El barco del arroz

16 Feb

(Este es otro relato de ficción más)

Lo que voy a contar aquí es verdad, porque lo he visto. Lo he oído, técnicamente hablando puesto que me gusta el rigor, soy riguroso. El rigor es importante. Por eso, no me importa que puedan tomarme como loco. Qué sabrán ellos, qué sabrán los demás. Lo que voy a contar aquí es verdad porque yo mismo se lo oí a un marinero del cual no voy a explicar ni el nombre, ni las señas: lo primero sería imposible, pues lo desconozco, y lo segundo tendría, o podría tener, irremediables consecuencias para su propia integridad no ya física, sino moral. Y digo bien: lo que voy a contar aquí es verdad porque lo oí. Lo que es verdad es el relato, las palabras salidas de la boca desdentada de este hombre y que tuvieron a bien deslizarse ásperamente hasta mis oídos y de ahí, transformadas en pensamiento articulado, hasta mi cerebro. Lo que no sé si es verdad o no, es el hecho en sí, la cosa viva, el núcleo de la historia. Pero eso, amigos, eso pretendo descifrarlo. Más pronto que tarde, así me vaya la vida en ello.

Simplificando el asunto, puedo contarles cómo me enteré de todo esto. Estaba yo un día en una tasca marinera. En el puerto había dos, separadas entre sí por un largo paseo lleno de pantalanes que a su vez estaban llenos de barquitos de recreo de gente estúpida y banal. Esa gente tenía su propia tasca y no se acercaban a la otra, a la del muelle antiguo. En el muelle antiguo sólo había redes y barcos viejos a punto de ser desguazados y mallas y marineros hechos de cartón arrugado como ese cartón al que le ha caído un aguacero, que se deshace. En esa parte del muelle, desprovista de todo artificio y de todo atractivo fuera de lugar, había una tasca. Solía yo en aquel tiempo frecuentar esa tasca. No era, como la gente suele creer, un lugar muy concurrido. Había gente, pero por horas. Iban y venían, en oleadas, pero se hablaba poco y se bebía mucho. Siempre en silencio y siempre con la tele puesta, programas donde los viejos pedían remedios para su salud y donde cuarentonas atractivas que se resistían a dejar de pensar en ellas mismas como veinteañeras presentaban vida y milagros de famosillos irrelevantes. La tele sonaba como un eco de fondo y parecía sedar a los pocos marineros que sin barco fuera pero mucho mar dentro se abarloaban a la barra hasta mimetizarse con ella en un letargo sólo interrumpido cada hora de cierre, cada noche, de cada día. Uno de esos días, me acerqué a uno de aquellos viejos. El viejo quería más vino y no tenía con qué pagarlo y aunque a mí no me sobrara el dinero en aquel tiempo, sí podía derrochar el tiempo y eso fue lo que hice. Maldita la hora.

Más vino, dijo el viejo. Quiero más vino. Y más vino pedí para él, porque empezó a murmurar palabras cargadas de plomo que le silbaban por entre los dientes que aún tenía. Y las palabras olían a mar. Cuando agarré el hilo de lo que estaba contando, distinguí que hablaba del Barco del Arroz. Así se dio en llamar al carguero chipriota que encalló en la boca del río, hace más de veinte años. Una noche de marzo, la bajamar lo traicionó sobre un banco de arena. Sus cientos de miles de toneladas y todos sus contenedores Maersk cargados de arroz lo hincaron bien hondo en el lecho; llegó la pleamar iracunda cuyas entrañas rebosan leva, fango viento y lluvia, y el barco se tumbó sobre su panza gigante, mojándose todo el arroz. El arroz inflado siguió la correlación física que a todo cuerpo de su género y orden le corresponde, y  contribuyó junto a la termodinámica a quebrar el barco en dos, mientras la mitad de su tripulación saltaba por la borda y la otra mitad era evacuada en helicóptero.

