24-02-16

24 Feb

Le leía el otro día a Montaigne, antes de terminar el libro segundo de sus Ensayos, que la escritura buena era la que conmovía. Hoy me conmoví, quizá influido por no sé qué estado emocional pasajero, con el pasaje en el que monseñor Bienvenu compra el alma de Jean Valjean y se la entrega al ejército del Bien. La idea dual de la lucha de la vida, es bonita, lo confieso: me atrapa. No creo en ella más que en cualquier otra idea convencional, fabricada por el hombre. Pero me gusta. Tiene infinitas posibilidades discursivas. Narrativas. He empezado, por primera vez en mis 27 años, a leer dos libros a la vez, porque veo que la bodega del barco no para de llenarse y no hay forma de aligerar. Una vez se me acabe el tiempo (¡algún día se me acabará!) y las ocupaciones se vuelvan, ejem, más perentorias, tendré menos horas para leer. Y me queda tanto, tanto para saber algo, tanto para conocer algo, que temo antes el barco se vaya al fondo del mar, como La Medusa. Que por cierto, menuda historia. Algún día haré un post. Hoy he constatado que lo que me queda por vivir consistirá en un perpetuo, irritante, acaso baldío pero cansado, ejercicio de malmenorismo, concepto acuñado por un tuitero muy interesante: la vida pocas veces te pone en la coyuntura de elegir entre dos posibilidades buenas. A la hora de votar, a la hora de trabajar, a la hora de estudiar, a la hora, simplemente, de tomar una cerveza, a la hora de tantas horas. Salvo excepciones, sin duda, excepcionales.

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