instantes al Sporting aculándolo en tablas. Sin embargo, careció de precisión en el momento culminante, lo que terminó por desbocarlo en la segunda parte. Los cambios de Benítez entorpecieron la velocidad del juego: Kovacic, hijo putativo de Iván Drago, salió por Isco, y James, por Jesé. El Madrid dejó de flotar sobre la frontal gijonesa y sus ataques se convirtieron en mazazos toscos sobre una masa compacta de asturianos esforzados. Danilo, patilargo como Bolt, picó más alto que Marcelo, el peor con diferencia del equipo. Navas zanjó con un par de salidas autoritarias la cuestión aérea, y que un portero hiciera su trabajo dejó de ser noticia: algunas rotativas madrileñas nos tenían acostumbrados, en la última temporada, a exclusivas dignas de Pulitzer como Hoy salió el sol. Ronaldo sigue lanzando mal los free-kicks y Bale terminó enfrascarse con su sombra en una esquina del campo. Todo el mosaico de impresiones acerca del juego del Madrid quedó enfangado con el 0-0 final, siempre sospechoso.

Detrás mío, dos viejos béticos murmuraban: ¡dadle otros cien millones más! cuando Ronaldo fallaba un pase, o se caía al suelo después de un slalom. Avanzando la segunda parte, auguraron que alguien, un ente desconocido al que atribuían propiedades taumatúrgicas y que yo identifiqué difusamente con el establishment mediático-deportivo, no iba a permitir que el Madrid perdiese dos puntos en Gijón. El antimadridismo siempre tiene la razón, como Tony Montana, aunque mienta.

La largura del equipo depende de la manera en que activen su precisión en el pase y su flow natural los jugadores decisivos del Madrid. La fuerza de este colectivo continúa siendo el talento de los mediocampistas y eso Benítez parece saberlo. Sufrió poco el Madrid, que casi toda la segunda parte vivió en los metros cuadrados del Sporting. Pero la jugada llegaba siempre sucia a la bombilla del área asturiana. No había claridad, y sólo por los costados pudo hincar el diente el Madrid, generando superioridad con unos laterales que acabaron por instalar la Qechua en el fondo del Molinón. El desdoble de Marcelo, principalmente, y luego de Danilo y Carvajal, al final, hizo que los marcadores de Bale y Ronaldo sufrieran con el arrastre de su marca. Eso abrió la grieta por la que chutó mucho el Real, sin tino. Se terminó el partido con los jugadores andando y la muchachada de Gijón alborozada por ver hocicar al Madrid.

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