El viejo silabeó bar-co-del-a-rroz como los judíos rezan sus preces sobre el Muro, y yo le pedí en seguida otro vaso de vino. Y luego otro. Y otro más. Y entre las emanaciones y el ruido de fondo de la televisión él me contó una historia. Me contó la historia de una noche, años después del naufragio del barco, en que él dormitaba en el salón de su casita frente al mar. Era medianoche y ya se iba a acostar. Junto a la mesa en cuya estufa se calentaba las piernas reumáticas, su viejo pastor alemán empinó las orejas, como si hubiera alguien fuera. Como si viniese gente. No tardó ni dos segundos en sonar la puerta. Pam, pam, pam, decía el viejo, emulando los golpes en la madera despintada de la puerta de su vieja casita marinera, pobre y antigua y tan fría como una lápida. Pam, pam, pam y quién coño será a estas horas con el temporal que hace ahí fuera, me cago en Dios. Era una noche temible y también hacía mar de leva, y se escuchaba tronar al mar como si tuviese dentro chillando a todos los que en él han muerto desde que el mundo es mundo, y el mar es mar. El viejo me contó que abrió la puerta y que fuera al principio, no vio a nadie pues la noche estaba tan cerrada que el agua que caía del cielo le cegó los ojos por un momento, y temió haber sido víctima de su imaginación calenturienta de viejo borracho. Pero no. Distinguió una silueta. Una figura que gritaba, un metro más allá, tocándose la cabeza con un gorro de lana y abrigado con un jersey gordo de punto que parecía estar empapado y pesar como sólo pesa la lana mojada.

En ese punto el relato, el viejo tomó aire y terminó de un buche lo que quedaba de vino. Logré exhortarle, suspirando y haciéndole comprender con la cabeza, a que siguiera. Que no parase la narración, que no se perdiese en esos ojos acuosos que tenía, ojos de sal diluida en oscuridad abisal. Continúa, viejo. No te quedes en ese mundo tuyo. A saber qué dragones hay dentro, mordiéndote los recuerdos. Deglutiendo tu corazón mohoso y desconchado. No los dejes salir. Continúa. Y el viejo continuó. Continuó con su historia y yo le puse delante, otro de esos vasos de vino que el viejo bebía como agua. Seguí a aquel hombre, empezó a murmurar. Lo seguí y no sé por qué. Mi perro aullaba como si estuviera endemoniado, y no me acompañó. Se clavó en la puerta como uno de esos cuchillos que las mujeres hincan en el lomo del pescado para vaciarlo. Yo seguí, no recuerdo porqué, y maldita mi calavera pues mejor me hubiera ido quedándome al calor de la estufa sin haber hecho caso de nada. El viejo habló y habló, y contó y contó, y dijo que se adentró con el desconocido en la tiniebla hasta que sintió el fango de la orilla y el agua golpeándole las botas, y advirtió entre el vaivén de las falúas allí fondeadas había una que destacaba por su color. Blanco. Dijo el viejo. Blanco. Blaaanco. Y no murmuró cuando lo dijo, sino que su voz sonó firme y rotunda como la dentellada de un marrajo. Blanco. Y el hombre me hizo señas para que subiera y yo subí. Y nos fuimos. A motor. Con un motor fueraborda pequeñito de pocos caballos pero que iba tan rápido como un torpedo. La madre que me parió.

Entonces el viejo hizo una cosa muy rara que yo pocas veces había visto hacer a nadie hasta en entonces, puesto que los hombres del mar siempre tuvieron fama de supersticiosos pero esa fama debioseles colgar hacía mucho tiempo, porque nunca vi a ninguno haciendo lo que en ese momento hizo el viejo: santiguarse. El viejo se santiguó. No una sino dos veces. Que me caiga redondo al suelo ahora mismo, si no es verdad lo que digo. Se santiguó y continuó diciéndome, bajando la voz hasta hacerla tan difícilmente perceptible que tuve que agachar mi cabeza y pegarla tanto a la suya y contener el aliento pues vaya si le olía mal la boca a aquel viejo hijo de la gran puta, que parecía como si las olas y el viento y la lluvia y los truenos y la negrura del cielo se hubiesen detenido de repente. Que mientras ellos ponían rumbo hacia no sabía él dónde pues el otro no hablaba sino que guiaba la caña del motor y fijaba la vista en la oscuridad, penetrándola, todo a su alrededor pareció aquietarse como dicen los noruegos que se calma el Mäelstrom cuando uno está en su centro. Aunque, y eso lo pensé yo y estoy seguro de que también lo pensó el viejo, pero no me lo dijo, quién coño ha estado dentro del Mäelstrom y ha vuelto para asegurar si eso es verdad o no.

