05-03-16

5 Abr

El otro día estaba leyendo tumbado en mi cama, que es una suerte de apostadero desde donde estudio el sociológicamente a mis vecinos: sólo necesito para ello el sentido del oído, pues lo demás lo pone la cultura de la vida a puerta abierta de la Andalucía Occidental. El caso es que la hija de los vecinos salía. “Cierra la puerta” le berreó al pasar a su abuelo, con la gracia habitual de estas gentes que llevan el arrabal en el tuétano. “¿Por qué no puedes cerrarla tú, niña?”, replicó éste. La respuesta de la nieta compendia, a mi juicio, la vejez, ese enorme Báratro de la vida: “Por que a mí me están esperando mis amigas, abuelo, y a ti no te espera nadie”. Estoy terminando a Montaigne, en estos días de repunte del invierno, postrer coletazo. Me ha gustado mucho un poema que transcribe, de Porpercio:

Con qué sabiduría gobierna Dios esta casa del mundo / por dónde viene la Luna en su orto / por dónde se pone/ por qué causa, unidos sus cuernos, vuelve cada mes a plenilunio / por qué los vientos dominan sobre el mar / qué es lo que con su soplo trata de apresar el Euro / y de dónde llega a las nubes perpetuamente el agua / cuál sea el día por venir que socave los alcázares del Universo.

Me parece particularmente poderosa la última frase. El verbo socavar tiende un puente entre dos barrancos semánticos. Conecta con la idea potente de la impenetrabilidad de las cosas.

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