19-02-16

19 Feb

El lugar en el que vivo se asemeja a una isla. Rodeado por un océano infranqueable, lo que ocurre más allá de sus límites geográficos y emocionales, no importa demasiado. Una prueba más, evidente, clara, constatable, es que el Carnaval terminó hace más de una semana. 9 días. Sin embargo, ininterrumpidamente desde el 10 de enero, aquí se vive en carnavales. El calendario que rige a los hombres no tiene ninguna autoridad siquiera moral sobre estas gentes. Es un fenómeno inaudito, pero no desconocido. A pesar de todo, no logro desasirme de la angustia inexplicable que me provoca tamaña indiferencia, tamaña existencia alejada de todo contacto civilizatorio con el exterior. Tantos años tomándome las noches como la de hoy, como finales de parada, hecatombes, y hoy ya no siento nada. Nada de todo ese afán por beberme la savia del mundo, todos los mares y todos los ríos. Por abrazar el ruido. Prefiero el batín, la copa serena en la soledad de mi habitación, yo sólo con el eco de mis libros. La edad. Aunque puede que salga luego, a la tarde. Amigos y silencio, lo preciso de lo primero y lo que haya de lo segundo. Cuando más, mejor. Noticias de afuera: dos libros de Revel, que el cartero me ha dado en la calle pues ya me conoce, y una botella de vermú. Del barato. Uno es lo que tiene en su cartera, antes que lo que tiene en la cabeza. No hay ninguna correlación entre ambos valores. Eso también se va aprendiendo con la edad.

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