Palmira

5 Oct

Atlético de Madrid 1 – Real Madrid 1

El Calderón se engalanó como se engalanan los pueblos en sus fiestas patronales. Ocurre siempre que va el Madrid, al que todos identifican inconscientemente con el imperio, con Dios, con la Ley, con el Padre y, en definitiva, con la fuerza seminal de la naturaleza que ordena el mundo y establece los códigos de comportamiento. Benítez puso a Casemiro entre Kroos y Modric y la decisión, a la larga, fue acertada. Da la sensación de que Benítez prepara los partidos con hojas de Excel y el ordenador procesando las telemetrías de sus jugadores; luego, para decidir quién entra y quién sale en la segunda parte, recurre a algo más humano, que es su intuición. La ciencia deja paso a la jerarquía, que es lo más anticientífico que hay puesto que en la modulación de las relaciones humanas no intervienen los números ni el mérito propiamente dicho, sino variables intangibles. Ronaldo ya se ha convertido en una de esas variables. De institución nuclear capaz de doblear por sí solo la voluntad de los gobiernos, se ha transformado en una cuestión incómoda, espinosa. La cara de Benzema al ser sustituido revelaba que ya todos conocen en el vestuario la desnudez del emperador, y eso que es su amigo: si se llegaran a odiar, esto conduciría ineludiblemente a la destrucción de Palmira por un ejército de barbudos indiferentes y satánicos.

El Madrid comenzó queriendo recordar el son al que bailó en su última visita al Calderón, el 0-0 en Copa de Europa de abril. Aquel día empuñó la espada y el martillo con Modric tan ancho y luminoso como una superluna y los centrales bien abiertos y anclados en los carriles, en honor a Lavolpe. Ayer hubo esa intención y por momentos se consiguió. El Atlético estaba parapetado en la trinchera que cavó Simeone hace 4 años, en su primer derby, y del que aún no ha sacado a su equipo cuando enfrente está el Madrid. Casemiro jugaba como un central más; los dos laterales acampaban muy dentro del campo rojiblanco, y Modric secuestró el balón como obsesionado por demostrar su cualidad omnímoda. El partido de ayer de Luka Modric lo recordaremos cuando seamos viejos y ya no nos podemos mover. Cuando tengamos artritis y el médico nos prohíba los cubatas. Cuando hayamos de dormir con una bombona de oxígeno pegada a nuestra cama. Modric será el recuerdo del movimiento, la nostalgia de la ubicuidad, el perfume irresistible de la juventud. El día que se vaya Luka Modric y lo haga con menos títulos de los que merece levantar-en el Madrid, los mitos siempre se marchan con menos títulos de los que hubieron de ganar- seremos definitivamente viejos y la vida no podrá depararnos sino la melancolía de verlo jugar en YouTube, echándonos a perder. Modric ha inventado la autocracia balompédica y él sólo puso al Madrid por delante, con su mera presencia, haciendo respirar al equipo.

La branquia del Real fue Carvajal, mientras estuvo. Hay jugadores, como Marcelo o Benzema, que no toleran bien la competencia. Así, su pleno rendimiento llega cuando no hay nadie que les perturbe el horizonte. Alcanzan de este modo la confianza suficiente que les permite manifestar su talento sin la angustia existencial del competidor en el banquillo. Otros, como Carvajal, recuperan su auténtico nivel cuando sienten que la titularidad es lanzada al aire cada domingo, como si fueran dados. Lleva un mes espléndido, y anoche alcanzó su cénit en la jugada del gol. La pelota le llegó clara a su costado, pues Modric balanceó al equipo por el lado contrario hasta que el Atlético, preso de la oscilación, dejó por la derecha una playa donde desembarcar. Carvajal electrocutó a Luis Filipe con un autopase que sin duda figurará en el vídeo que le haga el Madrid cuando se retire, y centró al primer toque: Benzema estaba esperando en el segundo palo para engancharse al aro como un negro de la NBA y ejecutar un mate con la cabeza que sin duda desmiente todas las teorías acerca de que no sabe ejecutar la suerte del testarazo.

Se terminó el dominio del Madrid cuando Sergio Ramos cometió tres errores inconstitucionales en la misma jugada. De la bombilla atlética, el Madrid fue reculando hasta él, que era el último de sus hombres de campo y estaba en la medular. En lugar de cederla atrás, a Keylor, prefirió arriesgar a contrapelo dándosela rasa a Kroos. Torres adivinó la jugada y todo se embrolló. Varane templó y Ramos logró recuperar, pero con la puntera le dio una salida larguísima al balón: lo justo para que Correa se la birlase y él lo derribara con todo el peso de sus diez temporadas en el Madrid sin alcanzar jamás la plenitud. Sucede con Ramos lo que decía el poema de Kipling: si puedes hacer un montón con todas tus victorias, si puedes arrojarlas al capricho del azar, y remontarte de nuevo a tus comienzos sin que salga de tus labios una sola queja. Ramos es tan capaz que no es todavía Hall of Fame del Madrid por su empeño en cumplir la profecía que sus odiadores lanzan sobre él como una maldición en cada partido.

Le paró Keylor a Griezmann el penalty. Keylor se cortó un dedo y mezcló su sangre con la de un pollo al que luego sacrificó en el altar de una iglesia abandonada en mitad de la selva amazónica. De otro modo es imposible hallar explicación a la asombrosa autoconfianza de un portero toda la vida ousider, que al embocar la última etapa de su vida deportiva se ha encontrado de frente con la Historia y no va a dejar que ésta lo ciegue con sus focos. Al final del partido le sacó con la mano cambiada un balón de gol a Jackson Martínez aún más fascinante, en su plasticidad, que la jugada del penalty. Fue justo tras el gol del empate. El Madrid renunció a vestirse de martillo y terminó el partido de yunque, no más que por la inercia del Atlético. El equipo de Simeone, que ya no encuentra al Madrid donde antes lo desangraba, sólo pudo meterle mano porque Carvajal se había lesionado antes del descanso y el único al que encontró Benítez para relevarle en banda derecha fue a Arbeloa. Y Arbeloa ya no puede seguir el ritmo competitivo que exige el Madrid, no sin esfuerzos sobrehumanos y no sin que se debilite toda la línea defensiva de su equipo. Varane tuvo que estirarse como un chicle para tapar a Jackson y el eje de la zaga se derrumbó como el arco del triunfo de Palmira. Sin ese gol, el partido era un calco del 0-1 con que Simeone dio a Ancelotti la bienvenida a la Liga, en septiembre de 2013. El Madrid no tenía nadie que capitalizara la posesión y la autoridad en el centro del campo: Modric puede hacerlo todo, pero no puede hacerlo solo. Ese vacío, que se supone ha de llenar Bale, mató la posibilidad de que el Real sentenciara en la segunda parte. Alarcón desistió sin apenas intentarlo, a James le echan de menos hasta los ultrasur, y Ronaldo es una sombra encadenada en Instagram.

El Madrid todavía es una pared cuya argamasa está tan fresca, que un soplo de viento no tarda en derrumbarla. Con Ronaldo capitulando de su cualidad desgarradora, sin Bale todavía, con Isco perdido en una nube de pegatina y con Kroos buscándose en los bolsillos la voluntad germánica de resistir, al Madrid le esperan oscuros derrotes en medio de la noche hasta que todo suelde por fin, el día menos pensado.

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