23-05-16

23 May

El Levante es un viento polimorfo. Sólo una de sus caras es amable con el hombre: la que, cuando es por la mañana y uno está en la playa, aclara el agua del mar hasta volverla transparente y fresca, tanto que uno agradece estar vivo solamente para poder zambullirse en ella. Pero el resto de sus manifestaciones son demoledoras. Me seca la garganta, me afloja la sesera, y me instala una árida pesadumbre entre las costillas: tal es el Levante, un efluvio del infierno. Por la mañana, cuando salta, los antiguos decían que bajeaba. Bajear, según el DRAE, es un verbo coloquial en Cuba que significa “acosar a alguien sutilmente con el fin de alcanzar algún beneficio”. La descripción me cuadra con lo que el Levante hace con los cuerpos y con las mentes, que puede llegar a ser secuestro y sin duda, es hostigamiento. Lo que no entiendo es el beneficio, a no ser que el viento sea la punta del látigo de la pura maldad irracional de las cosas del Universo. Me parece plausible. No he salido de casa en un par de días: el Levante es una dispensa excelente para el eremita. He visto un par de películas italianas, he leído menos de lo que quería; no escribí nada, pero hubo mucho tiempo con la familia, y eso compensó. Una de las que vi fue Nos habíamos amado tanto, de Scola. No he visto nada que explique mejor la transitividad de la vida. Mi personaje, naturalmente -y no porque sea mi tocayo- es Antonio, aunque hay una frase de Gianni que no paro de repetirme: “Nuestra generación se portó vergonzosamente”. 

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