El derroche de Gance

3 Feb

napoleón cartel

Una vez me dijeron que no tenía autoridad para hablar de cine, porque había visto El Padrino con 23 años. Y en efecto, no la tengo. Tampoco la pretendo. A fuerza de torrents, de canales de Youtube, de DVDs hallados aquí, allá y acullá, me esfuerzo en subsanar este déficit cinematográfico sólo achacable a mi mala formación. Por eso esto no es una crítica. Para eso están los druidas de FilmAffinity, que es una página que me excita y me perturba al mismo tiempo: el foro donde la mitad del Coliseo sentencia a los directores-fetiche y la otra mitad los encumbra. Donde uno puede leer la palabra polyvision sin sentir que ha sido teletransportado al CERN suizo. El otro día volví al cine mudo, y fue maravilloso comprobar hasta qué punto, la creatividad puede soslayar las imposibilidades técnicas y tecnológicas de cualquier tiempo. Cómo la inspiración de un hombre puede parir un diorama tridimensional que mueva, a través de las generaciones, la emoción de otros hombres. Que reciben el impulso y lo sueltan, hacia delante, hacia lo desconocido. Hacia el futuro.

El Napoleon de Gance es una extraordinaria razón para que mi generación vuelva sobre el cine mudo. Aunque es complicado. Cuatro horas de metraje que parecen dos, por el ritmo frenético y por la música. En 1981, Coppola remasteriza, como se dice ahora, y fija una versión más o menos definitiva, de las tantas que editó el propio Gance a partir de 1927, fecha de su estreno. Con la restauración le añade una banda sonora, de Carmine Coppola, que se pega a los huesitos del tímpano y se queda a vivir en los labios hasta días después de haberla visto. Gance, bonapartista entusiasta, quiso recrear la vida del Emperador en sucesivas películas y por eso su Napoleon sólo narra la infancia en Brienne, la juventud en medio de la tormenta revolucionaria, y su funambulista ascenso durante el Directorio. Se le fue la mano, naturalmente, con el presupuesto, y a partir de entonces a Gance le cortaron la guita. Porque su Napoleon es un derroche, visual, narrativo, musical, alegórico.

Retrata a Bonaparte suavizando, claro, sus aristas, sin atender al claroscuro, exagerando varios momentos de su tempestiva biografía. El Bonaparte de Gance es una hipérbole. Pero esto es cine, no National Geographic. Y era Francia. En 1927, el mundo transitando de una debacle superlativa hacia otra aún peor, ignorada todavía. Su Napoleon es una oda patriótica, una moderna Chansón de Rolande, la Chansón del Corso. La batalla de bolas de nieve con que abre la película es un manifiesto futurista: hay quien la compara con el desembarco en Normandía de Spielberg. La pelea de almohadas en la escuela de Brienne entre el joven Nabulione, Paillez-au-Nez, y el resto del mundo, y la escena con que cierra esa infancia predestinada, el niño-Rey durmiendo sobre el cañón, junto al águila, arropado por un capote. Todo es icono en Gance y hay que disculparle la desmesura napoleónica, porque el juego simbólico atravesará la pantalla como un nervio de acero que palpita sangre de literatura. Napoleón contra todos, Napoleón indomable y genial ya desde que no levantaba palmo y medio del suelo, Napoleón líder y pastor de hombres, capaz de domeñar un águila sólo con su mirada trémula y bravía. El director estira los márgenes de la epopeya, difumina su factualidad hasta borrarla, pero crea algo nuevo que el hombre que paga su entrada en la Ópera Garnier puede consumir: crea cine, crea mitología, literatura.

