Anotaciones sobre una tragedia

22 Mar

Mi generación nació en un mundo próspero, seguro y confortable. Libre. Sobre todas las cosas, un mundo libre. No tuvimos que pelear por esa libertad. Lo hicieron nuestros abuelos y nuestros padres por nosotros. De ellos heredamos también la comodidad material. La abundancia. Y una posibilidad: la de ser mejores que ellos. Saber más, conocer más, viajar más, ver más cosas, hablar más lenguas. Sin embargo, desde el 11 de septiembre del año 2001, a mi generación le toca también ejercer esa libertad, en un campo nuevo. Merecer la libertad, dignificarla y robustecerla. Este nuevo ejercicio de la libertad comporta sacrificios, como pasó siempre. Quizá nuestros padres llegaron a pensar que a nosotros no nos costaría nada. Que con su esfuerzo bastaría, que su sudor sería el último. Los atentados de Madrid, de Londres, de París, de Bruselas, nos gritan al oído: hemos de estar preparados para morir por la libertad. Por la heredada y por la que legaremos. Es una reflexión que ha de hacerse sin tristeza, aunque la certidumbre sea amarga. Los asesinos y sus cómplices, los encubridores, sus esclavos, todos ellos soldados de la barbarie, están dispuestos a morir para matar. Nosotros debemos estar dispuestos a morir por la vida. Por la forma de vida que nos distingue de ellos, tal y como la hemos conocido. Por la que nos distingue de los demás, por eso que llamamos civilización. El mundo libre que heredamos está en peligro. Siempre lo estuvo, amenazado por sombras distintas de la misma oscuridad. Mi generación lo ha descubierto ahora. Hoy es la yihad, es la espada vengativa de ese Alá castrador de la vida y del hombre, de su razón y de su progreso. Esa es la amenaza, el Alá matarife de la cultura de la muerte que manda a sus mártires destruir proyectando nuestras vísceras en el cielo de nuestras ciudades, y el caos en las salitas de nuestros decadentes, materialistas, seculares, impíos y profundamente libres hogares. Pero nuestra sangre vale más que la de ellos. Eso también lo hemos descubierto ahora. Por que nosotros no somos horda del desierto sino ciudadanos; nuestra es la república del hombre, nuestra es la luz bajo la cual florece lo bello, lo alegre, lo distinto, lo valioso. No nos tocó ir a ninguna guerra, pero estamos hasta el cuello metidos en una. Que ya es la nuestra. Asumir que la muerte nos puede llegar en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia, en cualquier momento y disfrazada de uno de nuestros iguales, en vaqueros, deportivas y sudadera, es asumir que la libertad siempre tuvo un precio. Hemos de pagar el nuestro.

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