Vida de magnicidas: Mateu, Nicolau y Casanellas

22 Abr

Pedro Mateu Cusidó, Luis Nicolau i Fort y Ramón Casanellas Lluch eran tres veinteañeros catalanes la noche del 8 de marzo de 1921. Fue el día en que mataron al Presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato e Iradier. Mateu tenía 23 años, y era natural de Valls, provincia de Tarragona; Nicolau, 28, nacido en Barcelona como Casanellas, que tenía 24. Según la Wikipedia, tanto Mateu, “obrero metalúrgico”, como Casanellas, pertenecían a la Confederación Nacional del Trabajo. Nicolau, en cambio, estaba afiliado a la Federación Anarquista Ibérica. Los tres ocupaban una moto de la marca Indian, de 7 caballos, que tenía adosado un sidecar. Un testigo que viajaba dentro de un tranvía que hacía la ruta paralela a la del coche de Dato en el momento del atentado, describió a “un hombre corpulento que llevaba una pelliza gris oscura, boina y gafas”. Era el que conducía la Indian, Ramón Casanellas. También describió a otro, al que iba sentado atrás. “Un individuo que no llevaba nada en la cabeza. Alto, rubio, delgado, con la nariz aguileña”. Era Luis Nicolau. Al del sidecar “no pudo verlo bien, por estar al lado contrario del tranvía”. Era Pedro Mateu. Según algunas fuentes, habían comprado la moto en Barcelona, “en la calle Trafalgar”, por “cinco mil cien pesetas”. Según otras, llevaban en Madrid, al menos los tres juntos, desde finales del mes de febrero, estudiando los itinerarios del Presidente del Consejo de Ministros.

En el camino, al parecer, habían tenido un percance con la moto a la altura de La Muela, en Aragón. La tarde del 8 de marzo de 1921, los tres llevaban esperando al coche de Dato desde las 7. Pasadas las 8, tras una sesión en el Senado, Eduardo Dato se despidió de un par de periodistas que lo acechaban a la salida del edificio y se montó en su coche oficial, modelo Hudson, negro, matrícula ARM121 (Automóvil Rápido Militar). Iba con su “chauffeur” y su “lacayo”, usando palabras exactas del lenguaje periodístico de la época. Abandonó la Plaza de la Marina Española seguido por otro Hudson oficial en donde iba el ministro de la Guerra, Luis de Marichalar y Monreal, que siguió un camino distinto al embocar la Cibeles. Tal y como tenían previsto los asesinos, el coche de Dato iba sin escolta, por expreso deseo del Presidente. El coche avanzó por la calle Alcalá en dirección a la Plaza de la Independencia, donde la ruta presidencial habitual giraba hacia la izquierda, a la calle Serrano, hacia el domicilio de Eduardo Dato. Cuenta la crónica de ABC que “los asesinos vieron venir el auto oficial y le siguieron, y por cierto que debió ser despacio, porque la aglomeración de tránsito rodado en aquel trozo no permitía avanzar al coche presidencial. Se acercó más el side-car al subir a la Puerta de Alcalá, y junto al jardincillo se puso a la par”.

Allí, Mateu y Nicolau comprobaron que era Dato quien iba dentro, y dispararon. Según testigos presenciales recogidos por ABC, “los asesinos, que eran dos, emplearon cada uno dos pistolas agotando la carga”. Hay quien dice que los balazos fueron más de veinte; otros, que 40. Al parecer, fueron 18 los balazos que impactaron en el coche. Eran, más o menos, las 8 y cuarto de la tarde. De todos los tiros, tres hirieron de muerte al Presidente: “uno penetró la región parietal izquierda, con salida por la región occipital; otro, con orificio de entrada en la región mastoidea, le salió por la región malar. El tercer proyectil, con orificio de entrada por la región frontal izquierda, no presentaba orificio de salida”, escribe F. P. A. en Libertad Digital, en un artículo reciente. En su huida, parece comprobado que Casanellas, quien había roto el faro de la moto para pasar desapercibido, estuvo a pique de pasar por encima de un peatón. Parece que fue un carretero, y que comentó el acontecimiento con sus amigos en un bar. El rumor llegó a la Guardia Civil, que logró dar con el escondite -hoy se diría piso franco– de los asesinos, en la calle Arturo Soria, donde se encontró la moto, cuantioso armamento, un ejemplar de La Vanguardia, alicates, unas gafas y una gorra.

