08-01-16

8 Ene

Llevo dos tardes rehuyendo escribir. Lo del miedo al folio en blanco, es cierto. Incluso para los don nadie. No quiero imaginar siquiera lo que debe ser para quien ha de vivir de eso. La responsabilidad pesando en el cuello, como la carga de un costalero. Estoy con un librito, que quiero llevar a término, del que he escrito ya algún centenar de páginas. No obstante, siempre a golpe de hígado, siguiendo un plan, un método, pero la escritura viene y va, es como el Levante: está un mes sin soplar, y luego desata el infierno durante tres días seguidos. Acompañé a mis padres a un centro comercial; ayer fui a resolver cuestiones perfectamente prescindibles, etcétera. Todo por distraer la mente, pero es imposible. La tormenta no cesa, y si uno de esos cachivaches que miden la frecuencia cardíaca, registrara las ideas contradictorias y absolutamente estúpidas, que circulan por mi cabeza, explotaría. Sin embargo, llevo un tiempo observando los tropismos en que el tiempo, los años, las condiciones ambientales, mecen la institución llamada del matrimonio. Es curioso cómo, en su desarrollo ordinario, esta fórmula, la más vieja y fiable que el ser humano ha inventado para asegurar la continuidad de sus sociedades, es una aleación compuesta al 50% de silencio, resignación, inercia y microcesiones alternativas. Ha lucido un sol espléndido durante la mañana, mas la tarde ha estado nublada, con un cielo muy bonito, claroscuro y lúgubre.

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