Diálogo de un hombre con su lecho de muerte

6 Jul

Acto primero

Lo despertó el crepitar del fuego. Se oía acolchado, procedente de la noche. Parecía una chimenea muy cargada de leña que empieza a crujir y a quejarse, una vez el fuego es vivo. El viejo estaba acostado boca arriba en un catre, hundido entre sábanas blancas empapadas que olían a agrio. Había nacido bajo el nombre de Napolione di Buonaparte, aunque al final de su vida todo el mundo lo llamaba Sire. Fuera de la hacienda olvidada de la isla de Santa Elena, donde estaba su cama cuando anocheció y al viejo se le cerraron los ojos, su nombre era nada más que Napoleón. Su aspecto macilento y lleno de sudor contrastaba, sin embargo, con la amable oscuridad que envolvía la habitación en la que se había despertado. El catre era todo lo que había por mueble. En frente, un fogón abovedado se hallaba empotrado en el muro. Dentro de la hornacina, abierta como boca de lobo, un puñado de ceniza sobre el ladrillo rojo delataba el fuego que allí, hacía mucho tiempo, había ardido.

El viejo parpadeó sobresaltado y miró nervioso hacia la enorme ventana que había a su derecha. Sus pequeños ojos claros, cuajados de fiebre y colorados por el delirio nocturno, saltaban del humo que se veía fuera, al reflejo que las llamas que ardían en la calle proyectaban a los pies de su cama. Su mirada de fiera asustada no comprendía. ¿Acaso aquello era Longwood, su habitación desordenada y conquistada por las ratas? ¿Era aquella la estancia en la que había dado las buenas noches a todos, al irse a dormir? ¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel cuarto amplio y vacío? ¿dónde se habían llevado sus papeles, sus libros? Las paredes de aquel dormitorio no mostraban las humedades de Santa Elena, y al viejo le dio tiempo a fijarse en que en aquel lugar limpio y frío no parecía afectarle la proximidad ni del Océano, ni de cualquier otro mar.

Entonces un ruido súbito, como de movimiento, le obligó a reclinarse sobre uno de sus hombros. Una figura desconocida lo miraba desde el fondo de la habitación, entreverado con la penumbra.

-¿Quién eres?

El viejo se sorprendió a sí mismo del tono temeroso de su propia voz.

-¿No me reconoce, Sire?

Apretó sus ancianos ojos, roídos por la presbicia. Eran los mismos ojos que habían leído y firmado y escrito y redactado, y decretado, cientos de miles de documentos durante veinte años. Los mismos ojos acuosos que habían contemplado cómo todas las ciudades del mundo le tendían sus manos; los que habían visto a Europa abrirse en canal bajo sus pies, ofreciéndole las entrañas de la juventud de su siglo como regalo sacrificial. Esos pequeños ojos asustados trataban de reconocer las formas grises que le musitaban preguntas heladas desde las sombras.

-¿Aún no, Sire?

Silencio. Las llamas tronaban como relámpagos de fuego, y el chisporroteo inundaba el cuarto, dibujando haces de luz y sombra en la pared que se agigantaban y disminuían como queriendo tragarse la cama donde se agitaba el viejo. Pero el diminuto anciano tiritaba, encogido sobre su desmesurada barriga. Por encima, alguien habíale cubierto al dormirse con su antiguo capote de Austerlitz; el capote largo y verde ajado por el trasiego, por los baúles, por la humedad de aquella isla endemoniada. Se sentía protegido por el capote, seguro bajo el hálito caluroso del pasado.

-Le recuerdo erguido en aquel campo de batalla, Sire. Estaba usted espléndido, con ese capote verde abierto sobre el cuello y el sombrero que nos obligaba a todos a mirarle, por lejos que estuviéramos. Lucía estupendamente entre la pila de cadáveres sobre la que a mí me estaban echando en aquel atardecer.

La voz avanzó dos pasos hacia el centro de la habitación: un hombretón grande y rubio cuyo bigotazo blondo enmarcaba el bozo y al que un haz de luz, desde afuera, iluminaba un redondel oscuro bajo el esternón.

-¿Cómo te llamas, hijo?

-Richard LeCharbonnier, Sire. Primera Compañía de la Sección de Cazadores del Regimiento de Tiradores del Po.

El viejo se estremeció bajo el capote y el soldado dio otro paso hacia la ventana, haciendo crujir la madera con sus recias botas de campaña llenas de fango. Ya no miraba hacia la cama, ni hacia el viejo.

-Lo que arde Moscú. Fue una pena habérmelo perdido.

-¿Moscú?