El 13 de marzo, los investigadores descubrieron que los fugitivos tenían un cuarto alquilado en el número 164 de la calle Alcalá. Allí fue detenido Mateu, quien le dijo a la policía que “sí, yo soy el asesino. He cumplido con un deber haciendo justicia. Ahora que la hagan también conmigo”. Según el Heraldo, al ser cacheado “se le encontraron, además de la pistola Star, inglesa de calibre 7,65 que había entregado, dos cargadores más de dicha pistola, que estaba cargada y montada; un billete de mil pesetas y otros de menor cantidad; una cartilla militar, reloj y cadena de oro.” Nicolau y Casanellas lograron huir. Nicolau llegó hasta Alemania con su mujer, desde Barcelona. Fue detenido en Berlín y extraditado a España, en septiembre del mismo año. Casanellas se escapó con la ayuda de “un viejo anarquista” madrileño, “que cuando estuvo de vuelta de la Ciudad Lineal, donde había dejado la moto, le recogió en su casa y le tuvo escondido durante muchos días, mientras que se llegaba a ofrecer un millón de pesetas al que le delatase”. Esto se lo contó el mismo Casanellas a Manuel Chaves Nogales, en su casa de Moscú, a donde el periodista sevillano había llegado en 1928 para contar en el Heraldo de Madrid, a través de una serie de reportajes, cómo se vivía en “la Rusia Roja”. “En una mísera casita de los alrededores de Tetuán de las Victorias, por donde andaba husmeando la policía, estuvo Casanellas hasta que, pasados los primeros momentos de revuelto, pudo marcharse tranquilamente por la carretera hasta la frontera”.

Se conservan numerosos recortes de prensa de las conversaciones de Mateu con la prensa durante su detención y en los momentos inmediatamente posteriores. Confesó a periodistas de ABC, el Heraldo de Madrid, La Voz o El Debate que no pensaba haberse equivocado al cometer el crimen, y que “estas cosas son raras. Mi padre era católico a machamartillo y yo soy anarquista”. Admitió que las razones de su crimen no respondían a la venganza, puesto que no conocía personalmente a “ese señor Dato. Le maté porque…¡era necesario! Desde hace un mes, yo le he escrito anónimos al presidente del Consejo, incitándole a que cambiara de política…no hizo caso, desgraciadamente, y su sino y el nuestro estaban en que nos encontráramos”. Dijo llevar en Madrid desde enero, donde había visto nevar por primera vez, y también aseguró haberse divertido haciendo “buena vida conociendo Madrid” al tiempo que espiaba los hábitos del Presidente. En 1923 tanto Mateu como Nicolau fueron encontrados culpables de asesinato y condenados a muerte. La pena de ambos fue conmutada por la de cadena perpetua por Primo de Rivera, ya en la dictadura. Mateu fue encerrado en Valencia, de donde fue sacado en loor de multitudes en 1931, sólo un día después del advenimiento de la República. Su amnistía fue contada por el diario Sol el 16 de abril. “Una imponente manifestación se dirigió al penal de San Miguel de los Reyes para esperar la salida de los amnistiados Pedro Matéu, condenado por la muerte de Dato; José Valles y José Mur, encarcelados por delitos sociales. Al salir éstos, la multitud se los llevó en hombros hasta el Ayuntamiento, vitoreándolos constantemente. En la Casa Consistorial los recibió el Sr. Marco Miranda, en unión de numerosos concejales. Matéu, a requerimientos del público, salió al balcón del Ayuntamiento y dijo que al pueblo debía su libertad, y que expresaba a todos su gratitud. Terminó diciendo que desde ahora se considera obligado a defender esta libertad.” 