No obstante, para exagerar algo hay también que conocerlo. Y a Gance se le intuye un conocimiento profundo de la biografía napoleónica. De ella se aprovecha para grabar episodios sublimes, si bien es verdad que absolutamente ficcionales: la huida de Córcega, tras enfrentarse al jefecillo Paoli que quería entregarle la isla a los ingleses. Gance configura a Bonaparte como un siervo de la Convención que va a Ajaccio a someter el lar familiar a la fidelidad republicana, pero en realidad todo ocurrió de un modo más turbio y menos leal. Son detalles que sólo interesan al historiador. Gance quiere narrar y para ello mete al héroe en una barca que no tiene vela, y cómo navega el héroe pues con la bandera tricolor que claro, el héroe llevaba atada a la cintura y los felones corsos comprados con oro británico no pudieron arrebatársela. Y los felones corsos comprados con oro británico tienen que joderse y ver cómo el héroe escapa en sus gepettos ciñendo la bandera de la Revolución y la República a una chalupa corsa y el héroe sobrevive a una tormenta abrahámica izándose entre las olas al tiempo que la Convención en París naufraga, entre embates terribles, y Saint-Just y Robespierre condenan a muerte a los girondinos y al inolvidable Alexandre Koubitzsky, que hace de Danton.

Gance se mete en el agua y tira la cámara hacia arriba, girándola en el aire. Consigue así unos planos estupendos, inéditos hasta la fecha; se pone a grabar a ras de superficie y hace que los niños tiren bolas de nieve al propio objetivo. Lo que se debieron dejar en material, sólo los productores lo saben, pero lo cierto es que el fruto maduro de toda esa germinación artística es legendario. Aunque la película construye al héroe y va, efectivamente, sobre Napoleón, Gance también se propone relatar con la fuerza irresistible del símbolo, la raíz poderosa de la Revolución. Revolución encarnada en tres hombres, “tres dioses”, Marat, Danton y Robespierre. Tres dioses que hablan luego con el protagonista, con el héroe, un diálogo de sombras, fantasmagoría que le sirve a Gance para uncir a su Bonaparte el carro de la Revolución. El director mismo hace de Saint-Just y uno puede conmoverse de verdad, sin que este verbo salga sucio de un texto que no pretende ser mazorca de maíz para snobs, con la terribilitá de Danton cantando por primera vez La Marsellesa ante un auditorio extasiado, o de Marat muriéndose en la bañera, acuchillado por una muchacha. Gance parece querer añadirle movimiento a la revolución que ya fue pintada, entre otros, por David. Y eso hubiese sido un dislate sin los actores. Los actores hacen inolvidable una película que en sí misma parece, a mis ojos de lego, un experimento maravilloso lleno de anarquía. He leído que a Albert Dieudonné se le fue la cabeza y terminó creyéndose verdaderamente Napoleón, y me lo he creído. No porque incumpla el fact-checking y me haya dado por escribir esto sin contrastarlo: viéndolo actuar parece realmente un héroe, transido de gloria y furia, como cuando mira a los patriotas corsos en la taberna de Ajaccio donde él mismo se descubre y desafía a Paoli, y todos lo quieren prender y está rodeado y entonces el héroe mira con ojos de águila superpuestos (Gance es un genio) y todos a su alrededor enmudecen y aunque sólo se escucha la música de la American Symphony Orchestra, puede oírse un oooooh. Es verosímil que Dieudonné enloqueciera, como también es verosímil que Gina Manès hiciera de Josefina. Uno puede ser tantas cosas en esta vida, las que quiera, que también puede ser el hombre que se duela por no poder yacer, jamás, en la cama de Gina Manès.

Termina la película con sucesión de planos panorámicos. Leo en FilmAffinity que en eso también fue, qué cosa, pionero Abel Gance. Cómo ruedo un plano general de la batalla, agregándole grandeza, epicidad, muerte plástica, movimiento general de hormigueros en marcha, rugientes, marabunta: pues uniendo tres planos. Et voilà. También fue el primero en inventarse la steady-cam, subiendo uno de esos armatostes que en 1927 eran tecnología puntera en grabación de imágenes, figúrense, a un caballo. Disculpen el onanismo de Napoleon. No es Historia, es entretenimiento.

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