Niños llorando en Disneylandia

3 Abr

Fútbol Club Barcelona 1-2 Real Madrid

Cuando las potencias de Europa cercaron a Napoleón donde Cristo pegó las tres voces, en un lugar remoto del centro de Europa, dijeron: ya es nuestro. Tenemos a ese pequeño hijo de puta en nuestras garras. Hoy hay en París un puente que se llama de Austerlitz. El Madrid también parecía acorralado en Barcelona, listo para ser inmolado en el altar de Disneylandia. Por Cruyff. Por Franco. Por la nación. Por Jaime I. Por la libertad de los pueblos. Por la cacatúa amazónica. Pero ardió el Barcelona, que había salido con todo, dispuesto a disolver al viejo emperador en una bañera de ácido. No contaban con Zidane. El emperador se puso en pie derramando la bañera, y puso Disneylandia toda perdida. Zidane sigue siendo un chamán, hoy más que ayer. En su calva brilla el reflejo de los tiempos en que no existía Messi, y en efecto, anoche ganó el Madrid: la naturaleza invicta, la baraka magrebí, el sortilegio, sigue intacto. El Madrid jugó con grandeza, y de donde parecía oler a muerto, todo fluyó como en un torrente de savia nueva y fresca. Benzema perdonó el 0-1 en la primera parte: Carvajal, que fue Vulcano en su fragua e hizo de su banda, una falla sísmica para Jordi Alba, la tocó y Karim le pegó con el hueso. A la segunda oportunidad fue dentro. El empate ilustra al gran Madrid de siempre. Modric saca desde atrás, apoyándose en los centrales, como en tres guitarrazos. La jugada va elevándose, es un in crescendo. Se la da a Marcelo, quien da una de esas cargas de caballería que salen en los libros: en la frontal del área se para un nanosegundo y todo fue Brasil, su calle y sus amigos: lean a Jabois. Luego Kroos la mete dentro, suavita, con el interior, dónde han visto a un alemán pegarla tan suave a un balón que viene engolosinado pidiendo a gritos que lo rompan, y la bola rebota; Benzema se eleva en el área pequeña y hace una tijera. Hay victorias cuyo valor es instrumental: le dicen al equipo, ¡adelante! Ancelotti tuvo la suya hace dos años, en Mestalla. Fue ante el mismo rival. Son triunfos internos. Se parecen a una gran cicatriz; los jugadores empiezan a creer que pueden hacer algo más grande, pues se han probado a sí mismos. A lo mejor Zidane tuvo ayer la suya, y el Clásico es una embarazada de 6 meses con una Copa de Europa dentro. Qui lo sá.

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