La tempestad parecía tan lejana como si estuviera en otro planeta, y del mar irradiaba una luminosidad fluorescente que al viejo, me contaba, le puso tan nervioso que la lengua se le pegó al cielo de la boca y la garganta se le secó de tal manera que le fue imposible siquiera articular un sonido inteligible, de modo que el bote en el que navegaban cruzó la distancia hacia su meta de manera tan ligera y rauda que cuando llegaron, él apenas supo que estaban allí. Y dónde estabas, viejo, le dije, casi levantando la voz, cosa que él me afeó con los ojos, tensándolos hasta que le salieron puntitos rojos y yo creí por un segundo que se le iban a explotar. Al barco del arroz, coño. Al barco del arroz, llegamos.

No lo reconocí, susurró. Al principio, no sabía que estaba allí. Y mira, he pasado tantas veces por en medio, que me sé el camino de memoria. He cruzado por entre sus dos mitades, he navegado alrededor, más veces de las que puedo recordar. Pero aquel día, te juro, por la gloria de mi madre te lo juro aquí mismo, que las dos moles de acero y metal oxidadas y quebradas por el tiempo que llevan ahí posadas sobre el lecho del río, emergieron de la nada sin que yo me diera cuenta y pegué un respingo en el bote, que casi llego al agua. De no ser porque no pegué respingo alguno más que en mi mente, del miedo que tenía encima. Por los clavos de Cristo. El agua no se movía alrededor del barco. Parecía un plato. Y más allá, sólo un poco más allá, hacia la costa y hacia la orilla del río, estaba cayéndose el cielo con espanto. El tipo abarloó el bote sobre el costado del trozo que era la popa, todavía lo recuerdo. Te lo juro por los clavos que tiene Cristo en las tablas del madero. Más vino. Necesito más vino, que tengo la boca seca.

El viejo se secó la boca con el puño de la camisa, una fea camisa de cuadros ocres y blancos, y yo le puse delante más vino. Y el me contó. Me lo contó todo. Me contó tanto que cuando terminó creí que se caería al suelo, exangüe, como si dentro hubiese guardado un súcubo que todos estos años se hubiera alimentado de su huésped, como un parásito alucinógeno. Me contó que el tipo barbudo del gorro de lana empapado le indicó que subiese al pecio, y que él no supo por dónde hasta que por instinto marinero se agarró a unas traviesas de hierro oxidadas que sobresalían por encima de su cabeza. Trepó, pues aún conservaba lo felino que el trabajo había impreso en su fisionomía de escuálido, y como si una fuerza ignota estuviera accionando sus miembros por control remoto, trepó y trepó por entre superficies mojadas y deslizantes y cables rotos y materia descompuesta, ajada, macabramente fracturada y putrefacta, destruida por una gubia insolente y caprichosa, divina y superlativa, destructora e impía, siempre detrás del tipo, siempre sin saber qué coño estaba haciendo.

