18-05-16

18 May

Se me acumulan los libros, las revistas y las notas. Y se me acaba el tiempo: las flores crecen, velan la tierra con un manto verde, son como niños que ayer eran bebés, hoy hacen la comunión, mañana van a la universidad. Pero ellas dan, no quitan. Abren, exigen cortarlas, para volver a brotar luego, y otra vez, y así un mes, o dos, sin parar. Tenía aquí apuntado un diálogo de Los Camaradas. Uno, Raúl, el que deja que el profesor-apóstol, el ideólogo asceta, el personaje de Mastroianni, duerma en su buhardilla, lo cuestiona acerca de su modo de vida. Mastroianni contesta.

-No tengo casa. No tengo hijos. No tengo familia. No tengo a nadie que me busque, salvo la policía.

-Entonces, ¿por qué lo haces?

-¿Que por qué lo hago? Porque estoy lleno de ideas estúpidas.

Llevo varios días pensando en las elecciones. ¿Y ahora, a quién voto? De un tiempo a esta parte, casi desde febrero, todo lo que envuelve el proceso político español me zambulle en una piscina de pereza. La nadería, la vacuidad, y el doble filo. Eso lo veo también en las relaciones sociales cotidianas, por eso no me extraña que, al final, el eco invada el Congreso: ¿qué son acaso nuestros diputados, sino semillas criadas en el mismo sustrato? La ambigüedad; la voz se alza pero en falsete. No hay acontecimientos que marquen un límite, que corten el filo de la tierra con una espada. Todo queda en la altisonancia del micrófono, pero todo es impostura, farsa, fatuidad inane. No hay verdad ni siquiera en el fondo. Nadie cree en ninguna verdad, ni siquiera las busca. Ya eso tendría textura de verdad, su propia búsqueda. Sólo medias verdades, grisura absoluta que se extiende hasta los confines: esta es hoy mi revelación, mi apokalipsi.

Camarón cantó: el mundo es una mentira. Le faltó añadir: y la familia. La estructura en que derivó la ficción de la tribu, que fue argamasa, probablemente nunca fue más que una alianza posibilista, utilitaria. Pero la mía, quizá, es el retruécano de lo postmoderno: cartón, mierda de la que pisaba Burt Lancaster en Novecento, una congregación de minúsculas porciones de bosta, detritus del desmantelamiento moral del Occidente contemporáneo. Hoy he hallado una palabra preciosa: posmo. Dicho especialmente del agua o de la carne: podrida, hedionda. 

Sigo escribiendo.

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