Plomo

24 Sep

Athletic de Bilbao 1 – Real Madrid 2

Ganó el Madrid en Bilbao con esas maneras prosaicas que suelen gastar los equipos campeones. Al contrario de lo que suele creerse, un equipo campeón casi nunca toca la lira. Ese fútbol disneylándico sólo está en la imaginación de los hagiógrafos de Guardiola. Los partidos como el de ayer demuestran la convicción que tiene un grupo, la fe en sí mismo. Se pudo ver a Benzema bajando tras el lateral izquierdo del Athletic, tres veces por lo menos, y hasta el corral de Carvajal, cerca del área propia. Eso bastará para convencer incluso a los más recalcitrantes, de que Benítez ha logrado que sus muchachos entiendan la ecuación: solidaridad, disciplina y albedrío moderado son las bases sobre las que él quiere construir su éxito.

Ganó el Madrid, empero, por primera vez en el nuevo estadio de San Mamés, esa cucada financiada a medias entre el club y las administraciones del terruño. Ya se sabe que el Athletic en Vizcaya y el Barcelona en Cataluña son representaciones físicas de entidades sentimentales muy bien delimitadas: la voluntad de dos pueblos, hechos carne con clubes que aspiran a trascender la eternidad. No como el Madrid, que es el reflejo del demonio liberal, ateo y jurídico del Estado Moderno. De ahí la animadversión general en cada visita a Bilbao, y de ahí la tolerancia con la que la opinión pública en España permite conductas que en el Bernabéu acarrearían la proclamación indefinida del Estado de Excepción.

A Benítez le faltaban Ramos, James y Bale. Pero tenía a Kovacic, y evidentemente, terminó por usarlo. Kovacic le da un empaque al centro del campo que, ausente James, el Madrid no encontraría de otra manera. Su movilidad es tan extraordinaria que parece un niño hiperactivo. Ofrecíase abriendo de continuo líneas de pase por las que Modric filtraba la primera salida, esa que permitía al Real atravesar el muro de contención que Valverde dispuso delante de los centrales del Madrid con Aduriz de ariete y De Marcos junto a Raúl García como malla desplegable en los tres cuartos de campo blanco.

El método de Benítez tiene por irrenunciable el adelantar hasta la misma boya central la presión de sus centrales; esto con Pepe es un movimiento muy arriesgado. Pepe distorsiona la disciplina de Varane, asumiendo infinidad de pequeñas acciones innecesarias que en un 80% de veces salen bien pero que en un 20% desequilibran todo el balance defensivo de la zaga, propiciando contragolpes estrepitosos que serían evitables si Pepe jugase con el freno de mano puesto. Anoche no lo hizo y Varane se multiplicó en la quita, como también Carvajal en la diagonal en repliegue hacia Keylor. Estuvo mucho mejor que Marcelo. Marcelo es un jugador singular. De largo está entre los tres jugadores más determinantes de la plantilla, y su presencia perjudica gravemente, la mitad de las veces, la salud mental de los aficionados. Cuando el rival viene con la boca torcida y la cara pringada de pinturas de guerra, él se desentiende de la brega. Pero casi siempre es tan necesario en la textura de la jugada, que hasta el más cerril de sus odiadores ha de sucumbir ante la imponente naturalidad con la que intoxica el sistema nervioso de los rivales inoculándose entre líneas, como un virus. Siempre con la pelota cosida al empeine.

El 0-1 fue un regalo de Gorka Iraizoz que Benzema ejecutó con una picardía beligerante muy pocas veces vista en él. Está, probablemente, en su mejor momento, aunque eso escribí también en diciembre del año pasado. El mejor momento de Benzema siempre está por llegar. Es un esteta y la gente así vive para la belleza. Fidias le regaló al mundo la estatua de Atenea de oro y marfil, y como Benzema, tuvo que huir de su ciudad acusado por los mediocres de no se qué latrocinio. Al francés le piden que corra, que presione y que meta goles, como si meter muchos goles tuviese algo que ver con la belleza. Cristiano mete muchos goles y sin embargo su juego carece de belleza.

Benzema anoche dotó a su cualidad estética del pragmatismo y de la eficacia. Entonces es cuando se vuelve temible.

Con Benzema, con Isco, también con Ronaldo, mucho mejor futbolista cuanto más integrado en el papel de líder, de crisol de fuerzas en el equipo y no de martillo, el Madrid deconstruyó a la fiera bilbaína, como si fuese un plato al Pedro Ximénez. Kovacic pudo marcar un golazo, tejido entre él y Benzema dentro del área; también Karim estuvo a punto de cazar otros dos goles sobre la alfombra deslizante del Nuevo San Mamés. Pero salieron vivos y en la segunda parte comenzó a llover.

Yo tengo la teoría de que el Athletic, ya desde antiguo, coloca algún imán de gran potencia detrás de la portería del rival. ¡Qué facilidad tan extraordinaria para colgar balones a la olla! El Athletic, tenga virgueros o picapedreros, siempre encuentra la autopista vertical hacia el cogollo del área rival. Es siempre lo mismo: un vasco, a 40, 30, 20 o 2 metros del área, se para y acciona la pierna como si fuese una palanca. La pelota va llovida siempre, buscando las tres o cuatro cabezas que el Athletic despliega delante del portero. La mejor aportación de Pepe al partido vino en esos lances. Pepe va siempre al bulto, a rematar la bala de cañón, y no le importa sufrir conmociones cerebrales. Su cerebro está hecho con poliexpán. Pero el Madrid se aculó, distribuyendo el rombo de la primera parte en un 442 plano, con dos líneas muy juntas alrededor de la frontal del área y con Ronaldo y Benzema como únicas punta de lanza, tan lejos de donde se estaba rompiendo la loza como puede estarlo de aquí el archipiélago de las Aleutianas.

Empató el Athletic en una contra abrupta: un hoyo en medio del repliegue del Madrid se abrió tras una anticipación muy mal hecha por Pepe. Lo peor es que atacaba el Madrid, y de un mal control de Isco nació el contragolpe que cogió al equipo en bragas. Pero estaba decidido a ganar el Real, tan firme parece la determinación de Benítez a no desaprovechar la oportunidad de su vida. La contienda se volvió pinball y en eso el Madrid tiene a los mejores, a los comisarios del espacio. De un quite de Carvajal la pelota le llegó a Modric, quien había atisbado con el periscopio el movimiento en diagonal de Isco, 180 grados a su espalda. Al primer toque se la puso, rompiendo por la mitad el espinazo vizcaíno. Isco avanzó y rajó en oblicuo el lomo del Athletic con un pase raso que espoleó Benzema hacia dentro. El Madrid hizo con el Athletic lo que la gente de Barbate con el atún: el viejo arte del ronqueo.

Benítez parece haberse estudiado de memoria la temporada 2014-2015 del Madrid. Conoce todas las virtudes de este equipo y está incidiendo en ellas con una inteligencia estratégica. Reparte minutos y no abusa de los gemelos de Modric, nucleares para el éxito final de su empresa. Parece capacitado para imponer su doctrina de riesgo controlado a un equipo desbordado por el talento, y de momento, le va muy bien.

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