Llegué a pensar que acabaríamos en cubierta, si es que todavía podía llamarse a aquello cubierta, tras veinte años a la intemperie, al sol y al frío, al viento cabrón que azotaba como un látigo. Y yo me quedé esperando a que el viejo terminase de contarme su historia, pero el viejo no paró siquiera para beber un sorbo de su vaso de vino. Y siguió contándome que antes de llegar a cubierta, el tipo extraño, el guía, su Virgilio barbudo y embutido en lana mojada, lo llevó por una sección cortada de lo que parecía una cava bajo la toldilla de popa. Húmeda, goteando verdín, allí el aire estaba apolillado. Te lo juro por las cadenas que tiene Cristo colgando de los cuernos. Entré y no se veía un carajo y cuando me giré el otro ya no estaba, tragado por la sombra, y no me dio siquiera tiempo a pensar qué coño iba yo a hacer ahora cuando al volverme a girar, aquello se había transformado en una habitación iluminada por un par de velas puestas en una palmatoria de latón. La llama se mecía de un lado a otro, por una sutil corriente de aire que entraba por algún sitio, y que meneaba las sombras jugando con ellas, de modo que yo estuve a punto de cagarme encima. Y por Cristo que me imaginé al viejo cagándose encima, y no me hizo gracia. Las velas y sus palmatorias estaban encima de una mesa de madera, siguió diciendo, sobre la que también había una botella de brandy que brillaba, refulgía, el líquido rojo que contenía parecía lava incandescente, lo más raro que mis ojos han visto en toda mi miserable vida.

Y junto a las botellas qué, viejo, dímelo, sigue, no te quedes mirándome como si yo estuviera ahí, que no lo estoy, estoy aquí, contigo, en esta tasca de mierda intentándote sacar una historia absurda que ni yo mismo me creo pero que, joder, maldita sea tu calavera, no puedo dejar de escuchar. Y el viejo me miró un momento, ensimismado, buscando en mi cara desencajada por la avaricia de conocimiento, quizá la solución postrera al recuerdo de un naufragio irremediable. Y siguió contando. Contóme que había dos tipos, uno a cada lado de la mesa, uno a cada vaso de latón, uno junto a cada vela y su palmatoria. Dos tipos, los más extraños que mi corta imaginación de marinero deslomado desde los 8 años, pudiera concebir, dijo el viejo. Uno, con la cara picada de viruela o Dios sabe qué, parecía el mayor. Vestía una chaqueta cruzada de color azul, de un azul momificado, añil viejo lleno de polvo y vísceras de buque a la deriva. Bajo una gorra también azul en la que aún se perfilaba un águila dorada arañando con las garras una visera veteada también de dorado, sobresalían unos pómulos de piel macerada por el mar. Sus ojos. Sus. Ojos. Ojos. Ojos, ojos, ojos. Los ojos. Qué ojos. Madre santa de mi corazón. Dame más vino. Vino. ¡Vino! Qué ojos.

El viejo estuvo a punto de sobresaltar al camarero, que dormitaba sobre la barra, mirando la tele. Los ojos, niño, dijo el viejo agarrando el vaso con una mano que parecía zarpa, que zahería el cristal, que estaba a punto de romperlo porque parecía que el vino no podría calmar esa ansiedad que los ojos del viejo reflejaban como una erupción volcánica. Los ojos eran dos globos blancos punteados en rojo. Una cosa infernal. El viejo temblaba, creí que se le derramaría el vino. Pero controló el impulso. Comprobé que nadie nos miraba, y en el bar, efectivamente, nadie nos estaba mirando porque la tasca zozobraba en la modorra vespertina, esa que mata a los hombres, que adormece sus miradas, que agarrota sus espíritus tardos. Los ojos. Me miraron como si quisieran atravesarme con barras de hierro candente. A su lado, en la otra silla, había otro hombre. Pero era tan diferente. Y sus ojos, tan extraños. Parecían no tener vida. Todo en él, todo en él, y otra vez el viejo tembló y tuve que impulsarle susurrándole al oído, al oído peludo y lleno de cera y hube de tragar saliva y aguantar la respiración para no olerle el aliento al viejo, tuve que susurrarle para impulsarle adelante viejo, sigue, no te pares ahora que estamos llegando al final, y el viejo me dijo: sus ojos estaban muertos. Su apariencia era tan fría. Iba en camisa, pero una camisa tan larga y desgarrada por todas partes, que parecía un camisón, un batín de esos que se ponen las mujeres para dormir. Y el viejo me contó y siguió contando que aquel otro hombre tenía el pelo largo y enmarañado, lleno de canas, recogido en una suerte de coleta que llevaba caída sobre el hombro izquierdo, y la cara la tenía tajada. Sí, sí, sí. Un tajo, mejor dicho la cicatriz fea y pustulada de un tajo enorme, le cruzaba el rostro desde el mentón hasta más arriba de la ceja, un tajazo diagonal que debió haber sido hecho con una buena faca, con un cuchillo que yo desconozco niño porque aquello no era normal. Todo era frío, una manta de hielo. Aquel hombre estaba esmerilado. Unos pantalones pardos llenos de fango y mierda le tapaban las piernas hasta las rodillas, desde donde unas botas sucias y estropeadas le bajaban hasta el suelo. Cubriendo qué, qué cubrían esas botas, viejo. Piernas. Piernas humanas. Piernas vivas o piernas muertas. Qué cubrían, viejo, y casi lo zarandeé contra la barra. No lo sé, me contestó. Ninguno de los dos abría la boca, pero los dos me miraban como se mira a una presa. El de la chaqueta cruzada azul tenía una corbata anudada a un cuello muy apretado, un cuello de camisa desgastado, amarillo, un cuello solapado con dos brillantes tan desgastados que parecían llevar más tiempo allí que el propio barco, que al fin y al cabo, dijo el viejo, sólo llevaba veinte años naufragado en aquel sitio. Pero esos dos, esos dos y esa botella de brandy y esas velas con esas palmatorias de latón, parecían llevar allí mucho más. Mucho más tiempo. No sé cuánto y no sé más, porque el del tajo en la cara y el pelo enmarañado me alargó su propio vaso, lleno de brandy, para que bebiera. Y bebiste. Viejo, dime, ¿bebiste? Mírame a los ojos. ¿Bebiste? ¿Por la sangre de Cristo licuada, bebiste de ese puñetero vaso?