El soldado giró hacia él su rostro flameado por el ocre y el naranja que reverberaba en la ventana. Su tez delataba una blancura mortecina.

-¿Aún no se ha dado cuenta, Sire? No está en Santa Elena. Estamos en Moscú.

El viejo sintió una punzada en el vientre y tuvo que cerrar los ojos. Se sintió desfallecer. Esperó que el tormento cesara y durante un minuto sólo percibió el quejido de la ciudad de madera que se consumía en la noche rusa. Pero, ¿por qué hacía tanto frío dentro de la cama?

-Moscú…- musitó el viejo, y al punto sonó un lamento parecido al aullido de un lobo; un aullido que fue extinguiéndose muy lejos, en tanto que una viga fagocitada por el fuego gritaba su caída desde alguna techumbre próxima a la habitación en la que se encontraban el viejo, y el soldado.

-¿Hay lobos en Moscú?

El viejo parecía reflexionar concentrado, súbitamente, sobre aquella fruslería. -No recuerdo habernos tropezado con ninguno.

-Nosotros fuimos los lobos de Moscú, Sire. Aunque yo no estuviera -, y el joven cazador de los tiradores del Po se tocó las fibras mojadas en sangre que le supuraban en torno al boquete del pecho. Era como si no le doliese y el viejo lo observó curioso, mientras se palpaba con los dedos la herida entre la casaca rota. El soldado no parecía creer que aquel torso le perteneciera, ni que el agujero aquel estuviese de verdad en su cuerpo. Advirtió la mirada del anciano y esbozó una sonrisa.

-Una bala de cañón austriaca me reventó el pecho justo cuando los nuestros tomaban la colina, en Austerlitz.

Lo había dicho como respuesta a la pregunta que el viejo le había formulado con los ojos.

-¿Cuántos años tenías, hijo?

-Me faltaban meses para llegar a los 28, Sire. Llevaba siguiéndole por los campos de batalla desde que usted se encargó del Ejército de Italia, en el 96.

-Oh, oh, oh…-, el viejo parecía abochornado, y con una de sus manos fofas, no más que apéndices regordetes sin movilidad, habíase tapado el rostro. -Mi ejército de Italia…mis hijos…-, murmuró sollozando.

-No parecíamos importarle mucho aquella noche, en Austerlitz. Al final de la jornada contaba orgulloso, con los dedos de esa misma mano, las banderas enemigas esparcidas a sus pies.

El viejo interrumpió el jadeo y calló, meditabundo.

-Era el aniversario de Marengo.

-Lo era. Nos lo recordó antes del combate.

El joven torció la cara hacia la ventana, mirando el fuego como si dentro pudiese adivinar algún augurio.

-La noche antes, yo fui de los que recorrió nuestras trincheras tras su capote verde, con una antorcha entre mis manos.

-Mis hijos…mis queridos hijos…

-Repitió muchas veces eso. Lo de que éramos sus hijos-. Chasqueó la lengua con fastidio, de repente irritado. Su tono habíase endurecido. -¿Por qué murieron sus hijos, ciudadano Emperador?

Estaba girado por completo hacia la cama donde se postraba el viejo Napolione di Buonaparte. En su voz no había rastro alguno de la tierna admiración con que habíase aparecido en el cuarto. El viejo ya no conservaba sino unos mechones encanecidos y ralos de su glorioso pelo de ébano, que tan bien resplandeciera en los cuadros de David, como ungidos por el óleo sagrado de los dioses. Ahora, soportando el escrutinio torvo y grosero de Richard LeCharbonnier, semejaba una víctima propiciatoria preparada para la inmolación.

-Por…por…por la gloria-, balbució.

Un acceso de tos percutió los débiles pulmones del anciano, y hubo de girarse, escupiendo sobre un bacín adosado al lateral de su cama. Se asfixiaba. Tardó en reponerse una patética tempestad de quejidos neumáticos; cuando apoyó suspirando la cabeza sobre la almohada, el techo de la habitación dábale vueltas como si se hallara en el camarote de un barco. El capote de Austerlitz se había resbalado de la cama. Tirado sobre la madera del suelo, recordaba la piel curtida de una bestia, de esas que adornan la cabaña del cazador. Quiso fijar la mirada en el lugar junto a la ventana desde donde habíale hablado el soldado, pero ya no estaba. En su lugar se veían diáfanas las llamas interminables que seguían devorando lo de afuera.

El viejo acompasó su respiración sibilante a la modorra que lo invadía, y entre la flema esputada en el bacín se había formado la redondez oscura semejante a una bala de cañón.

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