12-02-16

12 Feb

Ayer se conoció la noticia: el hombre ha podido captar las ondas gravitacionales. Einstein acertó. Como soy un lego en divulgación científica, como en tantas otras cosas, me hice una idea tras leer algunos textos: un mazo golpea la piel del tambor, que vibra, y esas vibraciones se van haciendo más y más pequeñas, a medida que se alejan del lugar donde golpeó el mazo. Eso es lo que hemos percibido. Es fantástico. Ante este tipo de demostraciones, fehacientes, de nuestra pequeñez, cobra más sentido la vida. Incluso, contra lo que se suele decir, adquiere mayor relevancia cada palabra o gesto cotidiano: una especie de afirmación individual y consciente, ante la inmensidad e infinitud del espacio que nos contiene. Cobran sentido los esfuerzos del hombre por explicarse, en medio de esta entropía aparentemente caótica, indescifrable todavía y por muchas más generaciones, pero menos oscura hoy que antes de ayer. Cobra sentido el arte. Cobra sentido el cine. Adquiere rotundidad, pesadez marmórea, la literatura. Minúsculos movimientos homéricos, que no sirven para otra cosa que para no claudicar. No rendirse ante el empeño de saber más, de bosquejar un refugio en el que todo sea inteligible. Como las películas de Hitchcock, una fenomenal exhibición de las criaturas fabulosas y pervertidas que pueden habitar la mente de los desequilibrados. Estoy en mitad de mi propio ciclo Hitchcock: Psicosis, Vértigo, Frenesí, La soga, Enredados, La ventana indiscreta, y mañana, la que caiga, en ese canal de Youtube que es un Potosí abierto a todo el que quiera entrar y proveerse. Internet es como una reproducción en miniatura del Universo. Ayer me llegó a casa un libro. The dictionary of Napoleonic Wars, de Chadler. No existe versión traducida al español. Botín de guerra. Sólo hube de pasar dos veces el pulgar sobre la pantalla de mi móvil, y un señor en Londres recibió el encargo, lo metió en un paquete, fue a un buzón y el libro surcó Europa hasta mi casa. El sentido y efecto de la discordante concordia del mundo, decía Horacio. Y sin embargo, sólo pagué por él, 4 euros con 70 céntimos. ¡Menos de lo que cuesta un cubata en cualquier bar, hoy, viernes noche!

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