El viejo me miró, más tiempo que antes, un rato mucho más largo e interminable que se me hizo eterno. Y me negó con la cabeza, antes de murmurar: no. Me di la vuelta. Salí corriendo. Me resbalé, caí, no miré atrás. Seguí hasta que bajo mis pies ya no hubo suelo y entonces caí al agua. Me sumergí y braceé asustado, temiendo no poder deshacerme jamás de aquel agua oscura, tan oscura que no podía ver mis propias manos moviéndose, intentando salir a la superficie. Sentí cientos de miles de alfileres entrando por mis ropas, clavándoseme en la piel, como tentáculos infinitos que en mi paroxismo trepidaban por mi cuerpo y me arrastraban, pero emergí, la superficie me llenó los pulmones de aire, y nadé. No había bote alguno, pero tampoco tormenta. La tempestad había cesado y no me fue difícil nadar, y nadar, hasta la orilla. El miedo me mordía el culo. No he nadado así en toda mi vida. No he vuelto a nadar. No he vuelto a pisar la playa. No me he vuelto a mojar los pies ni los brazos ni las manos con ese puto mar. Ni siquiera giré la cabeza hacia donde el río, donde puedes ver todavía en los días claros, el barco del arroz, roto en dos mitades, quieto sobre su lecho de fango y arena, sobre el río muerto que esconde la muerte mecida entre el sueño que no tiene principio y tampoco tiene final.

Y aquí estoy, maldiciendo el momento en que me acerqué a preguntarle al viejo, por el barco, y por el mar. Hoy no llueve, ni hace tormenta alguna. Estoy frente al mar. El sol luce alto, en su trono de fiebre, justo en ese instante tras el almuerzo en que todavía reina pero no gobierna. Y las dos moles oscuras del barco del arroz. Ahí, frente a mí. Ojalá no hubiera escuchado nunca la historia de aquel viejo. El bote gime perezoso a pocos metros de mí. Cuerdas, agua, navaja suiza, cuchillo de marea, todo está dentro de él. Lo preciso. No hay ninguna nube, están todas en mi alma. No he comentado con nadie mi propósito. Me llamarían loco y tendrían razón. Pero no puedo dejar esta turba dentro de mi cerebro, esta revolución, tengo que acallarla con el maná del saber. Del conocimiento. Cueste lo que cueste, hoy iré a comprobar si la historia del viejo es cierta.

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