Algo parecido le ocurrió a Nicolau, igualmente beneficiario del perdón republicano. Salió del penal cántabro de El Dueso también en 1931. Los dos se fueron a vivir a Gironella, provincia de Barcelona. Al parecer, Mateu siguió vinculado a la CNT, participando en las actividades de ciertos ateneos libertarios en Gracia y Clot hasta que, en 1936, al sublevarse el Ejército de África, los dos participaron en los combates de Barcelona, en julio, y luego se enrolaron en la Columna Durruti. Se dice que tomaron parte en la toma de Caspe. Nicolau murió en La Quart, en el Pirineo barcelonés, en 1939, durante la retirada de lo que quedaba del Ejército de la República. Hay quien asegura que fue fusilado por algún oficial republicano, al negarse a obedecer órdenes.

Mateu pasó a Francia, al campo de Argèles-sur-Mer. Se dice que colaboró luego con la Resistencia francesa durante la II Guerra Mundial, y posteriormente, con el maquis español, llegando a planear un golpe contra Franco en San Sebastián, en 1948. Fue arrestado por la policía francesa en 1951, acusado de robar en Lyon con objeto de suministrar recursos al maquis. Por sus servicios prestados a la Resistencia, fue puesto en régimen de semi-libertad y enviado a Grenoble. De allí marchó a Cordes, en la Occitania, donde vivió hasta su muerte, en 1981. En 1967 concedió una entrevista al diario español Pueblo, en la que definió académicamente, no se sabe si queriendo o sin querer, la deshumanización del acto terrorista: “Yo no maté a Eduardo Dato, sino al Presidente del Consejo que había firmado la Ley de Fugas“.  

Casanellas había muerto mucho antes, en 1933. Volvió a España desde Rusia en 1931 con objeto de organizar políticamente al comunismo español con el nuevo régimen republicano. Fue candidato a diputado por Barcelona en las elecciones generales de 1931, a pesar de que era visto por la dirección del Partido Comunista de Cataluña como un agente moscovita encargado de subordinar la sección catalana al nuevo Partido Comunista de España. Sus dos últimos años estuvieron envueltos en controversias públicas acerca de éste y otros asuntos, como las suspicacias que existían por su condición de asesino reconocido de Eduardo Dato y su polémico regreso a España. Murió, paradójicamente, en un accidente de moto, camino de Madrid desde Barcelona. Su muerte también levantó sospechas sobre una posible vendetta de los comunistas catalanes, y nunca fue aclarada del todo.

Fue reclutado por el Ejército Rojo casi al final de la Guerra Civil rusa, y participó en los combates contra los restos del Ejército Blanco y los cosacos en Ucrania, así como en la represión posterior de los continuos alzamientos que tuvieron lugar en torno al Mar Negro durante las grandes hambrunas de los años 22 y 23 que tan bien relata Chaves Nogales en su libro El maestro Juan Martínez que estaba allí. En aquellas crónicas de 1928, recogidas luego todas y publicadas por el mismo Chaves bajo el título La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, Chaves describe a Casanellas, tras su entrevista. “Cuando se confía y habla llanamente de las vicisitudes de su vida, y de la miseria de su infancia, de sus andanzas por la Barcelona industrial, de sus hazañas, usa un catalán cerrado lleno de interjecciones castellanas y francesas que es su idioma natural; pero cuando quiere apersonarse y se mete en el campo de las teorías revolucionarias, le salen los americanismos. Es un caso muy curioso que revela la singular transformación que el ambiente de la revolución soviética ha operado en este revolucionario español semianalfabeto, suponiendo que, cuando cometió el atentado contra Eduardo Dato, Casanellas fuese realmente un revolucionario.” 

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