08-03-16

8 Mar

Hay veces en que las cosas que uno lee parecen escritas a propósito para proveerle de definiciones necesarias.

“Resolved los dos problemas, estimulad al rico y proteged al pobre, suprimid la miseria, poned un término a la explotación injusta del débil por el fuerte, poned un freno a los celos inicuos de los que están en camino en contra de los que han llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al trabajo, acompañad con la enseñanza gratuita y obligatoria el crecimiento de la infancia y haced de la ciencia la base de la virilidad, desarrollad las inteligencias mientras os ocupáis de los brazos, sed a la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices, democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de manera que todo ciudadano, sin excepción, sea propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en dos palabras, aprended a producir la riqueza y aprended a repartirla, y tendréis conjuntamente la grandeza material y la grandeza moral, y seréis dignos de llamaros Francia”.

Con esta hermosa gimnasia del imperativo, Victor Hugo me ha dado una magnífica definición de socialdemocracia. Hace un sol excelente, por otra parte, aunque el viento, molesto y perturbador elemento de la conciencia natural, se empeña en sostener él solo el embate del invierno.

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