26-03-16

26 Mar

Pasé el Jueves Santo y La Madrugá en Sevilla. El esfuerzo me ha dejado, ciertamente, exhausto. Como si me hubiera sido transmitido el sudor de los costaleros y penitentes a mi cuerpo, por el método psicosomático. Podría haberle dado a esta nota el nombre de Un ateo en Sevilla, aunque hubiera sido un exceso de vanidad incluso para este dietario, que no tiene otro objeto que la expresión de mis propias y volanderas ideas. La Semana Santa es la manifestación plástica de todo lo que de ceremonial, ritual y simbólico tiene el texto evangélico. En Sevilla, y más en Jueves Santo, y sobre todo en la transición del jueves al viernes, esto adquiere una dimensión apoteósica: una ciudad privilegiada por la geografía, el clima y la naturaleza, que decide honrar la explosión de vida, el éxtasis primaveral, exhibiendo en sus calles el músculo artístico de una nación vieja y sublime. Es un festival cromático, una exuberancia oriental, de marajás y sultanes: el color lo ocupa todo, y se transmite una lealtad gremial imbricada en las piedras de los barrios mediante la sangre, conformada en torno a la pedagogía visual con que se decidió una vez explicar la catarsis bíblica al vulgo ignaro. Tuvo suerte Sevilla porque alrededor de la prosperidad protoburguesa con que la Flota de Indias fecundó la ciudad en el XVII, floreció la epopeya imaginera que la sembró de Cristos y de Vírgenes barrocas; de romanos sin piedad montados sobre caballos fieros, nervudos, con las venas rompiendo la madera y el barniz, a punto de lanzarse desde el misterio de La Exaltación hacia el público. El azul del cielo, el verde de las copas de los naranjos, la Catedral como navío de guerra varado en mitad de un hormiguero blanco, atraen incluso a un redomado materialista como a mí, que sólo creo en el hombre. Es un imán porque es todo literatura, imposible de inventar de una sola vez. Los tonos pastel que siluetean el contorno de las palmeras, las torres mudéjares y las iglesias que fueron mezquitas, muere y nace de pronto la noche. La degradación del atardecer sólo puede parir pintores como Velázquez, capaces de congelar la luz: esa materia viva que flota, como los átomos de fuego microscópicos que escapan de una candela. Sevilla sólo se puede describir a trazos, como sólo se pudo construir a través de la sedimentación secular. Y me dio la una de la mañana, en un bar del Postigo. Mi pituitaria ya estaba borracha: tal es el incienso, humo penetrante que abotarga la percepción del miedo, del Bien, del Mal, y martillo de santidad: hace de Sevilla su Delta del Nilo. Crecían las cervezas en torno a mí, y de repente, Morante bajo una capa castellana. Algún día intentaré contener Sevilla en una novela, aunque sólo pueda esbozar uno de sus instantes.

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